Ecuador: La crónica del periodista que intentó seguir a Rafael Correa en bicicleta


Por Santiago Aguilar, Agencia ANDES

Al periodista ecuatoriano Santiago Aguilar le fue encomendado el trabajo de escribir acerca de una de las jornadas que comienza el presidente Correa, quien suele, al amanecer, salir en bicicleta cuando hace gabinetes itinerantes.

Este fue el resultado de su misión, llevado a crónica:

Debo confesar que aún me invade el dolor en el cuerpo. La misión, en teoría, en una calurosa y expectante mesa de redacción, sonó desafiante: escribir una crónica del presidente Rafael Correa y sus viajes en bicicleta.

Loreto, cantón amazónico ubicado en la provincia de Orellana, era el lugar donde un día después del Gabinete Itinerante, el mandatario haría su tradicional paseo.

Eran las 5:45. El sol aún oculto, y más escondido entre la espesura de la selva. Bicicleta y casco listos. Todo a punto y a la espera del Primer Mandatario; claro, siempre estuvo la guardia presidencial, preguntando el ¿por qué? ¿Con la autorización de quién?, entre otras cosas.

Solventadas las preguntas de los castrenses, y cuando daban las 6:10 apareció el jefe de Estado, en un particular atuendo en el que la camiseta anaranjada resaltaba sobre los pantalones cortos negros.
De tropezón en tropezón

A punto ya de partir, cometí el primer error de los varios que vendrían por el camino. Intentando obtener una reacción, le dije al mandatario en tono coloquial: “Dele suave, presidente. Voy a escribir una crónica de esto”. ¡Error!

Adelantarle mi propósito sirvió para empeorar la situación. Costeño burlón como es, el Jefe de Estado soltó un titular:

– “Esta es la mejor forma de vengarme de los periodistas” dijo, al tiempo que daba la primera pedaleada con la que avanzó unos tres metros.

Ante esto, lo más inteligente hubiese sido subir a la camioneta de la prensa y, desde esa relativa comodidad, observar sus reacciones. Pero no. Compartir mínimos momentos de cobertura junto a él hace que la testarudez se contagie. De modo que me subí en mi bicicleta y emprendí la ruta junto al presidente (”junto” es un adverbio que no describe la realidad. Decir “atrás” hubiese sido más honesto).

A la salida de Loreto y tras cruzar por el paso peatonal del puente sobre el río Suyuno, Rafael Correa emprendió la primera cuesta. No podría asegurar si calentó antes o no, pero su ritmo inicial fue vertiginoso; tanto que en los primeros 500 metros empecé a sentir como un eco lejano el dolor corporal que aún se niega a desaparecer.

La naranja camiseta era inconfundible en medio de su guardia personal que, con mucho esfuerzo, seguía de cerca los movimientos de su jefe.
Mientras tanto, y todavía siguiéndolo de cerca, este periodista intentaba mantener el ritmo presidencial; vano esfuerzo: uno a uno iban rebasándome los acompañantes; Vinicio Alvarado, secretario de la Administración, pasó también de largo.

La carretera era espectacular y el paisaje alrededor mostraba todos los matices del verde que pintor alguno pudo imaginar. Una lluvia tenue pero persistente hacía más pesado el trajinar, aunque le daba al ambiente el toque exótico y fascinante propio de la Amazonía ecuatoriana.

Al llegar a los seis kilómetros y a la segunda subida de las cuatro que nos aguardaban, poco aliento quedaba ya para disfrutar del paisaje. La camiseta anaranjada era una sombra que alcanzaba a divisar a lo lejos. Compañero de esa angustia fue Carlos Viteri, secretario ejecutivo del Instituto para el Ecodesarrollo Regional Amazónico (Ecorae), quien también se veía abandonado por los 50 km/h que imponía el actual habitante de Carondelet.

Cuando ya estábamos a punto de darnos por vencidos, una luz de esperanza apareció. La bicicleta del presidente sufrió un desperfecto y era posible que lo alcancemos. Una ilusión más que se desvanecía: bicicleta presidencial cambiada, presidente alejándose, periodista y funcionario amazónico al borde del calambre.

Cuando estábamos cerca del pueblo llamado Dahuango, después de 16 kilómetros de pedaleo, el Mandatario era un lejano espectro y nosotros estábamos lo bastante lejos, empujando nuestras bicicletas y evitando ser vistos por el mandatario. Aunque lo haya hecho, no íbamos a darle el gusto de disfrutar de su venganza.

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