Strike 3: Los “sí” y los “no” de Haarlem


La maldición de la Semana Beisbolera de Haarlem-¡por fin!- se disipó. Después de catorce años sin conocer el trono allí, Cuba logró ganar “el bueno” ante una selección de Puerto Rico que, aunque privada de caché, había ido quitándose piedras del zapato hasta arribar a la final en condición de invicta.

Pero, al margen del triunfo y de esa gloria limitada de los torneos pequeños, ¿qué nos dejaron estos días de brega por Holanda? ¿Qué enseñanzas sacamos para cuando encaremos el Clásico Mundial? ¿Qué fue “sí”? ¿Qué fue “no”?

A mí me gustó ver a una novena que no se apocaba moralmente ante las ventajas adversarias, y perseguía -ora con escalpelo, ora a brutales cabezazos- remontar los marcadores. Pero no me gustó que nos pudieran maniatar en días sucesivos un lanzador de rompimientos, otro de velocidad, y luego un submarino que dependía exclusivamente del control.

Sí, me gustó la manera en que Víctor manejó su bullpen, sin importarme que en ocasiones relevara con algunos abridores. Total, esta clase de contiendas -por lo cortas- se parecen a un play off, y en un play off todos los medios valen para justificar el fin. (Lo confieso: para mí, el respeto irrestricto de los roles monticulares se restringe a la Serie Nacional).

Pero entre col y col, no acepto que a estas alturas, tras varias campañas de experiencia, la mayoría de nuestros peloteros sigan siendo incapaces de hacer ajustes en el home, y lo peor, le “fajen” de modo tan patético a la slider.

Por supuesto, me agradó que no hubiera temor a otorgarle misiones complicadas a los debutantes en la escuadra, y que estos respondieran a pie, brazo y mente firmes. Eso, pese a mi discrepancia con una alineación que se me antoja mal encaminada, porque Yuliesky no me complace de tercero, ni Cepeda de cuarto, ni Pestano me puede “tapar” al sexto bate, ni Castillo debe estar en otro turno que no sea el más importante del line up.

Pero como vivimos en un universo de infinitas compensaciones -Borges dixit-, los aciertos del colectivo técnico anularon disfuncionalidades y carencias. Y se llegó -se regresó- al punto más alto, con la ayuda de todos y, en especial, el oportunismo ofensivo de Cepeda y la integralidad de un jugador Cinco Herramientas, Gourriel, apto para decidir con el poderío de sus muñecas, la destreza del guante y la aceleración de sus spikes.

(Atención detractores: Yuliesky lideró el torneo en boletos e impulsadas -empatado con Frederich Cepeda-, y fue el más destacado del equipo en porcentaje de embasado, anotadas, dobletes y estafas, departamento en el que concluyó igualado con Guillermo Heredia. Ahora fue el MVP, una nueva distinción en su expediente; se ratificó a la cabeza de los empujadores del Cuba en la última década; y anotó la carrera decisiva con un corring espléndido que recordó los viejos tiempos en que jugábamos al béisbol con astucia).

Sí, fue bueno volver a ser campeones. Eso da un plus de fe, aunque ojalá no de confianza. Los contrarios del Clásico no son, ni por asomo, peloteros imberbes o descartes, y hay que jugarles con la precisión de un mecanismo suizo de relojería. Porque David Ortiz no es Michael Conforto, ni Justin Verlander se parece a Juan Padilla.

Nota: Lo que más gustó de esta victoria, sin embargo, es que representó el mejor regalo con que podía irse de este mundo Héctor Rodríguez, ese que nos narraba los jonrones con el sanguíneo frenesí de los que sienten mucho la pelota. Lo que Sinatra fue a los escenarios, lo fue Héctor a las transmisiones deportivas. Quiero decir, La Voz.

 

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