Explotación laboral en cárceles de Estados Unidos: Una forma nueva de esclavitud en el siglo XXI (III)


Por: José Luis Méndez Méndez*

De acuerdo a denuncias de diversos organismos de Derechos Humanos, en Estados Unidos persisten factores que aumentan las ganancias para los que invierten en el Complejo Industrial de Prisiones.

En primer lugar el  encarcelamiento de delincuentes por crímenes no violentos en particular jóvenes y la imposición de largas condenas carcelarias.

También la aplicación en más de trece estados norteamericanos  de la política llamada de los “tres strikes”, que aplica automáticamente prisión perpetúa al ser convicto de tres delitos. Esta opción aparentemente dirigida a la disuasión, no ha funcionado o se ha aplicado de manera asimétrica. La realidad es que ha permitido la   construcción de veinte nuevas prisiones, para albergar a la renovada fuerza de trabajo que desborda la capacidad instalada de almacenamiento. Uno de los casos más llamativos de esta medida es la de un preso, quien por robar un auto y dos bicicletas recibió sentencias de 25 años.

Otro componente que permite la retención de la asegurada “mano de obra” disponible es el alargamiento de sentencias y la promulgación de leyes que requieren sanciones mínimas, sin importar las circunstancias.

Esto deriva una gran expansión del trabajo de reclusos cuyas ganancias crean incentivos para encarcelar a más gente, por períodos de más larga duración, así como el aumento de sanciones a los que ya están presos para alargar sus condenas más allá de la sentencia original.

Esta jugosa industria en Estados Unidos, tiene sus raíces sólidamente establecidas en la esclavitud. Después de la Guerra Civil de 1861, surgió un sistema novedoso de “renta de presos”, que fue introducido para continuar la ominosa tradición esclavista.

Muchos de los esclavos liberados fueron culpados de no cumplir con sus obligaciones de aparceros dedicados a tratar de producir la tierra del patrón a cambio de parte de la cosecha o de cometer pequeños robos, que muy rara vez se  probaban y entonces eran “alquilados” como castigo y destinados a las plantaciones de  algodón, a trabajar en las minas o a construir ferrocarriles. En el estado de Georgia, desde 1870 hasta 1910 el 88 por ciento de los convictos “alquilados” eran afrodescendientes.

En Alabama, 93 por ciento de los mineros “rentados” eran negros. En Mississipi, se estima es el estado precursor de la hoy floreciente industria carcelaria. Allí una gran finca de prisioneros semejante a las viejas haciendas esclavistas reemplazó el sistema de rentar convictos. La infame hacienda llamada Parchman existió ¡hasta 1972!

Después de la Guerra Civil, las leyes Jim Crow de segregación racial se impusieron en todos los estados, decretando por mandato la segregación en escuelas, viviendas, matrimonios, y muchos otros aspectos de la vida.

Desde entonces y aceleradamente la maquinaria de convertir a los presos en ganancias constantes y sonantes a bajo costo floreció en todo el país hasta la actualidad, cuando se puede exhibir en una de las industrias más pujantes y no tan ocultas de la economía de Estados Unidos. “Hoy, un nuevo grupo de leyes, de pronunciado carácter racista, impone el trabajo esclavista y los talleres de hambre en el sistema criminal de justicia, por medio de lo que se conoce como el Complejo Industrial de Prisiones”, según analiza el Left Business Observer.

El movimiento de denuncias contra está desleal competencia laboral ha aumentado dentro del mundo industrial norteamericano.

Los estudios, al respecto, han identificado a quienes invierten. Por lo menos 37 estados de la Unión han legalizado la contratación el trabajo de prisioneros a corporaciones privadas que montan sus operaciones dentro de las prisiones estatales. En la lista de las empresas clientes están la flor y nata de la corporaciones de EE.UU.: IBM, Boeing, Motorola, Microsoft, AT&T, Wireless, Texas Instrument, Dell, Compaq, Honeywell, Hewlett-Packard, Nortel, Lucent Technologies, 3Com, Intel, Northerm Telecom, TWA, Nordstrom, Revon, Macy’s, Pierre Cardin, Target Stores, y muchas otras más. Todas estas empresas están  entusiasmadas por el boom económico generado por el trabajo de los prisioneros. Solamente entre 1980 y 1994, las ganancias generadas ascendieron de 392 millones a 1.31 billones.

Los trabajadores prisioneros en la cárcel del estado generalmente reciben el mismo de pago, pero en algunos estados como Colorado los salarios llegan a 2 dólares la hora. Pero en las prisiones privadas les llegan a pagar 17 centavos la hora por un mínimo de seis horas diarias, lo que hace un pago de 20 dólares por mes. El mínimo en la escala de pago es en la prisión en Tennessee donde pagan 50 centavos por hora en el trabajo clasificado como “highly skilled positions”, posición altamente calificada. Se han suscitado protestas por las diferencias en el pago, pero estas han caído en sacos rotos, no progresan por la condición de presos de los “trabajadores”. Por esos precios, no es una sorpresa que los prisioneros les parezca una gran generosidad los pagos en cárceles federales.

Gracias al trabajo en las prisiones, los EE.UU. es nuevamente punto atrayente para las inversiones en trabajos que solamente estaban diseñados para el Tercer Mundo. Una compañía que operaba en una maquiladora de México y aprovechaba la crítica situación económica en ese país para abaratar sus costos y aumentar sus ganancias cerró y trasladó sus maquinarias para la prisión estatal de San Quenton en California.

En Texas una factoría despidió a sus  150 trabajadores y contrató los servicios de obreros/prisioneros de la prisión privada en Lockhart Texas, lugar donde también se ensamblan circuitos de tableros para compañía como la IBM y Compaq. El representante del Estado de Oregon Kevin Mannix exhortó hace poco a la multinacional Nike para que rebaje su producción en Indonesia y se  traslade a su estado natal, indicando a los fabricantes de calzado que “no habrá costos de transporte; les ofrecemos el trabajo competitivo de la prisión aquí.

Este oscuro mundo “industrial”  tiene otras aristas…

* Es autor del libro El Corredor de la Muerte en Estados Unidos

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