El cristianismo y su impacto en la nación cubana (#Cuba #Brasil #Mexico #Italia #España #BenedictoXVI)


Actualmente los católicos cubanos cuentan con seiscientos templos y alrededor de mil casas de misión en hogares de familia

Por: Rolando López del Amo/Cubarte

Tanta es la influencia del cristianismo aún en el mundo de nuestros días que el tiempo histórico lo contamos tomando como referencia básica el supuesto año de nacimiento de Jesús, el Cristo. Así, hablamos de siglos “antes de” o “después de” Cristo. De acuerdo con esta cuenta, el cristianismo data ya de hace veinte siglos.

El cristianismo, como es sabido, es una religión surgida a partir de la de los hebreos, de la ley que Moisés recibió directamente de Jehová, Dios, y que tiene su expresión esencial en los diez mandamientos, que son su base religiosa y ética. Amarás a Dios sobre todas las cosas, amarás a tu prójimo como a ti mismo, no matarás, no robarás, no levantarás falso testimonio, no desearás la mujer del prójimo, honrarás a tu padre y a tu madre, son normas básicas para la convivencia de los seres humanos. Sin embargo, en la tradición hebrea la venganza está normada en la expresión “ojo por ojo, diente por diente”. El cristianismo trae un planteamiento inusitado: ama a tus enemigos. Si te golpean una mejilla, ofrece la otra. Es la no violencia llevada a su grado máximo. A esto, añade también otro sentido del arrepentimiento y del perdón. Nadie está totalmente limpio como para juzgar a los demás. Recordemos el famoso pasaje de la mujer que iba a ser lapidada y la frase de Jesús: “el que esté limpio de pecado que lance la primera piedra”. Nadie lo hizo. Jesús insiste en aconsejar no hacerle a otro lo que no queremos que se nos haga. Otro elemento que enfatiza es el desapego a la riqueza material y la búsqueda de la riqueza espiritual.

Jesús acepta, como la religión judía, la existencia de un juicio final en el que Dios juzgará a los vivos y a los muertos. Todos los que han existido, vivos y muertos, serán juzgados y recibirán premio o castigo eternos. Para ganar ese premio eterno, en el reino de los cielos, el cristianismo plantea sacrificar la vida presente, que ha de ser muy simple, sin ambiciones terrenales, porque este es un tránsito brevísimo y, después de la muerte, vendrá la vida eterna. Ni siquiera hay que apegarse a la familia biológica: los verdaderos padres y hermanos son los que comparten la doctrina.

Otro rasgo esencial del cristianismo es el valor de la fe. Pedid y se os dará; llamad y seréis escuchados. Porque Dios, es Dios-Padre. No es la visión inicial del Jehová terrible, de los ejércitos, que poco a poco llega a ser tardo en la ira y misericordioso. Ahora todos somos hijos de Dios. Y para comunicarse con Él, no hay que hacerlo en público, sino desde nuestra propia alcoba, en secreto, de manera privada y Dios escuchará nuestro ruego, porque, ¿qué padre no atenderá el ruego de su hijo?

Esta nueva relación que Jesús, hombre del pueblo judío, propone, modifica tradiciones y sacude a las clases dominantes de la sociedad judía. Jesús dice que hay que guardar la inocencia y pureza de la niñez para alcanzar la vida eterna. Él no tiene reparos en reunirse y hablarle a las prostitutas, no para holgarse con ellas, sino para rescatarlas de su degradación. Él no pone reparos ni discrimina alimentos, como el comer carne de cerdo, o el tomar vino, porque lo que contamina no es lo que comemos y luego excretamos, sino lo que sale de la boca en forma de palabras que reflejan pensamientos. Lo que contamina son los malos pensamientos.

Él no considerará a los judíos como el pueblo escogido por Dios. Para Jesús todos los pueblos, todos los hombres son pueblos de Dios. Lo explica en la parábola del buen samaritano. Él va a buscar a sus más cercanos colaboradores, a sus apóstoles, en hombres del pueblo trabajador, en hombres humildes. No por gusto el cristianismo prendió tan fuertemente en las capas humildes, en los hombres esclavizados, en las mujeres, que se sintieron tratadas con el mayor respeto. Él fue el maestro que aseguró a los niños el reino de Dios.

Jesús estaba consciente de que su prédica traería disensión en el seno de las familias tradicionales, en la sociedad de su tiempo. Lo dijo: que no traería la paz, sino la espada, en sentido simbólico, y que padres e hijos podrían enfrentarse a causa de su doctrina.

A sus seguidores no les ofreció camino fácil, sino que cada cual tomara su propia cruz y lo siguiera. Él nunca dijo que era Dios, sino hijo de Dios. Quien hablara mal de él podría ser perdonado, pero no quien lo hiciera del Espíritu Santo. Sí decía que era hijo de Dios, enviado de Dios; pero todos los hombres eran también hijos de Dios. Él tenía el don de hacer curas milagrosas, pero eso también lo hicieron los apóstoles. Era la fuerza del Espíritu Santo la que permitía esas obras. Lo importante era tener fe. La fe mueve montañas, decía.

Durante siglos se han cometido crímenes horrendos en nombre del cristianismo. Gobiernos, empresas e instituciones de potencias coloniales e imperialistas y otros países del mundo occidental cargan con esa culpa. La doctrina cristiana nada tiene que ver en ello. El cristianismo es prédica de fraternal liberación. De identidad con la creación y de esperanza.

Si hay alguna otra doctrina que coincide con el cristianismo en cuanto al desapego al reino de este mundo a cambio de una vida posterior libre de sufrimientos, es el budismo. Surgida cinco siglos antes de Cristo, ya planteaba el desapego a todo lo material y el observar una conducta de acción, pensamiento y palabra correctos, y aniquilar el deseo para alcanzar así el Nirvana, que es la vida eterna, aunque el Buda no habló nunca de Dios.

El niño Jesús. Foto: InternetComo los Evangelios solamente presentan a Jesús niño y luego ya de hombre de treinta años, no hay referencias a su adolescencia y juventud. Los Rosacruces, una orden mística, sostenían que Jesús perteneció a la orden  de los esenios, al igual que José de Arimatea, el que preparó el sepulcro para llevar el cuerpo de Jesús después de la crucifixión. Según los rosacruces, en sus años juveniles Jesús fue llevado a estudiar con los maestros de Egipto, Persia y la India, donde habría tenido el conocimiento de las religiones antiguas de esos países y de su práctica mística. Ellos dicen también que después de la crucifixión, el cuerpo de Jesús, vivo,  fue trasladado al sepulcro nuevo por José de Arimatea. Y de allí salió a encontrarse con sus discípulos y continuar luego su prédica en la India.

En Cuba, el cristianismo llegó con los conquistadores españoles a través de la iglesia católica. Actualmente los católicos cuentan con seiscientos templos y alrededor de mil casas de misión en hogares de familia. Poseen dos seminarios para la formación de sacerdotes en La Habana y Santiago de Cuba, respectivamente. También editan y distribuyen en el país medio centenar de publicaciones.

Diversas órdenes religiosas católicas están presentes en Cuba. Entre ellas las más numerosas son los jesuitas, los salesianos, los franciscanos y los paúles, entre las masculinas. Entre las órdenes femeninas están las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, las Carmelitas Descalzas, las Dominicas, las Hijas de la Caridad, las Oblatas Misioneras de María Inmaculada, las Siervas de María y las Misioneras de la Caridad, que fue la orden de Teresa de Calcuta.

Hay registradas en Cuba cincuenta denominaciones protestantes y evangélicas. Las más antiguas son la Presbiteriana, la Episcopal o Anglicana, la Metodista, la Bautista, los Cuáqueros. Después vinieron los Adventistas del Séptimo Día, el Ejército de Salvación, la Luterana, el Bando Evangélico Gedeon, los Testigos de Jehová y otras. Ellas poseen 900 templos y 1640 casas de culto. Cuentan con seminarios para formar a sus pastores y tienen publicaciones propias.

A estos dos grandes grupos se incorporó, en los últimos años, la presencia de la Iglesia Ortodoxa Griega y la Iglesia Ortodoxa Rusa.

La influencia cristiana está también en los espiritistas seguidores de Allan Kardec; en instituciones fraternales, como la masonería, y es parte del sincretismo con las religiones de origen africano.

Lo cierto es que el pensamiento cristiano sigue siendo un paradigma muy difícil de alcanzar porque requiere de un hombre nuevo, que el apóstol Pablo pensaba que se lograba con el bautismo. Y sabemos que no es así. Pero la aspiración a acercarnos a la espiritualidad cristiana es acercarnos a la idea del bien. Quizás en nuestra historia ninguna figura ha estado más cerca de esa espiritualidad que José Martí, quien también, por servicio a su pueblo y la humanidad, tuvo que acudir a la espada. Él decía que odiar no era bueno; él escribió en versos que cultivaba la rosa blanca para el amigo y para el enemigo; él es aquel para quien los niños eran la esperanza del mundo y la república debía ser con todos y para el bien de todos. Él no ofreció a los máximos jefes del ejército libertador que organizaba, otra recompensa que el placer del sacrificio y la probable ingratitud de los hombres; pero tenía la certeza de que cuando se muere en brazos de la patria, empieza con el morir, la vida. Él creía, en fin, que Dios existe en la idea del Bien.

En un artículo para el periódico La Nación, de Buenos Aires, escrito el 2 de diciembre de 1886 y que se publicó el mes siguiente, el 28 de enero de 1887,  que trata de una pintura de Cristo hecha por el húngaro Muncaksy exhibida en Nueva York, Martí interpreta la obra y se identifica con ella. Escribe: “Es preciso batallar para entender bien a los que han batallado: es preciso, para entender bien a Jesús, haber venido al mundo en pesebre oscuro, con el espíritu limpio y piadoso, y palpado en la vida la escasez del amor, el florecimiento de la codicia y la victoria del odio: es preciso haber aserrado la madera y amasado el pan entre el silencio y la ofensa de los hombres.” (1) El cuadro de Muncaksy es para Martí “el triunfo y resurrección de Cristo, pero en la vida y por su fuerza humana (…) Es la victoria de la nueva idea, que sabe que de su luz puede sacarse el alma (…) Es el Jesús sin halo, el hombre que se doma, el Cristo vivo, el Cristo humano.” (2)  Y dice más: “¡Lo divino está en lo humano!” (3)

Para finalizar estas notas, recordemos lo que escribió Martí en el muy sustancioso artículo “Maestros ambulantes”, aparecido en La América, de Nueva York, en mayo de 1884: “Jesús no murió en Palestina, sino que está vivo en cada hombre.” (4) Jesús es la idea del Bien.

 

Notas:

(1) Martí, José. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 15, p. 343.

(2) Ídem, p. 349.

(3) Ídem, p. 350.

(4) Ídem, tomo 8, p. 289.

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