Ciudades en #Cuba: ¿timbiriches o desarrollo?


thumbnail-a953e6efcca52005df1b80093e5a0fe452d601efPor Alejandro Ulloa García

Desde que en 2009 el sector privado en Cuba comenzara su vertiginoso crecimiento, hasta alcanzar hoy más de 300 000 patentes, las ciudades, sobre todo sus áreas residenciales, comenzaron a recibir un sobreuso para el cual no estaban diseñadas.

Sin embargo, Yociel Marrero, de la Fundación Antonio Núñez Jiménez para la Naturaleza y el Hombre, quien participó como panelista en el debate de Último Jueves de la revista Temas, sobre el tema “Paisajes urbanos: utilidad, necesidad y estética del sector privado”, considera que “el deterioro y violación del ambiente urbano no es consecuencia y culpa única del sector privado —o cuentapropista, como se le llama oficialmente en Cuba— sino que tiene un trasfondo de políticas económicas y sociales de décadas”, que hoy implosionan en las edificaciones de la mayor parte del país.


Las ciudades se han configurado desde su surgimiento como espacios orgánicamente estructurados y funcionales a las necesidades de sus pobladores. Para ello, todo el ambiente construido es, ineludiblemente, reflejo de modelos económicos, políticos y sociales, y las correspondientes reacciones de los ciudadanos a estos.

Según datos de la página en Facebook de Último Jueves, “alrededor del 75 por ciento de la población cubana vive en zonas urbanas” y las nuevas relaciones sociales, comerciales y de uso que se trenzan en Cuba cambian aun más aceleradamente la fisonomía de nuestras ciudades, hasta hoy, sin planes directores concretos o ejecutables para un desarrollo armónico de los espacios construidos.
Uno de los términos usados por los especialistas fue el de “timbiriche” y “timbirichización”, de los espacios urbanos.

Al respecto, el arquitecto Mario Coyula, señaló en una de sus intervenciones que si “demoramos casi 400 años en tener el Capitolio, Fin de Siglo, El Encanto, no quiero esperar otros 400 años para que los timbiriches de los negocios de hoy evolucionen a algo visualmente agradable. Es la imagen de la pobreza la que genera el tipo de negocios que se han aprobado, porque no producen nada, sino que hacen circular el mismo peso –CUP y CUC– de un bolsillo a otro. Se ha producido una suerte de “timbirichización” de la sociedad, pero no podemos permitir que se “atimbiriche” también el pensamiento y que prosperen relaciones sociales marcadas por la marginalidad. Se está reflejando un problema de marginalidad urbana (…). Los problemas que se han mencionado no son exclusivos del cuentapropismo”.
Sin embargo, una triste realidad golpea a la mayoría de las ciudades del país. Por décadas, la belleza arquitectónica heredada de los primeros cincuenta años del siglo XX —espacio de tiempo del que datan la mayoría de las construcciones actuales— comenzó a ser invadida por edificios y estilos para nada acordes con las tipologías arquitectónicas existentes.

Gigantescas violaciones, como el edificio multifamiliar de 12 plantas de la ciudad de Ciego de Ávila, ubicado en un ambiente eminentemente ecléctico, y otras arbitrariedades, alteraron el orden y la armonía concebidos, lo que fue acentuándose con las construcciones “por esfuerzo propio” de las familias cubanas que, sin conocimientos ni mucha asesoría, y magros recursos monetarios, edificaron o transformaron viviendas que respondieran sus necesidades de espacio habitable.
El laissez faire de las autoridades en un momento, y ahora, el endeble poder de exigencia, control y aplicación de las leyes existentes que poseen las oficinas del Historiador de la Ciudad y las comisiones de Monumento provinciales y municipales —exceptuando La Habana Vieja, y a ciudades como Cienfuegos, Patrimonio de la Humanidad, que por ello sus conservadores tienen facultades especiales— agrietan aun más la situación estructural del ambiente urbano nacional, ante las enormes transformaciones que vive el país.

Un detalle puntual lo aportó Yociel Marrero, acotando que “también se deforman los modelos de consumo energético (electricidad, agua) por la proliferación de establecimientos privados”, pues donde antes solo consumía una familia de cuatro personas, y ahora hay una cafetería, los consumos, muchas veces, se multiplican hasta por 10, para lo cual esa vivienda no estaba diseñada. Y esto es responsabilidad del gobierno, porque para fomentar estos negocios, primero debió estudiar posibles consecuencias o ahora, urgentemente, influir en ellas para cambiar el estado de cosas, y que no derive en mayores deterioros de las zonas urbanas.
El curador y crítico de arte Nelson Herrera Ysla, del Centro Wifredo Lam (panelista) hizo notar la dominación violenta a nivel visual que hoy ejerce el sector privado —tanto comercial como de las viviendas—, y que hoy recubre de una segunda piel de zinc y plástico los portales y las fachadas de gran parte de La Habana. No obstante, aclaró que el ataque visual comenzó, también, con el afán estatal de buscar divisas “que llenó de contenedores las esquinas”, refiriéndose a los puestos de venta en CUC que abundan en los barrios de Cuba.

Sin visiones apocalípticas, y como una de las sugerencias de panelistas y el público, se ve la necesidad de crear espacios asociativos gremiales, con prácticas respaldadas de participación para educar a la ciudadanía y controlar el paisaje urbano. Y que los albañiles, carpinteros y todos los que intervienen arquitectónicamente, las ciudades tengan también una ética y buen gusto, amparado en conocimientos que contribuyan a la belleza de los ambientes urbanos.
Pero las soluciones no son el debate; surgen, en cambio, de él, pero deben materializarse a través de otros poderes e influencias. Mientras, las ciudades cubanas cambian, se deterioran o involucionan en su belleza y las transformaciones sociales, políticas y económicas del país deberán buscar efectivas soluciones y planificaciones al respecto.

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