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ALINA CARRIERA / REVISTA MUJERES

La visita a la casa de una amiga fue lo que dio pie a este trabajo. Al salir de una función de ballet, mi amiga Inés me invitó a su casa para terminar la tarde de domingo. Estuvimos conversando durante todo el tiempo que duró el viaje, sin embargo, su hija Yanet, una adolescente de 12 años, no articuló una palabra y cuando nos dirigíamos a ella, respondía con monosílabos. La noté deprimida, cansada, somnolienta… Una vez en la casa, la muchacha fue directo a su cuarto y no salió de allí el resto del tiempo que duró mi visita.

Hice el comentario con Inés y me confesó que hacía algún tiempo se comportaba de esa manera y hasta en ocasiones se mostraba de mal genio y llegaba a dejar de comer. Con su permiso, me dirigí al cuarto de Yanet para tratar de conversar con ella, a fin de averiguar el motivo de su comportamiento, pero cuál fue mi sorpresa al descubrir en el dorso de la puerta de su habitación un horario que recogía las actividades que debía cumplir en la semana. A continuación lo reproduzco:

horario

Pero para reforzar todo lo que en la semana “debiera aprender”, los domingos asistían a las funciones del ballet o a los conciertos.

No me hizo falta más, de inmediato supe dónde estaba el problema.

Y es que a veces padres y madres se esfuerzan para confeccionar para las y los hijos, agendas a tiempo completo, con el noble propósito de prepararlos para la vida adulta y que puedan ser “alguien” el día de mañana.

En el discurso argumental de estos adultos prevalece la aspiración natural de querer darle lo mejor, programarles actividades enriquecedoras, ocupar todo su tiempo para que no piensen en otras cosas que no son buena influencia, enseñarlos a que no hacer nada es sinónimo de vagancia, brindarles lo mejor de todo y hacerlos los mejores para todo, crearles un currículum… en fin garantizar la mínima herencia que les pueden dejar: un futuro asegurado.

Es lo que se conoce como hiperpaternidad, que se fundamenta en que hijos e hijas deben superar a los progenitores y ser y hacer cuanto ellos no pudieron.

Otro motivo que los lleva a contraer tales compromisos es el relacionado con las presiones externas, pues “si tu amiguito/a da clases de judo, tú no te puedes quedar atrás”, o ” yo quiero que tú hagas lo que yo no pude hacer”.

El problema no solo es un fenómeno en nuestro país, es una realidad global, pues vivimos una sociedad muy competitiva. La cultura del exitismo, del más, es el signo de estos tiempos, cuya máxima se resume en que si con un poco es positivo, el doble será mejor. Y en esta carrera no se sabe hacia dónde, los niños se convierten en proyectos que tienen que estar direccionados al trofeo.

Está bien que la familia busque el éxito para los más jóvenes y estamos a favor del éxito; pero no en una definición tan limitada. Se impone reivindicar el éxito como satisfacción personal y nunca hacer depender el ego de los padres de la consecución de los proyectos que constituyeron en su momento, frustraciones para ellos.

Es que en ese bucear en el infinito de la gloria futura, en ocasiones nos pasamos de rosca y planificamos jornadas de aprendizaje infinitas, cargadas de actividades extraescolares que se suman a las propias de la academia y que en ocasiones se extienden incluso a las vacaciones. Entonces criamos hijos hiperactivos, ansiosos, estresados, incapaces de hacer una pausa, sobre ocupados, sobre programados, hiperestimulados.

Con ello, arrinconamos su tiempo libre, pues a las y los menores, día tras día, solo les queda tiempo de bañarse, comer y dormir. Recurrimos a tantas estructuras externas para ordenar sus vidas que se pierden de vista las necesidades internas.

Frecuentemente aplastamos sus deseos y potenciamos lo que los adultos quieren que sean. Y las exigencias se multiplican en la medida que se acerca el final del curso, pues a la insistencia en el rendimiento académico, se suma el requerimiento evaluativo de todos las actividades extras (música, deportes, danzas, idiomas…) y el cansancio de todo un año soportando múltiples jornadas. Es entonces cuando se ven presionados a responder como se debe a todas las exigencias, para agradar a sus padres, pero no porque exista pasión por ellas.

A veces ocurre que las calificaciones son más importantes que el propio aprendizaje y nos sentimos fracasados si nuestros hijos no brillan en todo.

Y no es que estemos en contra de la realización de actividades extraescolares, estas pueden ser fantásticas, pero dosificadas de manera racional y equilibrada; y sobre todo, dando prioridad a los intereses propios de las y los niños. En resumen: hay que hacer menos para hacer mejor.

Lo que no puede ocurrir es que la sobrecarga provoque el efecto contrario, pues logran enfermar o sencillamente sentirse frustrados cuando no pueden asumir todo lo que les viene encima. Es triste ver como chicas y chicos comienzan proyectos que abandonan y dejan a medias, o madres y padres enfadados con los profesores y/o entrenadores cuando los resultados no son los esperados, hay quienes pasan por todo pero no se “enganchan” con nada, es decir, pierden la brújula. Apliquemos la siguiente fórmula: +presión = – interés.

Estamos en la obligación de dejarlos ser niños, urgidos de juegos, esparcimientos, encuentros y desencuentros con sus iguales, ir a casa de un amigo, asistir a un cumpleaños, retozar en un parque, descansar… También se aprende en esos momentos. Necesitan explorar el mundo por sí mismos, vivir sus pequeñas aventuras, aprender a imaginar, a saber qué quieren aprender

Sabido es que ellos y ellas crecen a través de la actividad lúdica. Jugar con un palito en el jardín es un momento mágico del desarrollo cognitivo pero imposible de consignar en un currículum.

Escuchemos la voz de su cansancio, los signos de agotamiento, alertas corporales, conductuales y emocionales que indican la necesidad de parar para evitar colapsar (miedos, preocupaciones, enojos, llanto, agresividad, caprichos, falta de ganas, molestias estomacales, pesadillas o problemas para dormir, dolor de cabeza, disminución del apetito).

Según el refrán popular, “quien mucho abarca, poco aprieta”, y es verdad. Resulta imposible ser excelente en todo, es preferible hacer menos para poner el mayor empeño, pero por sobre todo enfocarlos en algo para lo cual muestren interés.

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