Los “machos” proveedores (#Cuba #EEUU #España)


La masculinidad es la construcción cultural de género que designa el rol de los varones en la sociedad, es un conjunto de características asociadas al rol tradicional del varón.

Algunos ejemplos de esas características son la fuerza, la valentía, la virilidad, el triunfo, la competición, la seguridad, el no mostrar afectividad, etc.

A lo largo de la historia, y todavía hoy día, los varones han sufrido una gran presión social para responder con comportamientos asociados a esos atributos.

Rafael e Ingrid han estudiado juntos siete de sus 16 años, desde la enseñanza primaria hasta la preuniversitaria. Pero recientemente se comenzaron a mirar diferente. El cariño fue creciendo, compartieron algunas tardes de estudio y escucharon, primero en grupo, después solos, la música del grupo LMFAO. Luego de algunos “rituales” novelescos —carta, flor, besos— decidieron ser novios.

Este sábado irán juntos a “la música”, un restaurant-cabaret-cafetería durante el día y suerte de discoteca juvenil en las noches. Allí, dos bafles de grandes proporciones escamotean a los vecinos la tranquilidad nocturna.

Es sábado por la mañana y Rafael espera con ansias el encuentro con Ingrid. Nada puede salir mal, pues lo ha pensado todo: pelado nuevo al estilo Cristiano Ronaldo (20 pesos), pulóver “cuello de V” y pantalón ajustado, ambas prendas de estreno (regalo de 30 pesos en moneda convertible por los resultados en los exámenes finales y su cumpleaños). Los zapatos son de “medio palo”, pero bien limpios casi pasan por nuevos.

Solo hay un inconveniente. La entrada al centro nocturno cuesta veinticinco pesos, o treinta si hay humorista invitado, y adentro todo lo venden en “divisa”. Por otra parte, Rafa no va solo, Ingrid es “su jeva” y en casa siempre le han dicho que el hombre es quien paga.

Mamá y papá “lo ayudaron” con 50 pesos, pero con eso solo le alcanza para empezar la noche. ¿Y si Ingrid desea consumir algo? Él sabe que ella no toma bebidas alcohólicas, y por eso le agrada más, pero los refrescos tampoco son baratos. ¿Y si Carlos, el amigo, le compra cosas caras a su novia? Ni siquiera en el examen final de Matemáticas Rafa estudió tantas variantes ante un problema. Tiene que estar a la altura. Ingrid es “su jeva” y él es el “macho”, se repitió hasta el cansancio.

La noche llegó. Rafa, con sus cincuenta pesos, fue a “la música”. A unos veinte metros del lugar, vio a Ingrid en la puerta. Ella le hizo señas. Él no reaccionó, un temblor recorría su cuerpo. Quizás ni la entrada podría pagarle. Que no haya humorista, deseó. Pero si entraba, una vez allí no habría marcha atrás. Si ella pide un caramelo, no tendría con qué comprárselo: ¡tremenda pena!, suspiró.

Cuatro, tres, dos pasos lo separaban de Ingrid y de la puerta de entrada. Nunca le costó tanto caminar, pero él era un valiente y no podía dejarse vencer por el miedo. Él “no era un pendejo”.

Un beso escurridizo de saludo. Una sonrisa agradable de Ingrid y un impávido “hola” de Rafa que miraba el cartel con el anuncio de la ausencia de humorista esa noche. Ella lo tomó del brazo y le dijo: Apúrate, que Carlos y Ángela están esperándonos en una mesa. Mientras él buscó en su bolsillo derecho los cincuenta pesos, ella se apresuró y pagó al portero con un billete que traía en la mano. Lo tironeó suavemente del brazo, suficiente para traspasar la entrada del local.

Rafa no entendió nada. Cuando reaccionó, con sus cincuenta pesos en la mano, ya estaban frente a la mesa donde los esperaban Carlos y Ángela. La noche transcurrió tranquila. Ingrid bailó muchísimo, Rafa no tanto. Ella le contagió un poco de su energía y él se dejó ganar por aquellos ojos grandes que conoce desde siempre y que ahora puede ver más de cerca. Bailaron al compás de una canción house, una salsa, una balada, cuatro o cinco reguetones, todo aderezado con la voz afectada del animador de turno.

Al día siguiente, Rafa se levantó temprano, algo extraviado. Sacó los cincuenta pesos del pantalón y los escondió en un zapato. El billete con el rostro de Calixto García, el general de las tres guerras, probaba que una mujer adolescente le pagó la entrada al “macho”. Esa pequeña pieza de papel revelaba una masculinidad lacerada.

Apenas salió del cuarto, el padre lo interrogó en la jerga de los machos: ¿Dime, cómo te fue con la hembra? Rafa respondió lacónico, pero con muestras de júbilo: ¡bien! Había sido el mejor sábado en “la música”. La madre, que escuchaba desde la cocina preguntó: Mijito, ¿te portaste como un hombrecito? Entonces el semblante de Rafa ensombreció. Un hombre no deja que una mujer pague.

La historia puede ser bastante similar a otras que conocemos, incluso el final. Rafa, esa tarde, rompió con Ingrid.

De machos proveedores y masculinidad hegemónica

Desde niños, los varones escuchan que los “hombres de la casa” tienen la exigencia de proveer económicamente el hogar, ser el sustento de la familia y de la pareja. Con la llegada de la adolescencia comienzan los primeros encuentros con los moldes preestablecidos y los roles asignados culturalmente a ellos y ellas: “el proveedor y la mantenida”.

Desde edades tempranas se comienza a configurar lo que después puede traducirse en el trabajador varón, que según la masculinidad hegemónica, se hace hombre a través del trabajo, mientras su pareja se encarga de todos los demás aspectos de la vida cotidiana. Los mandatos de la masculinidad dominante presionan, así como padres, madres, hermanos(as) mayores y amigos(as) que se encargan de recordar a diario que “el macho paga”.

Como señala el investigador canadiense Michael Kaufman, parte de la exigencia de ser varón pasa por mantener corazas duras (reprimir sentimientos), lograr objetivos (ser exitosos) y proveer (para mantener una posición jerárquica en las relaciones de género y mantener el status quo tradicional de subordinación de la mujer y de otros hombres).

Un joven, llámese Rafael o no, cuando comienza a conocer las relaciones de pareja, se inserta en un entorno que le exige ser proveedor desde los 15 o 16 años, incluso antes. Los hombres deben ser proveedores hasta en el plano de las emociones, ser capaces de complacer a su pareja sin tomar en cuenta muchas veces sus necesidades individuales.

Los varones, presionados desde la construcción sociocultural de la masculinidad heteronormativa, comúnmente homofóbica, violenta, pero a la vez insegura, frágil, desprovista de lenguaje emocional, son socializados desde la adolescencia para ser futuros trabajadores-proveedores. A nivel global, los vaivenes económicos, políticos y sociales dificultan cada vez más cumplir con ese mandato. Una masculinidad tradicional puede entrar en crisis por una simple salida nocturna con la pareja.

Publicado el 09/17/2013 en Cultura, Sociedad, Variado. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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