Estilos para amar (#Cuba #Colombia #Venezuela #Mexico)


Mayte María Jiménez / Cuba Ahora

Conscientes o no de ello, se ha demostrado que en la vida de cada ser humano hay una historia que condiciona su modo de amar… nudos y recuerdos que tejen un camino del que es difícil desprenderse. De estas “huellas” depende, en gran medida, la calidad de las relaciones adultas, a partir de una dinámica inherente a todos, conocida como sistema de apego, que comienza desde los primeros meses de nacido.

Se dice que esa forma de percibir el amor hacia las personas más significativas en la infancia marcará el rumbo de las expresiones sentimentales en los años posteriores. En la mayoría de los casos la madre es esa figura principal, quien protege y conforma el espacio, quien premia o castiga al regular su afecto; pero puede ser también el padre o algún otro adulto relevante.

El ambiente en que esta relación asimétrica se dé, influirá entonces en esa transferencia cultural. La doctora Miren Larrazábal, especialista del Instituto Kaplan, de Madrid, y una de las estudiosas de esta teoría del psicoanálisis, señala que las relaciones de apego humano establecidas a lo largo de la vida, definen el estilo adulto de amar, igual que una característica de la personalidad, como lo puede ser el temperamento, el carácter o la inteligencia.

Ello podría explicar por qué las personas adultas aman de un modo u otro, y cómo esos estilos repercuten en sus vínculos de pareja. Esto es lo que se conceptualiza como Teoría del Apego (TA).

En esta tesis se describen tres estilos fundamentales de apego: el seguro, el ansioso ambivalente y el evitativo o distante. Puede que cada persona tenga rasgos de los tres, pero uno de estos predominará a la larga.

El estilo seguro es propio de individuos con mucha autonomía personal, para quienes es fácil unirse a otros, y potenciar su satisfacción sexual sin grandes traumas.

Se estima que entre el 60 y el 70 por ciento de las personas encajan en este modelo, pero no todas lo demuestran en el mismo grado. Los ambivalentes suelen mostrar mucha pasión, pero son supervigilantes, y creen ver rechazo o abandono en cualquier acto de sus parejas.

Necesitan la dependencia mutua, y a la vez tienen miedo a la intimidad por el compromiso que entraña, y por el miedo a sufrir si las cosas no fluyen a su manera.

Por su parte, las personas evasivas son independientes y poco dadas al compromiso. No significa que no amen, pero no pueden demostrarlo del modo pasional en que otros lo hacen y muchas veces prefieren el sexo casual para bloquear sus emociones.

DEL GATEO AL AMOR

La TA expone la dinámica a largo plazo de las relaciones entre los seres humanos. Su principio declara que un recién nacido necesita desarrollar una relación con al menos un cuidador principal para que su desarrollo social y emocional se produzca con normalidad.

Se trata de un estudio interdisciplinario que abarca los campos de las teorías psicológicas, evolutivas y etológicas. Expresa cómo los recién nacidos se aferran a determinados adultos. Cuando el bebé comienza a gatear y caminar, utiliza las figuras de apego (personas conocidas) como una base segura para explorar más a fondo el ambiente que le rodea.

La reacción de los padres lleva al desarrollo de patrones de apego y éstos, a su vez, llevan a modelos internos de trabajo que guiarán las percepciones individuales, emociones, pensamientos y expectativas en las relaciones posteriores.

La ansiedad sobre la separación o dolor después de la pérdida de una figura de apego se considera una reacción normal y adaptable a un recién nacido apegado. Estos comportamientos pueden haber evolucionado, ya que aumentan la probabilidad de supervivencia del niño.

El comportamiento asociado con apego infantil es principalmente la búsqueda de la proximidad a una figura de apego. Para Larrazábal no importa tanto si el menor se cría solo con la madre o con el padre: lo que cuenta es la calidad del afecto que reciben, no la cantidad; lo que esa figura potencia, y si logra constituirse en puerto seguro para promover la autoconfianza.

O sea, quienes tuvieron una crianza sobreprotectora, demandante, en la que cada separación temporal fue vivida con angustia por ese adulto relevante (empezar la escuela, ir de campismo, quedarse en casa de los abuelos…), es muy probable que hoy sean personas inseguras, ambivalentes, temerosas de perder el cariño de su pareja cuando la ven entusiasmada en otras faenas que la alejan momentáneamente.

Esas personas necesitan saber que el afecto de su pareja es constante, ¡y qué mejor prueba de amor que la renuncia a esos proyectos “amenazadores”! Así lo aprendieron en sus hogares, donde no se les permitió montar bicicleta o estar en actividades extracurriculares que le “robaban tiempo” a mamá o a papá.

Por otro lado, quienes son tratados en su infancia con muy poco afecto, por la ausencia física de alguno de sus padres, o porque los conflictos entre adultos no permitieron ver sus necesidades de guía y cariño, es muy posible que crezcan al cuidado de sí mismos casi para todo, pero luego les cuesta creer que alguien les ama de verdad, y terminan desarrollando un estilo ambivalente, o uno de evasión.

CUANDO EL SEXO MATA EL DESEO

Uno de los peligros de ese afecto “desabrido” es que la pasión muere a medida que se afianza la intimidad, y la pareja llega a convivir como si fueran hermanos, alertan algunos investigadores.

El sexólogo español Francisco Cabello advierte que una persona con un estilo seguro, flexible, sufre sin entender la ambivalencia o la evasión del ser que ama. Algunas se cansan de ceder y promueven la ruptura; mientras otras intentan modificar la situación con ayuda de terapeutas.

Si una persona cree que no hace falta seducir para tener sexo con quien comparte su cama, está matando su deseo y autoestima, y destruyendo el vínculo emocional.

Ambos especialistas coinciden en que cuando hay amor y motivación se puede lograr una mejoría reforzando recíprocamente lo positivo del vínculo. Acudir al castigo o a la indiferencia aleja más, y refuerza lo negativo, así que no es el camino.

Pero, alerta, eso no significa que no podamos modificar su expresión, aunque es bastante difícil cambiarla sin ayuda profesional. Con ayuda, una persona cuyo estilo de amar no es el más adecuado puede hacer que sus descendientes se desprendan de esa experiencia y alcancen mayor plenitud.

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