El secreto del obispo (#cuba #dominicana #españa #mexico)


Pedro Agustin Morell y Santa Cruz y Lora, Consejero de su majestad católica.

Sería llover sobre mojado, o incursionar en terreno de Perogrullo, sostener que han sido intensos y repetidos los contactos entre Cuba y la cercana isla que los europeos denominaron La Hispaniola.

Desde los mismísimos días fundacionales, tras cruzar el Paso de los Vientos, el cacique Hatuey iba a capitanear aquí, hasta la muerte, la resistencia de la indiada.

 Juan de Mata Tejada, natural de Santiago de los Caballeros, estuvo entre los pioneros de las técnicas litográficas en nuestro país.

Lo mismo Mariana Grajales que José María Heredia tuvieron a dominicanos como sus progenitores. Igual ascendencia mostraban el poeta y patriota santiaguero Pedro Santacilia —yerno de Benito Juárez— y el escritor Domingo del Monte.

En Puerto Plata nació el brigadier Enrique Loynaz del Castillo, autor de El Himno Invasor. Dominicano fue Modesto Díaz Álvarez, quien alcanzó el grado de mayor general mambí.

Y, claro, es archisabido que el generalísimo Máximo Gómez, jefe supremo del Ejército Libertador, vino al mundo en Baní.

Pero quizás sea menos conocido que hubo un dominicano, obispo de Cuba, que escondía un secreto mortal.

EL PROTAGONISTA

Hijo del maestre de campo Pedro Morell de Santa Cruz y de María Catalina de Lora, a fines de 1694 nace Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, en Santiago de los Caballeros, isla de Santo Domingo.

Fue lo que suele calificarse como un niño prodigio. Muy joven, su sapiencia dejaba atónito al claustro de la Universidad de Santo Domingo, donde estaba matriculado. A los 20 años de edad, y sin haber sido aún ordenado sacerdote, ocupó la canonjía doctoral de la catedral.

En 1718 está en Cuba, recomendado por el arzobispo de Santo Domingo —Claudio Álvarez de Quiñones— al obispo de Cuba —Jerónimo de Valdés— para que lo ordenara sacerdote. Tomó los hábitos un año antes de la edad permitida por el Concilio de Trento. Ya era licenciado en derecho canónico.

Ocupó diversos cargos eclesiásticos, entre ellos el de inquisidor, desempeño en el cual mostró un proceder inusualmente benigno entre los tenebrosos portadores de la cruz verde. (Sus razones tenía para ello, pues él mismo podía ser también un perseguido, debido al secreto que ocultaba).

Se recuerda su benéfica intervención cuando, en la jurisdicción santiaguera, ocurre el alzamiento de los “cobreros”, provocada por los atropellos del coronel Pedro Jiménez, gobernador de la zona. La figura enhiesta de Morell impide que el espadón perpetre una matanza. Después, el religioso dirige una carta a la Corona, en la cual informa sobre los desmanes del militarote abusador.

Cuando los ingleses, en 1741, desembarcan una poderosa expedición en la bahía guantanamera —con el fin de tomar Santiago— acude para la defensa un millar de milicianos armados, desde Bayamo, Puerto Príncipe, Sancti Spiritus. Entonces, Morell incrementa su prestigio ante el pueblo, por su varonil actitud ante la amenaza de los invasores.

Tras ocupar el obispado de Nicaragua, en 1754 tomó posesión de la mitra cubana. En 1762 se produce la ocupación de La Habana por los ingleses. El obispo se opone a pagar las contribuciones de guerra que exigían los invasores, quienes lo expulsan a la Florida. Cuando regresa, fundará la apicultura cubana, gracias a las abejas que trae de tierra norteña.

Fue un consecuente amigo de la cultura. Así, promueve —infructuosamente— la creación de una universidad en Santiago y lleva la enseñanza hasta Jiguaní y El Cobre, sitios donde se concentran indocubanos sobrevivientes del genocidio.

Siempre al lado de los afligidos, logra alguna mejoría en el lamentable régimen de las prisiones.

Demócrata completo, fustiga a los expoliadores de los humildes, cuando declara: “El poderoso chupa la sangre del pobre, se engrosa con el sudor de su frente, se hace fuerte con sus jornales y nada perdona para apagar su infame sed de oro”.

Él solamente posee tres camisas de lienzo burdo, y, al ver a unos menesterosos casi desnudos, arranca las cortinas de su aposento y se las entrega para que puedan vestirse.

Desconcierta a sus contemporáneos por asistir, gustosamente, a los cabildos africanos.

Hombre progresista, mientras promueve un sistema de correos, simultáneamente lucha por adecentar al clero. Nos dice un biógrafo: “Era caritativo con los pobres, áspero con las beatas, celoso de su ministerio, severo con la clerecía y honrado en sus costumbres”.

Escritor, y alma cercana a la poesía, figura también como uno de nuestros protohistoriadores, con su Historia de la Isla y Catedral de Cuba, donde incluye el poema Espejo de Paciencia, con lo cual salva para la posteridad la obra que muchos seguimos considerando como el más antiguo antecedente de la literatura cubana.

Estudioso perpetuo, obtiene el doctorado en derecho canónico por la Universidad de La Habana, con 73 años cumplidos.

Mientras, sigue escondiendo su tremendo secreto.

LO OCULTO, SALE A LA LUZ

Pedro Agustín Morell de Santa Cruz fallece el 30 de diciembre de 1768. Antes, en un cuadernillo, ha plasmado su testamento, en el cual solicita que no se tome en cuenta ninguna declaración suya tras la firma del documento. Trata de proteger a los seres que le son cercanos, pues antes de expirar revela su pasmoso secreto: él es un criptojudío. O sea, ha mantenido oculta su fe en la religión de Moisés, llegada a los israelitas desde tiempos precristianos.

Y muere exclamando: “¡Oye, Israel, Dios es Nuestro Señor!”.

Cuando —en 1777— es demolida la habanera Parroquial Mayor, nadie se ocupa de conservar los restos de Morell.

Quizás había gentes interesadas en echar tierra sobre el molesto recuerdo del singular obispo.

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