Rita Montaner y la pimienta de Guinea.


Por: Ciro Bianchi Ross | Radio Miami

Sus admiradores recuerdan una noche de Rita Montaner  en el teatro Auditórium, de La Habana.

En un palco cercano al escenario ocupan asientos el cardenal Manuel Arteaga Betancourt y el Nuncio Apostólico en Cuba. El presentador anuncia el nombre de la artista y el lunetario cobra vida cuando la orquesta acomete los compases  iniciales de El manisero. Sale ella de pronto. «Maniiií, maniiií, caserita no te acuestes a dormir…» y enfila hacia el palco de monseñor  Arteaga,  agita el cucurucho ante su cara y se lo pone casi en la boca. El purpurado aprieta los labios, se sonroja; el Nuncio lo mira y ambos se toman de las manos. Rita sigue agitando el cucurucho, ahora ante el rostro del representante del Papa. Les vuelve la espalda y, en cuclillas, mueve su generosa anatomía trasera. La ovación es indescriptible. Los dos prelados  también aplauden.  

 

Aquella artista que con su simpatía sabía meterse al público en el bolsillo, era sin embargo una mujer triste y solitaria. «Ser su amigo era una prueba de fuego en la amistad», afirma alguien que gozó de su cercanía. Acogió en su casa a Roderico Neyra, el célebre Rodney,  cuando le diagnosticaron la lepra,  y  fue capaz de deshacerse de sus dormilonas de brillantes para sacar de apuros al empresario del teatro Martí, amenazado por los músicos con dejarle la función a medias si no les pagaba.

 

Supo ser  dúctil y respetuosa en la escena. Pero entre la gente de la farándula, Rita, deslenguada y mal geniosa,  era tan admirada como temida. De su agresividad e ironía no se libraban siquiera aquellos que pasaban como sus amigos.  En un mundo signado por una competencia atroz, defendió su lugar con uñas y dientes y fue implacable con los cronistas que le hacían críticas adversas; salía a discutirlos y los cubría con los peores epítetos. «Era tremenda cuando la acorralaban, saltaba a la yugular», recordaba Félix B. Caignet, el autor de Frutas del Caney, Carabalí y Te odio, de las que Rita hizo verdaderas creaciones.
Lo que sigue lo contó el compositor Gilberto Valdés. Se presentaría un concierto con  su música, invitó Gilberto Valdés  a Rita Montaner para que interpretara alguna que otra pieza, pero ella se negó porque en el programa, que ya estaba hecho, había una figura que le molestaba. Le escribió una carta a Valdés en la que expresa su negativa. Trató el compositor de convencerla, pero ella se mantuvo en su no. De manera que no quedó otra alternativa que contratar a otra intérprete.

 

Quiso Valdés que la sustituta fuera Hortensia Coalla, pero la Coalla se hizo de rogar porque, pese a ser mulata, le molestaba la pronunciación que exigían ciertos pasajes de la música de Valdés. Decir, por ejemplo: «Lo negro están de fieta…» en lugar de Los negros, etc. La Coalla, recordaba Valdés, quería ser blanca, más blanca que nadie, tenía delirio de eso, pero se convenció y decidió participar en el concierto e interpretar Tambor.

 

Rita fue al concierto como espectadora. Llegó y ocupó una butaca próxima al lugar que ocupaban  Antonio Beruff Mendieta, alcalde de La Habana, y el musicólogo español Adolfo Salazar, que lo acompañaba. Y aquí viene lo interesante. Tocó el turno a Hortensia Coalla. Salió a escena y la orquesta, bajo la conducción de Gilberto Valdés, acometió los compases iniciales de Tambor. Exclamó Rita desde su butaca: «Ahora verán ustedes como se canta eso». Se dio entonces  esta situación: Valdés con la orquesta por allá, Rita cantando desde el público y la Coalla en el escenario sin poder articular palabra.

 

Beruff Mendieta dijo a Rita: «Señora, si usted no se comporta, la mando a sacar de la sala».  Rita respondió: «Mira, si te atreves, me quito el zapato y te entro a taconazos a ti, a ese —es decir, a Salazar— y a María Santísima».

 

La cosa parecía que quedaría ahí, pero no. La orquesta empezó a insubordinarse y Gilberto Valdés tuvo que ponerse duro y llamar  a capítulo a los músicos. Se restableció el orden, pero cuando Rita salió de la sala, los tamboreros se negaron a seguir. Dijeron que Rita les había echado pimienta de Guinea para que se fajaran entre ellos.

 

Concluía Gilberto Valdés su relato: «Y era verdad que se las había echado la pimienta».

Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross.

 

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