El Padre Spiralli


Padre Lorenzo Spirali

Por: Ciro Bianchi Ross|Radio Miami.

¿Recuerdan al padre Spiralli? ¿Al reverendo padre Lorenzo M. Spiralli, sacerdote agustino de origen italiano? Con independencia de sus ideas políticas, fue un hombre humano, sacrificado y perseverante. Se le recuerda en lo esencial por ser el fundador de la universidad católica de Santo Tomás de Villanueva, pero se impone destacar enseguida que fue además el restaurador de la plaza y la iglesia del Cristo, luego de los destrozos que causara en ellas el ciclón de 1926. Y también el constructor de la iglesia de Santa Rita y del dispensario San Lorenzo, en el reparto Nicanor del Campo, entre otras muchas obras de caridad.

Se decía que, para beneficio del pueblo de Dios,  el padre Spiralli conseguía  lo que se proponía en la vida. No era buen orador, pero todos le brindaban su apoyo cuando contaba desde el púlpito las obras en las que andaba metido. A la iglesia de Santa Rita, en Quinta Avenida esquina a 26, asistían los ricos  de Miramar, sobre todo los domingos, a las doce del día. El templo, que es enorme, se llenaba  de bote en bote. Spiralli, luego de ofrecer el sermón, decía:

-Fíjense bien, cuando pase el cepillo, no quiero que suene.

Don Rafael Suárez Solís, en una crónica que publicó en el periódico Información, de La Habana, el 4 de mayo de 1943, escribía: «Y cuando en monago limosnero recoge el sonido de la piedad, el padre Lorenzo Spiralli alza su voz de trueno para gritar: ¡No metan ruido en la casa de Dios! La limosna tiene que ser humilde. El vil metal es un escándalo. ¡Billetes! ¡Billetes! ¡Sed silenciosos como corresponde al acto de contrición. Dejad la plata para vuestras horas de pecado».

En Vértigo del tiempo, las memorias de Nena Aróstegui contadas por su nieta Natacha del Río Bolívar, se dice que entre los asiduos a Santa Rita se contaba Amadeo Barletta, propietario del periódico El Mundo y del canal 2 de la TV nacional; el hombre que entre otros múltiples negocios representaba y distribuía los vehículos de la General Motors.  Gozó de confianza de Benito Mussolini y representó al fascismo italiano en el área del Caribe.  En los días de la Segunda Guerra Mundial se le expulsó de la Isla. Regresó a Cuba finalizada la contienda bélica. Borrón y cuenta nueva. Todo le fue perdonado.

Pero a lo que iba. Un día en que Spiralli pasaba el cepillo, advirtió que Barletta había depositado solo cinco pesos. Tal fue la expresión de su cara que Barletta, abochornado, sacó su libreta de banco y allí mismo rellenó un cheque que fue a parar al cepillo de Spiralli. Como si no bastara, extrajo su billetera y depositó en el cepillo todo lo que tenía dentro. En otra ocasión, molesto ante la mirada inquisitiva del sacerdote, Barletta le preguntó que qué más quería que depositara en el cepillo. Y Spiralli, sin inmutarse, respondió que esperaba lo suficiente para comprar por lo menos otras dos banderas con las que decorar la iglesia. Aludía a la bandera cubana y a la de la Iglesia Católica que tremolaban en Santa Rita, banderas bordadas con hilos muy finos y de las que se comentaban que habían costado una fortuna.

Spiralli era un hombre honesto, se afirma en las memorias de Nena Aróstegui. Insistía en sus pedidos solo cuando sabía que había dinero suficiente. Sabía esperar. Colocaba el cepillo bajo las narices del posible donante y lo movía hasta que hubiera recibido la cantidad que esperaba o que creía justa.

Otra anécdota graciosa de Lorenzo M Spiralli se relaciona con su empeño de construir la iglesia y la Universidad  de Santo Tomás de Villanueva. Para ello fue a pedirle el terreno a su propietario, Carlos Miguel de Céspedes, ministro de Obras Públicas en tiempos de Machado.

El señor no se encuentra, dijo a Spiralli uno de los sirvientes. Esa era la orden que Carlos Miguel había dado a sus empleados. El sacerdote no se inmutó.  Repuso:

-Bueno, yo no tengo prisa. Dispongo de todo el día. Sé que Carlos Miguel está y no me quiere recibir, pero no me voy sin verlo.

A la larga, Carlos Miguel tuvo que atender al sacerdote. Cierto que no le cedió la cantidad de terreno que Spiralli pretendía, pero sí suficiente para empezar a hacer realidad su caro sueño, la universidad católica de Santo Tomás de Villanueva.

Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross.

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