Teatro #Martí: una historia recuperada del olvido (#Cuba #México #EEUU)


Encuentro feliz en el Martí con dos antiguos compañeros de trabajo: Margarita Gil Mas y Enrique Tamarit Adalma. Fotos: Sara Más, Jorge Camarero y Bohemia.

Teatro Martí

21ePor Sara Más

Ahora que reportajes y noticias anuncian la reapertura, en unos meses, del Teatro Martí, cuyas obras están a cargo de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana,  se acerca la certeza de que la ciudad, su gente y, sobre todo la cultura cubana, van finalmente a recuperar una parte valiosa y muy querida de su existencia.

Una referencia obligada en la historia y rescate del Martí es la detallada investigación que hiciera, entre 1976 y 1995, la arquitecta y diseñadora Nancy González Arzola, nombrada en ese período proyectista general para la conservación y restauración de tan valioso monumento, ubicado en las calles Dragones y Zulueta, en la capital cubana.

“La primera vez que oí hablar del Teatro Martí, yo trabajaba en el Consejo Nacional de Cultura. De su Departamento de Inversiones me mandan allí, en 1976, con la idea de que evaluara el inmueble, entonces propuesto para convertirlo en cine. Siempre me he sentido muy satisfecha de que mis indagaciones impidieran esa fatal idea”, recuerda la arquitecta.

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Para entonces, Nancy ya se había integrado a un pequeño grupo de trabajo, junto a Luis Márquez, diseñador de escenotecnia teatral, que radicaba en el Teatro Nacional de Cuba, subordinado al ya desaparecido Consejo Nacional de Cultura. Desde allí la arquitecta tuvo a su cargo varios estudios para la remodelación de algunas instalaciones teatrales de la ciudad, como el Teatro Musical de La Habana y la sala de la escuela anexa de ballet, en L y 19, en el Vedado, que por distintas razones habían quedado inconclusos.

En el Teatro Nacional, obra casi concluida al triunfo de la Revolución de 1959, había tenido la oportunidad de estudiar minuciosamente más de 3000 planos correspondientes al proyecto general de arquitectura e ingenierías implicadas en el diseño general de ese teatro profesional, de gran envergadura, así como cientos de cartas correspondientes a la administración de los proyectos y ejecución de obras, antes y durante la Revolución. Esa papelería y documentación había quedado almacenada allí,  en cajas de cartón, pues luego de su inauguración, el Teatro Nacional quedó cerrado durante años, por diversos motivos y carencias materiales, mientras sus instalaciones albergaron talleres y almacenes escenográficos y fueron sede del Sindicato Nacional de la Cultura, entre otras funciones.

Nancy leyó, recopiló, ordenó y clasificó toda esa información en grandes carpetas hechas a mano, junto a la maquetista del grupo. También aprendió mucho al lado de Márquez, refiere, a quien acompañó en sus labores de rescate del actual Teatro Carlos Marx y la Sala Universal de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

“Ya nunca más pude desentenderme de esa actividad”, confiesa. “Así me fui dando cuenta de la complejidad que tienen el proyecto y la construcción de un teatro y me empiezo a enamorar del tema de la arquitectura teatral, que finalmente me lleva a la investigación del Teatro Martí”, precisa.

Sus hallazgos y búsquedas de tantos años han quedado recogidos en el libro Teatro Martí, prodigiosa permanencia, publicado por ella en 2010, bajo el sello editorial de la UNEAC, con prólogo del escritor e intelectual cubano Reynaldo González. Apenas publicada, la obra concitó el interés y elogio de teatristas e intelectuales, dentro y fuera de la isla, y ahora la autora ha recibido la propuesta de reeditarla, por parte del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal.

“A la historia de los muchos ‘afectos’ que se ha ganado el  Martí, y la huella de las grandes figuras que allí actuaron y los relevantes hechos políticos que se dirimieron, habrá que añadir este libro”, había escrito la crítica teatral Rosa Ileana Boudet cuando la investigación vio la luz.

En tanto, el reconocido intelectual Cristóbal Díaz Ayala, radicado en Puerto Rico, reconocía que Nancy “ha sido, por largos años, el médico de cabecera solícito y cuidadoso de ese enfermo casi crónico desde su nacimiento, que es el teatro Martí. Como tal, se sabe su historial clínico como nadie, y ha hecho todos los esfuerzos a su alcance para remediarlos”. Definitivamente, la obra se trata de “un estudio que intenta y logra presentar, desde el nacimiento hasta la decadencia de una construcción que se ha convertido en símbolo de la escena cubana”, al decir del periodista cubano Fernando Rodríguez Sosa.

A criterio de Nancy, la investigación de tantos años, recogida en el libro, se debió realmente a su modo particular de encarar la restauración. Para ella era imposible emprender una obra de esa magnitud sin indagar profundamente en su historia y su pasado. Cuando faltaron los recursos materiales y mientras se cerraba la inversión, una y otra vez, allí estaba ella hurgando, anotando, contrastando datos. “Ya vendrán tiempos mejores –me decía— y se logrará el milagro. No seré yo, pero alguien lo podrá hacer, tal cual… y aquí están mis notas, otra vez, organizadas y dispuestas, publicadas, para recuperar al Martí”.

Lo cierto es que, llegando al Teatro Martí en 1976, la arquitecta se sumergió en archivos, indagaciones, cartas, documentos y fuentes primarias que le muestran una historia repetida en otras épocas: no era la primera vez que se había intentado cerrar la sala para convertirla en cine, pero igual no se había conseguido del todo. Tampoco faltaron algunos meses de cierre, en los años treinta, durante el gobierno de Gerardo Machado, preocupado por el carácter contestatario de las obras que allí se presentaban, “pero se lo tuvieron que devolver a los teatristas”, recalca.

Otras razones de peso y más contemporáneas abogaban a favor de la sala como teatro, cuenta González Arzola. Dos colectivos teatrales tenían allí su sede –el Grupo Jorge Anckermann y el Teatro Latinoamericano– y se negaban al cierre de la instalación, que ciertamente necesitaba una reparación capital y merecía salvarse. Por otro lado, “en Cuba había suficientes agrupaciones teatrales de prestigio y muchos más cines que teatros”, remata en sus argumentos.

“Comienzo a conocer, además, que  elementos históricos, culturales, políticos y de diversa índole ameritaban la defensa del teatro, que realmente estaba en muy mal estado físico en esos momentos”, relata la arquitecta devenida investigadora.

Declarado Monumento Nacional en la década del treinta, allí se había celebrado la primera Asamblea Constituyente, en 1900, y hasta el interior de la sala y las calles aledañas llegó la protesta popular en contra de la Enmienda Platt, a la entrada del año siguiente.  “Grandes plumas de nuestra historia recogen esos momentos de unidad, reafirmación y conciencia nacional, cuando representantes de los partidos y del pueblo se unen en ‘la primera y trascendental, elocuentísima y significativa protesta pública popular contra la Enmienda Platt’, como escribió Emilio Roig de Leuchsenring”.

Fue también escenario de reafirmación patriótica en los días de la guerra de independencia y meca del teatro bufo cubano, además de lugar de presentación de afamados músicos y artistas en diversas épocas.

Ópera, zarzuela, puestas teatrales, competencias de lucha, circo, bailes, reuniones, conferencias, punto de encuentros políticos, sociales y culturales fueron algunos de los muchos destinos que tuvo la instalación –incluidos sus jardines–, que en junio de 2014 llegará a los 130 años de fundada.

La investigación de Nancy reconstruye hasta el mínimo detalle la vida del teatro, dispersa en crónicas de la época, inventarios ante notario, documentos legales, artículos de prensa y testimonios de sus protagonistas. Sobre esa base elabora su proyecto de Conservación y Restauración arquitectónica y monumental, concretado en  más de un centenar de croquis, dibujos y planos que realizó en su momento, al frente del proyecto general, y  que completa con los proyectos de diez ingenierías, especialidades inseparables de la arquitectura teatral.

“Arquitectónicamente, el Martí pertenece a una tipología de la arquitectura teatral española muy particular: son teatros únicos e irrepetibles, considerados raros en todo el mundo. En España solo quedan unos 50 de ese estilo, que han sido restaurados por su gran importancia”, precisa González Arzola, quien también hizo estudios de postgrado en el Instituto de Proyectos para las instalaciones Culturales, en la antigua República Democrática Alemana.

Concebido para una corta vida, como teatro provisional de verano, el entonces Teatro Yrijoa[1] se caracterizó por el uso de materiales ligeros, como la madera ensamblada, que permitían desmontarlo y armarlo nuevamente en otro sitio, bajo la demanda de su carácter ambulante. “En ese  estilo, el escenario era casi del mismo tamaño que la sala de espectadores y abundaban puertas y ventanas que garantizaban, en esa época, un clima agradable”, comenta Nancy.

Otra bondad del Yrijoa, construido entre 1882 y 1884, era que el piso de las lunetas podía elevarse rápidamente al nivel del escenario, mediante el empleo de gatos manuales, lo que permitía el “uso múltiple” del espacio –según se quisiera—como circo, salón de esgrima, teatro arena, salón de baile o de reuniones, cuya perspectiva quedaba muy bien montada con los telones de fondo.

“Como teatro de verano, se retiraba de la calzada 20 metros y tenía excelentes jardines, sembrados de granadas, naranja y plátano, entre otras plantas raras.  Luego, en lugar de vestíbulo, tenía un pequeño recibidor que funcionaba más como espacio de distribución y acceso a platea, balcones,  por la calle Dragones. A tertulia, reservado en la época para ‘blancos pobres y personas de color’, se accedía de forma independiente por la calle Zulueta”, describe. En su proyecto, Nancy modificó esa entrada para darles acceso a todas las personas por la puerta principal, con dos escaleras nuevas que comunican interiormente los tres niveles de la sala: platea, palcos y tertulia.

“No era solo un teatro: era un lugar de encuentros, con patios; un jardín-café, con una tarima para pequeñas representaciones al aire libre;  restaurante y espacios para el esparcimiento y el descanso, en lugar de los consabidos vestíbulos de otras tipologías”, añade la arquitecta.

Entre otros detalles, la arquitecta pudo comprobar que el dueño original,  Ricardo Yrijoa e Yllá, quien dio nombre con su apellido al teatro, no es un “vasco que fue tres veces rico”, como erróneamente se ha dicho y se sigue repitiendo. En poder de Nancy consta la copia de la certificación de su nacimiento en Puentedeume, La Coruña,  Galicia, y en la copiosa información que levantó y organizó pudo seguir el rastro de su precaria economía.

“Él aprovecha la venta en subasta de los terrenos del Reparto de las Murallas que rodeaban la ciudad y compra las parcelas 7, 11 y 12 de la manzana número 15. Lo hace pensando que es un negocio floreciente, que va a ganar todo el dinero del mundo y se  hará rico. Paga las dos primeras letras, pero casi todo lo invierte en el proyecto y la construcción y no pudo pagar ni una letra más. Se endeuda rápidamente y ya el propio día de la inauguración del Yrijoa hay referencia escrita de un supuesto codueño, que resultó ser Antonio Pastoriza y Barbosa, entonces fiador principal y pagador de la Secretaría de Hacienda”, cuenta Nancy.

“En junio de 1884, el señor Yrijoa conseguía a duras penas inaugurar el teatro, sin portales ni vestíbulos techados de acceso y distribución, ni servicios sanitarios, entre otras carencias que sugerían una obra inconclusa”, suscribe la investigadora.

Uno de los hallazgos que permitió a Nancy reconstruir muchos de los detalles de arquitectura, diseño y ambientación del inmueble  fue el inventario que hiciera la Secretaría de Hacienda del gobierno colonial, el 2 de mayo de 1891, luego que Yrijoa permitiera celebrar en la sala, a los obreros socialistas, el Día del Trabajo, el primero de mayo, en medio de una huelga general que había llevado al cierre de las actividades en el Puerto de La Habana. “En ese momento, Yrijoa ya no era el dueño del teatro, sino su administrador desde 1887, cuando Hacienda le incautó el inmueble por no haber podido pagar las deudas contraídas por la adquisición de los terrenos”, precisa la investigadora.

“Fue un inventario tan bien hecho, que allí se anotó cuidadosamente el estado físico del edificio, el  tipo y calidad de los materiales, los cierres de carpintería, escalinatas, mamparas, vidrieras embellotadas de los palcos grillés, tipo y color de los muebles de la sala, lámparas, espejos, jarrones, telonería…en fin, absolutamente todo detallado, un material muy valioso para reconstruir su historia y el propio teatro”, refiere.

Miles de datos escapan a esta conversación. No es posible recorrer y colocar casi 130 años de intensa y azarosa historia en unas pocas cuartillas para publicar con premura. Por fortuna, el libro que Nancy escribió, hojea mientras transcurre esta entrevista y que con tanta pasión fue construyendo según las carencias económicas le impedían restaurar el teatro, abunda en todo lo que se puede saber  del Yrijoa, que fue también Eden Garden y Marti’s Theatre –tal y como aparece registrado en la tarjeta personal del señor Pastoriza– y, finalmente, “el gloriosamente rebautizado Teatro Martí”.

Un teatro que, contra todos los pronósticos, superó la corta vida para la cual fue concebido, venció los embates del clima y del tiempo, sobrevivió tres intervenciones estatales –en la colonia, la república y después de 1959– y se sobrepuso al pesimismo que, en la década del sesenta del siglo XX, recomendaba demolerlo, convertirlo en cine o en museo. Un teatro provisional que, prodigiosamente, devino permanente y ahora, al fin, se recupera del olvido.

El mismo que suele estar, al decir del escritor Reynaldo González, “como el mar; siempre recomenzando” y para el cual, “ante la posibilidad de restaurarlo y, por consiguiente, devolverle la vida que allí palpitó” –agrega en el prólogo al libro de Nancy– “lo más deseable es que su resurrección no le traiga paz, sino todo lo contrario, el ajetreo de la existencia, las controversias y las contradicciones que le dan sazón y color a la vida”.

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[1] En los archivos consultados, así como en la prensa escrita, aparecen los apellidos Irijoa e Illá con I latina. Sin embargo, en la copia literal de la  inscripción de nacimiento, recibida por la entrevistada el pasado 25 de octubre, se constata que sus apellidos  son en realidad Yrijoa e Yllá, con Y.

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