Diario de campaña de Martí: datos y curiosidades (Parte II)


DibujoContinuación de la Parte I

Por Roberto del Río

Los expedicionarios recorrieron hasta Dos Ríos 375 km; a pie 161, y el resto a caballo. Durante 38 días establecieron 25 campamentos. Durante ese tiempo llovía casi diariamente. Generalmente dormían a la intemperie, sobre hojas secas o en hamacas. Y llegado a este punto, maravilla y sorprende que Martí, de débil contextura física, hombre de ciudad toda su vida, pudiera superar con entereza los múltiples obstáculos que le opuso la naturaleza durante 38 largos y duros días de continuos desplazamientos, alimentándose, además, con comidas guajiras a las que no estaba ni remotamente acostumbrado, y a deshoras.

Según Carlos Ripoll (La vida íntima y secreta de Martí, p. 204) «Martí, su hijo y su padre… padecieron de las vías respiratorias… don Mariano era asmático… de José Martí hay muchos testimonios de que padecía frecuentemente bronquitis agudas que le hacían perder la voz y lo obligaban a guardar cama… su hijo José Martí y Zayas Bazán tenía con frecuencia que ausentarse de Cuba para atender su dificultad en la respiración… y murió de una infección pulmonar (1945).»

Martí padecía también de un sarcocele (tumor duro y crónico de un testículo). Durante los 214 km que recorrió a caballo, desde Arroyo Hondo hasta Dos Ríos, debió sufrir el mal horriblemente. El 13 de mayo anotó en su diario: «Me buscan hojas de zarza, o de tomate, para untarlas de sebo, sobre los nacidos (tumor); el 15: «Artigas, al acostarnos, pone grasa de puerco sin sal sobre una hoja de tomate, y me cubre la boca del nacido.»

Y para darse uno cuenta más claramente de la fuerza de voluntad y el espíritu invencible del Apóstol de Cuba, éste le confiesa a su adorada niña María Mantilla, en una carta: «Voy cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete y mi revólver a la cintura, a un hombro una cartera con cien cápsulas, al otro, en un gran tubo, los mapas de Cuba, y a la espalda mi mochila, con sus dos arrobas de medicinas, y ropa y hamaca y frazada y libros, y al pecho tu retrato.»

Tal fe y fuerza interior radiaba el maestro de América, como lo llamó Rubén Darío, en su faena diaria para alcanzar su meta de Apóstol de la revolución cubana, que el generalísimo Máximo Gómez anotó en su diario de campaña el 14 de abril: «Nos admiramos los viejos guerreros, acostumbrados a esas rudezas, de la resistencia de Martí, que nos acompaña sin flojera de ninguna especie, por estas escarpadísimas montañas.»

El 17 de mayo escribió el que nació para ser el hombre más sublime y grande de Cuba, las últimas líneas en su diario: »Asan plátanos, majan tasajo de vaca, con una piedra en el pilón, para los recién venidos… me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas de higo.» Dos días más tarde, el 19 de mayo, gris y lluvioso, se desvaneció en “Dos Ríos y envuelto en vaporoso velo se adentró en la inmortalidad”.

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