Contrastes en Washington


bagabundo
“Mientras, hay pobres que a esa misma hora se acuestan en plena calle sobre los registros del metro para aliviar el crudo invierno”.

Por: Ismael Francisco, Rosa Miriam Elizalde

I

Washington parece envuelta en un sudario esta mañana. Amaneció con una fuerte ventisca, que amontona la nieve sobre todo lo que no está bajo techo, incluidas las ramas secas de los miles de árboles que bordean el Potomac, de donde cuelgan carámbanos y pequeños nudos de hielo. Son tan blancas las carreteras, las casas, el río congelado que no hay modo de distinguir dónde empieza la calle ni dónde termina la ribera. Nos recuerda aquella “infinita ceguera blanca, como un mar de leche” que padecían los personajes de la célebre novela de José Saramago.

Pero esta ciudad monumental, meca del capitalismo, también resulta extraña porque no hay un solo cartel publicitario en el paisaje, salvo las múltiples estatuas que, por su tamaño y elegancia, son como apoteosis de los héroes –el de Lincoln, Jefferson, Martin Luther King, Simón Bolívar frente a los muros del Departamento del Interior, Benito Juárez junto a Watergate. El aire espectral lo refuerza el hecho de que hay poca gente y automóviles en las calles a las ocho de la mañana. Por la dureza del clima y las bajas temperaturas, las autoridades emitieron un aviso que permite a los funcionarios llegar dos horas más tarde al trabajo y las escuelas no han abierto hoy.

Coincidimos, Ismael Francisco -el fotógrafo de Cubadebate– y yo, en que este ambiente fantasmagórico parece el decorado de una película que podría ubicarse en cualquier época. En el Siglo XIX, por ejemplo. Y aquí estamos frente al antiguo edificio que albergó la Secretaría de Estado de hace 125 años, tal como lo vieron sus contemporáneos. Quien conozca las crónicas que escribió José Martí para La Nación, de Buenos Aires, recordará las descripciones de este lugar, donde sesionó la Primera Conferencia Internacional de las Naciones Americanas, que iniciara el “panamericanismo” y que se celebró en “aquel invierno de angustia” de 1889. Martí nos habla de los representantes de “las dos nacionalidades de América”  y diferencia a los del Sur de los anfitriones del Norte, hijos de aquella “América con un pueblo de intereses distintos, composición híbrida y problemas pavorosos (…), un pueblo agresivo de otra composición y fin”.

Martí nunca visitó Washington. Seguía este acontecimiento desde Nueva York, por los periódicos. A despecho de los pronunciamientos oficiales del entonces Secretario de Estado, James G. Blaine, que hablaban de inteligencias mercantiles, comunicaciones navieras, arbitrajes y otras inocencias aparentes, la prensa más sincera dejaba entrever el pulmón del águila, un animal tallado en las piedras de la antigua sede de la Cancillería, que se conserva como entonces, a un costado de la Casa Blanca. Ismael toma la instantánea. La fachada es idéntica a la que lucen las fotos de 1889. Con un poco de imaginación se pueden ver a los caballeros de ambas Américas –salvo el representante de República Dominicana, que soberanamente decidió no estar, y el de Cuba, entonces bajo dominio Borbón- enfundados en sus gruesas capas y sus sombreros de fieltro, posando para la foto oficial bajo los arcos del edificio. Martí narra el momento:

“Al otro día, a las doce, fue la delegación en masa a la Secretaría de Estado. En la sala diplomática los esperaba, de pie, un hombre pálido, de ojo incisivo y cabello a la frente, de sonrisa imperial y mano suave. Y en el primer fulgor empezó su discurso, el discurso de la sentencia maravillosa, del Mail and Express, el discurso de las sonoras evasivas del Evening Post, ‘Poder, comunicaciones más rápidas’.”

Blaine, que vivió y murió en el Siglo XIX, sigue siendo un contemporáneo de los funcionarios del actual Departamento de Estado.

La antigua sede de la Secretaría de Estado. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

II

A cinco minutos de la Casa Blanca está Foggy Bottom, el barrio hacia donde se mudó, durante la II Guerra Mundial, el actual Departamento de Estado. Foggy quiere decir “neblinoso” y Bottom “fondos”. Era eso, advierte la escritora Suzanne Berry Sherwood: son los bajos fondos de la ciudad, una zona turbia y espesa, contaminada por los gases opacos de las fábricas de gas, cristales y cerveza, donde trabajaban los más pobres, inmigrantes irlandeses y alemanes, y negros prófugos de las plantaciones de algodón del Sur.

No tenía nada que ver la imagen de entonces a la actual que proyecta este barrio, con sus edificios de estilo moderno, columnas de mármol rosa y lámparas Tiffany titilando a través de los cristales en cafés de moda –en uno de ellos, Jackie le dio el sí a un prometedor político, John Kennedy, y en otro, Marilyn Monroe tuvo encuentros furtivos con el Presidente asesinado en 1962. Pero por aquí pasó mucho antes el escritor inglés Charles Dickens, a quien le gustó el barrio más que la aparatosa ciudad que iba naciéndole al costado: Washington –dijo- es la meca del “desagradable engaño electoral, los manejos a escondidas de las autoridades, y los ataques cobardes a los adversarios, con periódicos difamatorios como escudos y bolígrafos contratados para ser dagas”.

Un recorrido rápido por Foggy Bottom, donde un ejército de trabajadores riegan sal y palean nieve en la calle, lleva al Edificio Harry S. Truman. Es la sede del Departamento de Estado, que ha tomado el nombre del Presidente que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. Aquí tendrá lugar mañana la segunda ronda de conversaciones entre Cuba y Estados Unidos para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, y lo interesante de darse una vuelta hoy por estas inmediaciones, es que no hay manera de ignorar que, casi a la vuelta de la Secretaría de Estado, esté el no menos célebre Edificio Watergate.

Con un diseño circular y una relevancia única, el edificio quedó clavado en la historia de este país como sinónimo de escándalo, por aquel célebre que llevó a la renuncia al presidente Richard Nixon. Cinco hombres fueron sorprendidos y apresados en 1972, cuando se disponían a instalar unos equipos electrónicos para espionaje en la oficina del Partido Demócrata, que estaba ubicada en el hotel Watergate, dentro de este complejo. Los cincos eran miembros de la CIA y tres de ellos habían nacido en Cuba, integraron la Brigada 2506 que invadió la Isla en 1961 y habían sido canjeados por compotas, después de la derrota en Playa Girón.

En el 2009, uno de los “plomeros cubanos” de Watergate, Eugenio Martínez, reconoció la frustración de su vida: “Yo quería derribar a Castro y desgraciadamente derribé al presidente que nos estaba ayudando, a Richard Nixon”.

Una estatua del Presidente  mexicano Benito Juárez señala en dirección opuesta al complejo Watergate en Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

III

Cuba está en esta ciudad. A unos minutos del Watergate se encuentra el Memorial Lincoln, dedicado al presidente asesinado en 1865, sitio donde Martin Luther King hizo su histórico discurso antes de correr igual suerte. Hay una foto histórica de 1959, tomada por Alberto Korda, que nos muestra al  joven Primer Ministro de Cuba, Fidel Castro, al pie de la figura pensativa y en mármol de Abraham Lincoln.

Si se cruza el puente de ese Memorial (el Memorial Bridge), sobre el río Potomac que dividió las tropas del norte y del sur en la Guerra Civil, se llega al Cementerio de Arlington. En ese trayecto, que hicimos cuando ya comenzaban a salir los primeros rayos del sol en el día, obligatoriamente hay que pasar por el Monumento al Soldado estadounidense que participó en la Guerra de Cuba (1998-1902), y dentro de la necrópolis está, nada menos, que el mástil principal del Acorazado Maine. Fueron enterrados en Arlington los restos de este buque de guerra que pudieron ser recuperados y llevados a Estados Unidos, junto con los cuerpos de 229 tripulantes, localizados tras el sabotaje de esta embarcación frente a las costas de la Isla, el 16 de marzo 1912.

No solo están relacionados estos hechos por la geografía que los acerca en Washington. También, porque la historia oficial glorifica en ambos casos una versión interesada de la realidad. El Maine fue el pretexto para la intervención en la Isla y los soldados que murieron en la Loma San Juan, de Santiago de Cuba, no estaban defendiendo al pueblo cubano, sino invadiendo el país. Eran los hijos de “un pueblo agresivo de otra composición y fin”, del cual nos habló el cubano que mejor conoció a los Estados Unidos.

Pero este mismo viaje que comenzó con frío y terminó con el sol derritiendo la nieve, tal como lo muestra Ismael Francisco, prueba que hay un Washington imperial, y otro espléndido, el de la resistencia de los desposeídos. Porque es también la capital del Imperio y el lugar que acogió a los esclavos que se escapaban del sur y llegaban a través del Underground Railroad, la red de rutas secretas y casas de seguridad utilizadas por los negros de origen africano para escapar a los estados libres y Canadá, con la ayuda de los abolicionistas que simpatizaban con su causa en el Siglo XIX.

Es el lugar donde Martin Luther King congregó a su gente para expresarles que tenía un sueño de otro país sin discriminación racial. Él tiene parques y monumentos a su memoria, como Malcom X, próximos a la Casa Blanca, símbolo del poder que los persiguió y despreció. Pero frente a la emblemática Casa Presidencial, una mujer anuncia que hará una vigilia indefinida para que se detenga el genocidio contra los palestinos, plan de Israel con el apoyo tácito del gobierno de EEUU. Apenas asoma un poquito el sol, las ardillas salen al Parque Lafayette a comer avellanas que les regalan los turistas, mientras hay pobres que a esa misma hora se acuestan en plena calle sobre los registros del metro para aliviar el crudo invierno.

Este es el emporio de los congresistas y senadores, algunos de ellos sin alma, y también el espacio que habita un pueblo mayoritariamente negro, con una alcaldesa descendiente de africanos y amada por su gente. Aquí está la plaza donde Pete Seeger cantó “esta tierra es nuestra” y llamó a los obreros a tomar las fábricas. Es Washington, ciudad imperial y ciudad esperanza, que sabe que Cuba no es un país terrorista y jamás habría puesto a la Isla del Caribe en esa lista infame. Veremos qué Washington recibe en la mañana de este viernes a los cubanos en el Departamento de Estado.

Una ardilla tras las avellanas de los turistas en el Parque Lafallette, frente a la Casa Blanca. Foto: Ismael Francisco.

Una mujer acampa frente a la Casa Blanca en vigilia de protesta por las acciones de Israel contra los palestinos. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

El Obelisco a Washington, la Casa Blanca y el monumento al General Lafayette, tres símbolos de la ciudad. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Un detalle del monumento a Bolívar frente al edificio del Departamento del Interior, en Washington, donde ondea la bandera de EEUU. Foto: ismael Francisco/ Cubadebate

El monumento al Soldado desconocido de EEUU en la Guerra Hispano-cubano-norteamericana, que aparece a la entrada del Cementerio Arlington, en Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Detalle en el monumento al Soldado desconocido de EEUU en la Guerra Hispano-cubano-norteamericana, que aparece a la entrada del Cementerio Arlington, en Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Monumento a Abraham Lincoln. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Trabajadores limpian la nieve del Monumento a Thomas Jefferson. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Un detalle del Monumento a Thomas Jefferson. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

 

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