Chanel en Cuba: No es fácil estar fashion (Fotos)


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Tomado de CubaSí /Vladia Rubio

¿Van los cubanos a la moda? Hasta dónde importa cómo y con qué nos vestimos y calzamos. La verdad es que no es fácil estar fashion en la Mayor de las Antillas.

Desde la muchacha más presumida hasta aquella  otra que ruega porque permitieran salir desnuda para evitarse tanto dilema ante el ropero; desde el reguetonero de moda hasta el anciano que vende su paquete de café en la puerta del mercado; todos los cubanos, de una u otra forma, se ven obligados a dedicar cada día algo de su tiempo a vestirse y calzarse porque así lo exigen las convenciones sociales.

Pero aun cuando no vivimos en un gigantesco campo de nudista y existen normas, y aunque los  habitantes de esta Isla asumen de muy diferentes maneras el tema del vestir; puede afirmarse que, como tendencia, los cubanos visten a la moda.

Llegar a esta actualidad en cuestiones de ropero ha sido tortuoso.

Hace décadas, empatarse con una revista de modas, de esas coloridas y codiciadas, “de afuera”, era complicado y un mismo ejemplar rodaba de mano en mano innumerables veces, al punto de que cuando llegaba a la lectora o lector número quince, ya no podía definirse, por lo estrujado de las hojas, si la modelo llevaba una maxifalda o un pantalón campana.

Los adolescentes de la secundaria o del pre con la posibilidad de que un familiar o amigo les trajeran alguna prenda de vestir o accesorio comprados en el exterior eran vistos con admiración y hasta envidia por los otros, que debían conformarse con los pulovitos confeccionados por las abuelas en telas de lástex y con algo semejante a pitusas de factura nacional, que se vendían en el entonces mercado paralelo.

Claro, por aquellos tiempos Lennon no ocupaba asiento en ningún parque del Vedado y quien llevara un jean Lee o Levis, o de cualquier otro de marca en inglés, corría el riesgo de ser analizado por “problemas ideológicos”. Así le ocurrió al menos a una conocida de esta redactora, a quien por usar espejuelos graduados de cristales foto gray, traídos de Europa por no sé cual familiar,  casi le cuesta la expulsión de la escuela en el campo donde estudiaba.
Eran los tiempos en que las muchachitas llevábamos medias tejidas a crochet y nos echábamos sombra en los ojos hecha con tizas de colores y betún de zapatos en vez de rímel.

Con el tiempo y un ganchito, las cosas fueron cambiando de a poco y hoy la tendencia recién presentada en las grandes pasarelas puede encontrarse un par de días después en alguna calle cubana.

Sin embargo, ello no significa que sea un asunto expedito este de andar a la moda. Y no hablo de vivir pendiente y pisándole los talones a las últimas actualizaciones; sino, simplemente, de no llevar pantalones de pata ancha cuando se usan tubos, o cuestiones similares. No llamar la atención por ser un mamarracho atemporal, vaya.

Aun así, intentar no llamar la atención por desfasado es difícil. Lo disponible en las tiendas recaudadoras de divisa es generalmente de mal gusto y sin muchas alternativas para escoger modelos, colores o tallas. De ahí que se corra el riesgo de tropezarse con dos o más personas vestidas o calzadas de igual modo, casi uniformadas.

Y esto, por no hablar de los precios de tales artículos. Las confecciones artesanales o manufacturadas son otra cosa. Por lo regular las distingue el buen gusto, la originalidad y calidad, el sello de lo autóctono… pero también en estas perchas  los precios resultan casi prohibitivos para muchos.

Si a lo anterior sumamos que casi han desaparecido las costureras y modistas el panorama se complica todavía más. Antes, casi en cada cuadra había alguien que al menos se dedicaba a hacer dobladillos y coger o dar de ancho a la ropa.  Hoy, no es que hayan desaparecido las costureras pero por acortarte una saya cobran como si te hubieras mandado a hacer un traje de novia.

A pesar de esta realidad hay quien intenta convertir La Habana en la “capital de la moda”. Me refiero a Karl Lagerfel, director creativo de la firma Chanel y reconocido diseñador y fotógrafo, que nos regala este martes un desfile exclusivo. Llega a esta modesta ciudad, según sus propias palabras, mas que por la posible apertura del mercado cubano, que es aún muy modesto, por “la magia, la riqueza cultural y la apertura” de Cuba al mundo”.

¿Así vistes, así vales?

Lo cierto es que el cubano inventa y no solo se distingue por salir limpio a la calle, sino por no andar demasiado distante de las actuales tendencias del vestir.

Abundar en la forma de vestir para cada ocasión, en acudir en short al teatro o ser un relumbre de lentejuelas y rasos a las diez de la mañana sería otro trabajo.

Para este, sí creo que vale al menos asomarse a ciertos dilemas  éticos asociados al vestir. Porque ocurre que, como mismo hay quienes no se calientan demasiado la cabeza ante el escaparate o el closet –y hay hasta quienes han optado, sobre todo hombres,  por tener cinco o seis pantalones iguales e iguales camisas para no perder tiempo escogiendo-, para otros, llevar “ropa de marca” se ha convertido en una meta.

Son aquellos que razonan: así vistes, así vales. Lo peor es que no son muy pocos, lo peor es que suele encontrárseles sobre todo entre los jóvenes. Como si llevar unas zapatillas de determinada marca valorizara sus pasos, o usar una gorra con cierta insignia o sello volviera más audaces o inteligentes sus pensamientos.

Para quienes lo imporante es solo lo visible y de marca, se presentan serios problemas porque en más de una coyuntura optan por dejar de comer o de satisfacer otras necesidades de primer orden con tal de poder comprar y exhibir en sus cuerpos esas ropas “de marca”.

Conozco a una joven que se contentó con tener solo el título de 9no grado,  se ha casado con un anciano europeo que puede ser su abuelo, pero se vanagloria ante todo aquel que quiera escucharla de su ropero comprado todo en boutiques, todo de las más famosas marcas. Como si con ellas quedara marcada por algún don divino que le hiciera mejor al resto. Pero, tristemente,  así se siente: “la más mejor por tener de lo mejor”.

Felizmente, aunque ella no es la única, tampoco es la generalidad. Abundan en esta tierra los que siguen pensando que lo esencial es invisible para los ojos; o como diría un Principito tropical: lo esencial es el palo, no la cáscara que lo cubre.

 

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