Amor en el ocaso


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Tomado de Periódico Guerrilero

Conozco a una señora, pasada de los 80 años, fuerte y vigorosa aún, quien le ha pedido a sus hijos como único deseo de la vejez, que no la manden a un asilo. Siempre cariñosa y protectora con todos los miembros de la familia, considera que no podría vivir alejada del amor filial.

Otros, en cambio, solicitan ir para los hogares de ancianos y casas de abuelos, pues encuentran allí compañía, una atención esmerada y, en definitiva, no quieren ser una carga para los parientes o reciben más cariño que en su propia casa.

Sin acudir a los extremos vale la pena reflexionar sobre un fenómeno que cobra fuerza en el país, en coincidencia con el incremento del envejecimiento poblacional, y es la solicitud de ingresos a esos centros de acogida.

Varios factores contribuyen a crear una demanda por encima de las disponibilidades existentes en las instalaciones creadas en todas las provincias con esos fines, entre los que podemos citar el número cada vez más creciente de personas de la tercera edad y la incorporación masiva de toda la familia a la educación o al trabajo.

El aumento de la calidad de vida, que ha elevado la edad promedio de supervivencia, unido a la disminución del número de nacimientos, hace que los núcleos familiares queden formados por lo general por pocos miembros.

Si a ello agregamos las posibilidades de estudio o trabajo, incluido el desarrollo profesional de los más jóvenes, nos encontramos que en la mayoría de los hogares no queda prácticamente nadie para atender a los viejecitos.

Sin embargo, antes de desentendernos del padre, la madre, el abuelo o el tío que siempre convivió junto a nosotros, que fue indulgente con nuestras travesuras en la niñez, nos dio su apoyo moral y material para ser lo que somos hoy, bien vale la pena un examen de conciencia.

Es cierto que las carencias materiales hacen más difícil aún la atención al anciano, y que las complicaciones de la vida laboral y social apenas dejan margen para cuidar como es adecuado a los abuelos del hogar.

Pero, por encima de condiciones objetivas, existe en nuestro país una fuerte tradición en el seno de la familia y son los más viejos los que contribuyen a mantener unida a toda su descendencia, fundamentalmente en días de fiesta y conmemoraciones especiales.

El Estado socialista, que no abandona a ninguno de sus hijos, ha creado los hogares de ancianos, en lo fundamental, para aquellos que no disponen de amparo familiar.

No obstante, si por condiciones objetivas solicitamos los servicios de esas instalaciones, recordemos que todos tenemos una deuda de gratitud con nuestros padres y no les neguemos el amor en el ocaso de sus vidas, independientemente del lugar donde se encuentren.

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Publicado el 07/13/2016 en Cuba y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Bello, estoy en la etapa de la vida, en que soy madre e hija y opino que la base de la vida está en la familia y por ningún concepto puede verse la atención al padre, el abuelo, al tío como un sacrificio, es una obra de amor, como bien se dice, “Amor con amor se paga”, creo que la vida es dar para recibir, es hacer una labor familiar, donde el amor esté presente en todo momento, entonces así “no se podrá negar amor en el ocaso de la vida”.

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  1. Pingback: Amor en el ocaso | La Hora del Recuento

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