Para vivir la historia de #Cuba…


Por Dorisbel Guillén Cruz/Tomado de Cubahora

Mi generación está ligada a los cuentos, por aquella suerte de noches ¡bien guajiras! Eran los primeros años del período especial cubano y las largas jornadas de apagón extrapolaban las conversaciones al pasado, cuando nuestros abuelos eran los protagonistas de un tiempo perdido en otras sombras.

Resguardada por estrellas y cocuyos una eternidad de monte que nos obligaba a acomodar el aburrimiento entre palabras; acudíamos así a las primeras clases sobre la historia de Cuba. Ensalzados en un discurso que muchas veces prometía mitificar gestas y otras vivencias, tuvimos nuestros primeros héroes; en la zona del Yaguajay, por ejemplo, fueron el Camilo de los niños y del sombrero Alón, el capitán William Gálvez y otros barbudos que iban liberando pueblos mientras lucían sus collares de caracoles.

Mucho antes de arribar al quinto grado escolar —en el que se introduce la asignatura Historia de Cuba-— ya teníamos un ideal de los malos, “los casquitos de Batista”. Y de las fuerza que impulsaban la trama de los libros que debíamos consultar, la pobreza, el hambre, la explotación del hombre por el hombre, la vergüenza de mucha gente vieja que aunque vislumbra un talento exquisito para las cuentas, apenas pudo terminar el sexto grado.

¡Hay que ver los ojos de un niño cuando usted le dice había una vez! ¡Había que ver las bocas abiertas de los chicos de mi barrio cuando aparecía Chito, con su arsenal de medallas desfilando por el pueblo, o cuando la descendiente de los Parra se pone a detallar a Camilo, sentado en un taburete de la casa de sus padres, por allá, por las lomas de Jobo Rosado!

Si comenzaban a acabarse estas historias surgía el debate político, los viejos se disputaban el futuro y el pasado con nuestros padres, y nosotros, los pinos nacientes, permanecíamos expectantes, atesorando una sed de glorias pretéritas.

Solía suceder que en medio del debate le jalaras la camisa a los veteranos para preguntarles detalles, pero llegaba la luz eléctrica y te quedabas con miles de dudas sobre este u otro esbirro, ¿la lucha contra bandidos?, o sencillamente quisieras saber por fin: ¿quién le regaló el sombrero a Camilo? Con semejantes enigmas arribamos al segundo ciclo escolar, en el que por primera vez se develarían los contrapunteados en tales noches de apagón.

Esta era la experiencia de la gente de mi edad, y nuestra infancia en los 90. Así eran las cosas en un pueblo de campo en el centro de Cuba, diferente a las ciudades cabeceras o a otros pueblos de la Isla. Sin embargo, lo común en todo esto es que la historia de los conglomerados humanos representa la largada —como dicen los velocistas— para poner en terreno las batallas futuras.

Desde el punto de vista generacional, la historia nos une y nos selecciona como grupos. En lo individual, conforma nuestro libro de vida a partir de esa marca espacial indispensable que es la patria.

Sin embargo, razones como estas nos mueven hacia una problemática que al parecer impera en la Cuba contemporánea. Y es que, en contradicción con sus atractivos, hoy el aprendizaje de la historia se somete a itinerarios que implican el desinterés y la falta de un conocimiento sólido en torno a ella.

Alumnos encuestados por Cubahora evidencian ciertas lagunas en su arsenal. Huelga en muchos adolescentes el contraste de bibliografías, debutan la escasa concurrencia a museos y sitios emblemáticos y la inmadurez del pensamiento individual mediante y la emisión de criterios poco acabados acerca de la producción literaria y científica que nos antecede, así como de los archivos históricos locales, de nuestro país o del patrimonio de la humanidad.

¿Habrá desaparecido el expectante que había una vez en los cubanos? ¿Ya no se cuentan historias de guerra en las noches de campo porque hayamos sobrevivo a los apagones? ¿Será que incluso no le interesa a la gente saber cómo fue que sobrevivimos aquel período especial?

Preguntas como estas nos asaltaron a partir del foro que Cubahora puso a disposición de sus lectores y en el cual invitábamos a los usuarios a estar al corriente de qué obra cumbre fue publicada el año de su nacimiento. Las visitas satisficieron los rating imaginados, demostrando que sí prevalece el interés en saber sobre la historia, pero desde un punto de vista mucho más vivencial.

Y quizás sea esta la insatisfacción de muchos estudiantes acerca de una asignatura que bien pudiera ser de las más atractivas en el paquete escolar. Estudiamos la historia para entendernos mejor y plantearnos metas. Si acudimos a las aulas para recibir mera teoría, o conceptos que se adscriben a la memoria en un agotador ejercicio de repetición, obtenemos agotamiento y buenas notas, pero el espíritu seguirá hambriento de cuentos, de héroes y de epopeyas.

EDUCAR, CREER Y HACER HISTORIA…

Sobre este tema, nuestra revista se entrevistó con la maestra primaria María del Carmen Sánchez Calero, jubilada como profesora de Historia para la enseñanza secundaria, pero maestra siempre. Ella alertó:

“El profesor de Historia tiene que recrear los acontecimientos, darles vida, insuflarles emoción, partir de anécdotas que muestren a los alumnos la parte humana de los protagonistas para que más allá de idealizarlos como seres inalcanzables en su “perfección”, los reconozcan como seres humanos “imperfectos”, pero imitables justamente por la capacidad que tuvieron de enfrentarse a sus debilidades y miedos y salir airosos y vencedores”.

Acudir a la curiosidad, a la historia local, llevar más a los jóvenes al lugar donde ocurrieron los hechos, compararlos con los tiempos que corren, generar debates acerca del contexto actual y de cómo ellos tejen el pedacito de historia de que son dueños… ¿Acaso no podría resultar un camino que drene la sed de conocimientos, pero también las expectativas propias de la edad?

En un estudio titulado “Las estrategias de enseñanza y aprendizaje en la Historia de Cuba en la escuela primaria multigrado”, los profesores Ada Iris Nápoles Cruz y José Ignacio Reyes González exponen este asunto de modo científico:

“La asignatura Historia de Cuba tiene como finalidad educativa contribuir al desarrollo integral del escolar, propiciar el crecimiento personal e incidir en su formación humanista. El estudio del pasado a partir de una selección de hechos, procesos y fenómenos, con el protagonismo de los actores de la historia, entra en conexión con la vida presente y se convierte en una vía para que el escolar piense en su posición, teniendo en cuenta la sociedad donde vive y la que le corresponde en el futuro”.

Nuestro José Martí y aquel otro grande que nos enseñó a pensar, Félix Varela, advierten la importancia del tratamiento didáctico de la Historia:

 “Las glorias no se deben enterrar sino sacar a la luz”.

“(…) hallamos esa continua referencia, explícita o tácita, a un momento superior y sintetizador todavía no alcanzado por la historia humana (…) , en que las necesidades del cuerpo y las necesidades del alma, los valores de la razón y los valores de la esperanza, se compensen, articulen y equilibren”.

Tales ideas fueron expuestas por el Apóstol y su preceptor en las diferentes mitades del siglo XX cubano que les tocó protagonizar.

 “Pienso que hoy nuestros maestros conocen métodos nuevos y más eficientes”, comenta Fidel, líder histórico de los últimos 50 años de revolución en que contamos con potencialidades como el consenso entre especialistas de la Didáctica de la Historia y los profesores de esta asignatura.

En nuestras aulas llevan la batuta profesores de puntería y en las academias imparten los recordistas cubanos, si de conocimiento de la historia se trata… ¡meros archivos vivientes! que rara vez necesitan acudir a los libros para precisar una fecha o estacionar batallas en el mapa físico del mundo.

Pero los tiempos también han cambiado, las noches de apagón fueron sustituidas por las zonas WIFI y al decir de Vladimir Hernández Meneses (estudiante de tercer año de la carrera Licenciatura en Educación, especialidad Pedagogía-Psicología de la Facultad Educación Infantil, de la Universidad Central Martha Abreu, de Las Villas), aquellos recorridos de la invasión a Occidente de Maceo y Gómez, fácilmente pueden ser recreados mediante otras estrategias discursivas, cuestión de andar a tono.

Este joven aboga por “(…) ese acercamiento a la verdadera historia a través de imágenes, películas, documentales, mediante esos medios de enseñanza que hacen de la clase más amena, y que, por supuesto, involucra de una forma más activa a los estudiantes”. Él y otros aludidos por esta reportera, proponen: “estar en el lugar de los hechos para que los estudiantes se sientan parte de estos, pues cada generación es el resultado de la historia de sus pueblos.

”Otra cuestión es que en las escuelas primarias deben enseñarse en las clase de Educación Musical himnos como El Invasor, precioso y patriótico, y canciones como La Bayamesa (las dos), El Mambí, entre otras, pues hay más de dos generaciones de cubanos que no las conocen y es penoso, además de que hablan de sucesos de nuestra historia, estimulan los sentimientos patrióticos”, argumenta preocupada la educadora María del Carmen Sánchez.

A todo esto súmesele que el “había una vez” de nuestra infancia siempre será una carta de triunfo para apelar si se quiere enseñar la Historia de Cuba o universal. Eso sí, que la narración logre enganchar a una audiencia muy ávida, que no quepan dudas, de saberse parte o testigo de su historia.

 

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