El Presidente


Miguel Díaz-Canel en recorrido por el pueblo de Artemisa.

Por Nelson Concepción Pérez

No se usa en nuestro país que aparezca en los espacios de nuestra prensa algún artículo, comentario o crónica que se refiera a nuestro Presidente, al que conduce los destinos de la nación de manera colectiva y con una convicción absoluta de que solo con el trabajo de todos el país avanzará como lo necesitamos.

Infiero que en ese «todos» estamos también los periodistas. Los que luego no cumplimos debidamente con nuestro papel y preferimos abusar de adjetivos –todos para bien– cuando se califica alguna acción, de las miles que emprende el país y que no siempre marchan al ritmo ni con la calidad que debieran.

Sin embargo, es alentadora la buena cantidad de periodistas jóvenes que en cada uno de nuestros medios empiezan a «ver realidades» que otros no vieron o que fueron adulteradas.

Se indaga, se investiga y se critica con fuerza, cuando se maquilla con colorete un entorno para que la visita programada de algún funcionario vea «lo bien» que están las cosas por allí.

El reportero, el camarógrafo, el fotógrafo, exponen ante el país, cada día con más objetividad, las razones implícitas en una obra demorada en su terminación, en la pésima calidad de algunas de ellas; del maltrato en algún servicio que se presta a la población o en la indiferencia de algún padre que «entrega» a su hijo a la escuela para que sean únicamente los maestros quienes se encarguen de su formación.

Todavía nos falta a todos el «pegamento» o el «fijador» para actuar en cada momento, no por consignas o por afectación personal, sino siempre que veamos algo que pueda estar mal.

La indiferencia o el «no cojas lucha» no puede ser la respuesta cuando acudimos a un centro hospitalario donde se han hecho inversiones millonarias para garantizar la más completa salud del pueblo, y mientras esperamos nuestro turno para una costosa prueba del corazón, ya observamos una pared sucia, un papel o un algodón en el suelo, o escuchamos a alguien que reclama atención en voz alta, sin querer percibir que el médico o el técnico encargados de su caso, están atendiendo a otro paciente, quizá con una mayor urgencia o simplemente porque llegó primero a la cita hospitalaria mañanera.

Muchos periodistas cubanos tuvimos la oportunidad –yo diría el privilegio– de cumplir misiones de nuestra profesión al lado de Fidel, durante recorridos por el país, visitas a hospitales, escuelas, granjas agrícolas, planes cañeros, centrales azucareros y muchos otros, o en viajes al exterior para cumplimentar compromisos internacionales.

Fidel ha sido para los periodistas una verdadera escuela. Nunca lo conocí contemplativo con lo que hacíamos, pero sí siempre celoso de que nuestra función se cumpliera bien y con toda garantía.

Resultaba casi imposible seguirlo porque Fidel iba a todos los lugares, se exponía a riesgos, lo veía y lo «tocaba» todo. Preguntaba con más vehemencia que cualquiera de nosotros. Ponía su mano en nuestros hombros para entablar un diálogo que podía durar minutos o quizá horas. Había que convencerlo cuando le presentábamos alguna idea o cuando había leído u oído algún reporte periodístico que no le satisfacía completamente.

Fidel siempre fue así y por toda su obra, su valor, su ética, su constancia en el trabajo y su visión de futuro, se le recuerda en cada lugar, en cada país, en cada corazón de los agradecidos que por millones lo sienten presente en este mundo.

Pero siempre observé que muy pocas personas –en Cuba y en el extranjero– le llamaran Presidente. Y lo era. Pero el Comandante se hizo tan familiar, tan cercano –y tan respetuoso con su jerarquía– que siempre quisimos que fuera así: el Comandante.

Hoy, en la Cuba de la continuidad, Miguel Díaz-Canel, que fue su alumno, egresó de su escuela a cumplir las tareas asignadas por el Comandante.

El hoy Presidente de Cuba, el que ha conmovido –y convencido– a todos con su capacidad de contacto directo y sistemático con su pueblo, lleva bajo el brazo la cartilla que contiene esa importante lección que tiene la firma de Fidel Castro Ruz, del Comandante.

Al Presidente de la continuidad se le respeta y se le admira. Se le advierte porque así lo exige. A la prensa la considera parte de su equipo de trabajo.

Critica lo mal hecho y exige con toda moral que los dirigentes, a todos los niveles, estén vinculados al pueblo, oigan sus reclamos, ayuden a buscar soluciones allí donde un ciudadano solo ha recibido una salida burocrática a su queja.

Cuida de los detalles, de los cumpleaños, las efemérides patrias, y se comprometió ante los periodistas y lo cumplió cabalmente, a tener su cuenta en la red social Twitter y hacer uso de ella como parte de su labor al frente del país.

Se le observa seguro cuando trata de tú a tú con especialistas de algún tema. Conversa con campesinos, obreros y con científicos. Es aventajado en el dominio de las nuevas tecnologías de la comunicación y exige que estas se le expliquen al pueblo, en el lenguaje más sencillo, pero que aporte conocimiento y convicción en un tema tan prioritario de nuestros tiempos.

Es un Presidente incansable, me comentó un cercano familiar acostumbrado a ver los noticieros de televisión, y observarlo en sus continuos recorridos y siempre dejando un espacio para oír a las personas del pueblo, conversar con ellas, al estilo del Comandante.

En los abrazos de Raúl cuando lo ha esperado de regreso de algún recorrido, se constata cariño, seguridad, confianza. Sabe el General de Ejército que la continuidad está garantizada y que Fidel, en su nueva dimensión, desde su tribuna imperecedera en el corazón de una roca, está presente en cada acción del nuevo Presidente.

Publicado el 12/28/2018 en Cuba, Miguel Díaz- Canel y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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