La Casa de Haydée


Por Grazziella Pogolotti

Aquella noche, conversando quedamos Haydée Santamaría, Julio Cortázar y yo. Estábamos en la terraza del apartamento de Mariano, el pintor de los gallos. Desde el alto edificio, se contemplaba el Vedado en sombras. La mirada de Haydée se detuvo en la techumbre de una casa cercana. El lugar había sido el más célebre punto de reunión de la bohemia intelectual en la década del cincuenta. Bajo esa cobertura, fue refugio de la combatiente clandestina en los años de la dictadura de Batista. Fue un encuentro inicial con un mundo que entonces le resultaba desconocido, singular y, quizás, algo extravagante. No sabía, en ese tiempo que ahora parecía remoto, que al triunfar la Revolución le sería confiada una tarea de proyección internacional en el campo de la cultura.

Así, de la mano de la guerrillera de la Sierra y el llano, se fundó la Casa de las Américas el 28 de abril de 1959. Un proyecto tan ambicioso no tenía antecedentes en nuestras tierras, donde un empeño de similar envergadura había dimanado tan solo desde la óptica neocolonial de la Unión Panamericana. Forjada en la lucha y al margen de la enseñanza académica, Haydée Santamaría podía afrontar el reto, teniendo en cuenta su vocación esencialmente martiana. Dotada de extraordinaria intuición, sabía escuchar y juntar voluntades. Encontró apoyo y asesoría. El diseño de la Casa surgió en la práctica como un proyecto en desarrollo, con la flexibilidad necesaria para asumir una realidad cambiante. Siempre abierto a lo nuevo, el horizonte institucional se fue ampliando progresivamente, sin perder el rumbo de su perspectiva revolucionaria y descolonizadora.

Después de la derrota sufrida en Guatemala, la Revolución cubana hizo renacer las esperanzas. En una América balcanizada, los escritores andaban dispersos, en total desamparo, algunos procuraban completar en Europa el aprendizaje necesario para un futuro incierto. Otros, trataban de crear reductos de resistencia en su país de origen.

La primera convocatoria del premio Casa contó con un jurado de escritores de larga trayectoria junto a algunos emergentes que habrían de integrar el famoso boom de la narrativa latinoamericana. Ofrecía en recompensa un modesto pago y la publicación de la obra, algo muy difícil excepto en México y la Argentina, que disponían de editoriales de rango continental. Concebido en su origen según el esquema tradicional, el Premio amplió su alcance a la literatura de testimonio, a las letras del Caribe, a la temática de la mujer, de latinos en Estados Unidos, de los afrodescendientes. La revista Casa definió progresivamente su perfil. Entrelazó arte y pensamiento. Reconoció el nacimiento de una literatura que empezaba a imponerse en el mundo, exploró los vínculos entre vanguardia política y vanguardia artística. La editorial difundió a los clásicos y a los de reciente promoción.

De la literatura, la Casa expandió su influencia a las artes visuales, al grabado y la pintura se unió el ensayo fotográfico. No desdeñó las artes populares. Fue constituyendo así una importante colección que conforma hoy un valioso patrimonio de la plástica latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX. El teatro consolidó la Revista Conjunto. Removidas las estructuras tradicionales de la manifestación por el surgimiento de distintas expresiones de la creación colectiva, promovió encuentros de fecundo debate. Reconoció desde temprano la presencia de los chicanos y de los latinos en Nueva York. Bajo el signo de La rosa y la espina, congregó a los representantes de la canción protesta y ofreció espacio de reconocimiento y legitimación a la nueva trova cubana.

Haydée Santamaría, con su vocación esencialmente martiana y dotada de extraordinaria intuición,
sabía escuchar y juntar voluntades. Foto: La Ventana

En el ámbito de la Casa encontraron acogida intelectuales de la talla de Ezequiel Martínez Estrada, de Roque Dalton, de Mario Benedetti. Integrante del derrocado gobierno de Guatemala, Manuel Galich, en un exilio que no tuvo fin, vivió aquí por el resto de su vida. A su trabajo y a su memoria debemos permanente gratitud. A su labor en el terreno del teatro se añadió el empeño por rescatar nuestras culturas originarias oprimidas, que llevaba en su piel y en su sangre.

Tanto fue el poder de gravitación de la Casa de las Américas que dio lugar a una contraofensiva diseñada por la Agencia Central de Inteligencia. Con el respaldo aparente de alguna Fundación, apareció, con su redacción instalada en París, la revista Mundo Nuevo. La denuncia de la operación se publicó en la revista uruguaya Marcha y dio lugar a una significativa controversia. Al cabo, Mundo Nuevo acabaría por desaparecer y su director Emir Rodríguez Monegal se integraría a la vida académica. Por otra parte, cobraron impulso inédito hasta entonces concursos literarios muy bien remunerados a los cuales se les concedió un fuerte respaldo en la difusión. Así sucedió con el apoyo inicial al Premio Rómulo Gallegos, que reconoció la valía de narradores de primer rango, hasta entonces vinculados a Casa de las Américas. A otro nivel, una etapa ominosa estaba a punto de abatirse sobre el Continente como consecuencia de las dictaduras que se fueron instaurando sucesivamente en buena parte de nuestra geografía. Muchos escritores, situados en la cercanía de la institución habanera, padecerían persecución, muerte y exilio.

Haydée Santamaría supo conformar un equipo sólido. Estructurado en el proceso de desarrollo de la Casa, comprometido con la plataforma y el estilo de trabajo. Después de su desaparición física, el espíritu fundador mantuvo continuidad en la actuación del pintor Mariano Rodríguez y del poeta Roberto Fernández Retamar. Nuevas generaciones de escritores y artistas siguen respondiendo a convocatorias atemperadas a las demandas de la actualidad. Al llegar a sus sesenta años, la Casa de las Américas mantiene, viva y actuante, su presencia en nuestra América.

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