Los demonios sueltos de EE.UU.


Por Guillermo Alvarado

Hace unos pocos días publiqué un comentario titulado: “EE.UU. sálvese quien pueda” donde terminaba diciendo que debido a la violencia armada en ese país miles de personas salían por la mañana de sus hogares sin saber si volverían a ver a sus familias y, lamentablemente, la vida dio toda la razón a ese criterio.

Este fin de semana ocurrieron tres tiroteos masivos que dejaron un resultado preliminar de 30 muertos y cerca de 60 heridos, algunos de ellos en estado crítico.

El sábado en la ciudad de El Paso, Texas, fronteriza con México, un joven de 21 años disparó contra una multitud que hacía sus compras en un supermercado y mató a 20 personas, causando heridas a otras 26.

Las primeras investigaciones apuntan a un crimen motivado por el racismo y la xenofobia, es decir un resultado del clima de intolerancia y odio que está provocando en ese país el presidente Donald Trump, quien no cesa de denigrar a los inmigrantes calificándolos de asesinos, drogadictos o violadores.

El Paso es una urbe donde conviven personas originarias de México y otros países latinoamericanos con ciudadanos estadounidenses y se le consideraba hasta ahora una urbe relativamente tranquila.

Pocas horas después en la localidad de Dayton, Ohio, un hombre disparó contra un grupo que estaba a las puertas de un bar y causó nueve muertos y 26 heridos, antes de ser abatido por la policía.

En Chicago una persona que iba a bordo de un automóvil disparó contra un grupo reunido en un parque y dejó siete lesionados, uno en estado crítico.

Resulta innegable que los tres casos tienen puntos en común, entre ellos el clima de violencia que se viven en Estados Unidos, estimulado por las bravatas del presidente desde la Casa Blanca, y la pasmosa facilidad conque se puede adquirir un arma y municiones al amparo de una enmienda constitucional.

En un país donde su gobierno se otorga de manera arbitraria el derecho de juzgar a otros y calificarlos como sitios inseguros, los instrumentos de la muerte se anuncian y se venden como si fueran desodorantes.

Inútiles han sido hasta ahora los esfuerzos de los sectores sensatos que aún quedan en la nación norteña para que se impongan restricciones a este comercio, que está detrás de decenas de miles de muertes ocurridas cada año.

Si no se ha logrado es por los millones de dólares que generosamente distribuye a políticos y gobernantes la Asociación Nacional del Rifle, que ante cada masacre se limita a anunciar “pensamientos y oraciones” para las víctimas y sus familiares, pero no mencionan cómo ellos mismos arman a los demonios que andan sueltos por todo el territorio.

El primer derecho humano es el de la vida. Cuando éste se viola de manera sistemática de nada sirven todos los demás, una lección que en Estados Unidos no terminan de comprender, sin dudas porque el afán desmedido de lucro y dominación están por encima de cualquier valor y principio.

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