Siempre me veo en sus brazos


El hombre que soy hoy

Por José Luis Estrada

Eran las nueve y cuarto de la noche cuando fui a darle un beso allí donde estaba sentado viendo televisión. «Papá, voy a salir a un concierto en el Salón Rosado de La Tropical». Tocaba Dairán y Los Ángeles de La Habana, que andaban celebrando su aniversario, y yo, como muchas otras veces, me aparecía para aprovechar y promocionar mi nueva orquesta. Con frecuencia Alain Daniel me invitaba a que subiera al escenario y yo ponía un coro. Igual lo hacía La Charanga, Gente de Zona para que cantara ese tema que interpretábamos juntos… Como si supiera que nos iba a dejar, me cogió la mano y me la apretó duro, duro, duro. Pero duro como nunca lo había hecho. Me miró a los ojos y me dijo: «Cuídate, mi hijo», y yo salí. No había llegado ni a la primera rotonda de Playa cuando mi hermana Diana me estaba llamando: «Corre, papá falleció».

Siempre viví el orgullo de ser hijo de Juan Almeida Bosque. Pocos tienen el privilegio de haber nacido de alguien que es amado por todo un pueblo. Fueron esas muestras constantes de cariño, de admiración, las que hicieron más soportable un dolor profundo, infinito, que jamás había sentido. Cierto que ya mi viejo estaba mayorcito —había cumplido en febrero 83 años. Y aunque había soportado más de un infarto y tenía varios stents, uno llega a creer que la gente que quiere será eterna…

Todo me parecía mentira. Me cuenta mi madre que después que me fui, se había ido con ella para el cuarto. Se acostó, le tomó la mano y cerró los ojos. Murió de un paro respiratorio. Fueron verdaderamente desgastantes los días que vinieron a partir de aquel viernes fatal hasta el martes en que fue enterrado tras un sepelio que lo llevó por distintas plazas. Recuerdo que yo me quedaba dormido y me despertaba con sobresaltos, como queriendo espantar una pesadilla, hasta que lograba comprender que se trataba de una triste realidad. El primer impulso era salir a buscarlo, pensando que me estaba esperando para darme un beso. Fueron días duros…

El primer recuerdo

Siempre me veo en sus brazos, cuando intento rememorar el primer recuerdo que tuve de mi padre. Sus enseñanzas, su crianza, la manera en que me educó y me convirtió en el hombre que soy hoy. Lo mismo dirán mis otros ocho hermanos, nacidos de matrimonios diferentes. Sin embargo, era extraño que no buscara que estuviéramos todos juntos los fines de semana. Cuando alguno no podía estar, él encontraba un momento para atenderlo, para escucharlo, para que supiera que allí estaba para lo que necesitara. Papá consiguió que lo adoráramos. Se convirtió en nuestro héroe: en el valiente que atacó el Moncada, estuvo en el exilio, desembarcó en el Granma, combatió en la Sierra, fundó el III Frente Oriental del Ejército Rebelde, y después de 1959 ocupó las más disímiles responsabilidades dentro de la Revolución, pero nada lo hizo extraño, arrogante o distante, por el contrario, no escatimó abrazos, ni besos, tampoco regaños cuando lo merecíamos.

No resultó difícil quererlo y respetarlo. Porque eso sí: inspiraba mucho respeto. Cuando se hallaba en casa, mi hermana Diana y yo, que éramos quienes vivíamos con él, sabíamos cuándo jaranear, hacer algún chiste; que sus horarios de lectura eran sagrados; igual intuíamos en qué momento necesitaba tranquilidad, concentración…

Era muy excitante escucharlo hablar de la gloria que se vive cuando todo se hace por la libertad de la Patria. De lo duro que es perder a los compañeros de lucha. De cómo se repuso de las heridas en el combate del Uvero. De la gran responsabilidad que significa dirigir hombres, velar por su bienestar, ocuparse de sus  necesidades. De aquel momento inolvidable cuando Fidel, como muestra de la confianza que le tenía, lo ascendió a Comandante junto a su hermano Raúl… Era inquebrantable su lealtad a Raúl y Fidel. Cuando estaba junto a ellos el rostro se le iluminaba de una manera especial.

Me hablaba de aquel momento inolvidable cuando Fidel, como muestra de la confianza que le tenía, lo ascendió a Comandante junto a su hermano Raúl.

La música que los une

Más de una vez fui testigo envidiable de cómo actuaba el compositor. Lo inspiraba la vida. Y cuando le bajaba la musa, lo mismo escribía en el carro, que en su oficina, en la casa o en otro país… Si yo estaba presente en ese instante me decía: «Anótame lo que te voy a decir». Ahora me viene a la mente, por ejemplo, aquella que le dedicó a una amiga mexicana suya, de Fidel y de Raúl. La escribió en México y me tocó tomar el dictado; al regreso se la entregó a Eddy Gaitán, con quien le gustaba trabajar e hiciera la partitura de la música. Clotilde, todavía inédita, se encuentra entre sus últimas canciones.

Ojalá hubiera podido conocer mi trayectoria musical con mi orquesta. Me llegó a ver solamente con Gente de Zona. Era tan admirable, que siendo un compositor de canciones, boleros, sones…, nunca se opuso a que yo eligiera mi propio camino dentro de la música. Solo me pidió que terminara mi carrera de Derecho. «Puedes dedicarte a lo que quieras, pero es importante que te gradúes. Esos conocimientos que adquirirás en la universidad te van a hacer más fácil la vida», me insistía. Me gradué en 2010, pero tampoco pudo verlo. Sin embargo, fue tremendamente feliz cuando mi hermana Diana, actualmente pintora, terminó en San Alejandro.

Era inquebrantable su lealtad a Raúl y Fidel. Cuando estaba junto a ellos el rostro se le iluminaba de una manera especial. Foto: Cortesía del entrevistado

Mi locura con la música empezó a finales de primer año de Derecho, en que entré como corista de Gente de Zona, con quienes permanecí por tres años. Fue mi padre quien me ayudó a dar los pasos iniciales. Así conocí a Lazarito, de Yoruba Andabo, quien me acercó a la percusión. Después serían fundamentales Randy Marcos, por aquel tiempo timbalero de la Charanga Habanera, y Luis Guillermo Palacios, todavía hoy director musical de mi orquesta. David Calzado fue otra escuela.

Lo recuerdo diciéndome: «Sigue con tu musiquita, pero termíname la carrera». Pero estaba contento con mi empeño por aprender, por superarme, ¿sabes? Él no le tronchaba la carrera a nadie. Siempre tenía un consejo para dar, mas dejaba que solo te enfrentaras a la vida. «Lo único que te pido es que jamás abandones el camino correcto, que seas el mismo que yo he educado». Y le he cumplido.

Un mes antes de fallecer, decidí armar mi orquesta al regreso de una gira por Europa. Se lo conté. Ya he creado todas las condiciones, creo que ya estoy listo, le aseguré. «¿Cuántas personas crees que pueda tener tu orquesta más o menos?», me preguntó. «Bueno, yo pienso que serán entre 14 o 15 músicos, así como cinco o seis de personal de apoyo», le respondí. «O sea, 20, 21 personas», quiso asegurarse. «Ah, entonces debes tener siempre claro que 20, 21 familias van a depender de ti». ¡Te imaginas qué clase de enseñanza!

Es que la gente lo quería. ¡Mucho! Sabían que sus oídos estaban siempre atentos a los problemas de los demás. Foto: Cortesía del entrevistado

Si le preguntas a cualquiera de los músicos que ha pasado por mi orquesta, estoy convencido de que te dirá que, como todo ser humano, he tenido días buenos y otros malos, sin embargo, he tratado de ser un director intachable. Hubo algunos que me anunciaron: «Al principio tratarás a los músicos como si fueran parte de tu familia, pero después te darás cuenta de que no son más que tus empleados». Pero juro que nunca lo he visto así. Es como si se tratara de mi padre y los integrantes de la columna que comandó y cuidó con esmero.

Creo que por esa y otras razones me he ganado el respeto de mis músicos, a pesar de no haber estudiado en una academia. Como hacía mi viejo cuando componía, llego con la idea al ensayo y comenzamos a trabajar de conjunto: «No, eso no me suena, a ver, sigue por esa tesitura del piano, sigue… es por ahí por donde lo quiero».

Nombre sagrado

Hoy que todos se unen,/ esperando la fecha/ que dio inicio al gran día/ de banderas y gritos,/ de aplausos y alegrías;/ ese día de enero/ que acabó con lo injusto/ para ser compañeros…

Gran día de enero… Es mi preferida de todas sus canciones. Y yo, por fin el año pasado, pude regalarle la mía, la cual se hizo realidad gracias a Yaliesky Zaldívar, uno de los ganadores de Sonando en Cuba. «Hace rato quiero escribirle un tema a mi padre, pero no sé cómo, tengo las ideas, mas no sé cómo organizarlas», le dije. Así nació Mi querido viejo, un tema precioso que la gente ha hecho suyo y que me eriza de pies a cabeza desde que empiezo a cantarlo.

Me hubiera encantado que hubiera conocido mi trayectoria musical con mi orquesta. Foto: Cortesía del entrevistado

Apenas había cumplido 22 años cuando su muerte me sorprendió, y son muchas las veces que me digo: «Cómo me gustaría sentarme con él, conversar sobre mis nuevos proyectos, contarle de mis problemas, que me dijera cómo podría resolverlos». Por eso a quienes tienen la dicha de poder disfrutar de su padre les aconsejo: «Aprovéchenlo, porque cuando parte es cuando más se extraña». Yo mismo era de los que llegaba y por estar jugando o en mis locuras de juventud, pasaba rápido, le soltaba un beso y seguía con mis cosas, pensando que jamás se iba a ir de mi lado.

Siempre buscaba un momento para estar con su familia.

Uno piensa que esa gente que se quiere mucho estará ahí siempre para ti, y luego te pesa no haberlo consentido más. Nos dejamos llevar por las «urgencias» de la juventud, pero cuando quieres echar el tiempo atrás a veces es tarde, y duele mucho.

Confieso que fui un muchacho bastante travieso, pero nunca me aproveché del hecho de ser su hijo. Claro, mis maldades eran como las de cualquier muchacho de mi edad, y sin embargo, en mi cabeza resonaban, de manera constante, sus palabras: «El ejemplo debe empezar por ti». Cuidar su imagen era prioritario para mí. Y todavía sigue siendo algo esencial a pesar de que ya han transcurrido diez años sin que esté físicamente. Por una cuestión de respeto a su figura, a su obra, a su legado. Conmigo no hay eso de que: «claro, como es hijo de fulano». Yo soy una persona en verdad correcta, familiar, que he ido labrando mi futuro con mi sudor, mi trabajo, mi orquesta, como él mismo me inculcó. Me muero de la vergüenza antes de utilizar su nombre sagrado para acceder a privilegios.

Aún así, no faltan los detractores que me atacan en las redes sociales intentando denigrar su figura. «Tú eres un comunista y haces lo que haces porque eres hijo de papá». A veces me aguanto para no contestarles y decirles cuatro cosas bien merecidas, pero en el fondo sé que no tiene mucho sentido, porque son muchos más aquellos que hablan de su estirpe mambí, los que me invitan a crecer, a ser cada día mejor, a seguir su ejemplo de hombre grande: valiente, de coraje a prueba de balas, de esos que arriesgaron su vida para cambiar el destino de este país y, al mismo tiempo, fue un ser de sensibilidad enorme, capaz de escribir esas canciones bellas, cubanísimas, que por años han acompañado a este pueblo.

Gente de pueblo

Los que participaron en la guerra por la independencia de Cuba también fueron su preocupación. La Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana resultó otro anhelo hecho realidad.

A uno se le infla el pecho cuando escucha decir hasta en el más intrincado rincón de este país: Juan Almeida fue un hombre limpio, íntegro, familiar, sensible, humano, revolucionario cabal. Es que la gente lo quería. ¡Mucho! Sabían que sus oídos estaban siempre atentos a los problemas de los demás.

Jamás lo vi rechazando a alguien que viniera a hablarle, en el lugar que fuera. En ocasiones, los compañeros de seguridad intentaban detener a quienes, conociendo cómo era, iban a su encuentro. Entonces les decía: «Tranquilo, déjenlos que lleguen».

Eso explica que los cubanos lo quieran, pero Santiago de Cuba lo ama. Y él amó esa tierra profundamente. Cuando paseaba por sus calles era completamente feliz. Me parece estarlo viendo en el parque Céspedes, frente al Ayuntamiento, rodeado de artistas y cantado en un gran coro con los que lo acompañaban: Lescay, Kcho, Rancaño y muchos otros que formaban parte de una Brigada Artística que conformó para celebrar un aniversario cerrado del asalto al Moncada.

Igual le encantaba llevarnos al paseo de los carnavales santiagueros, únicos con su magia…

En ocasiones me habló de la gran admiración que sentía por Lázaro Expósito, por la labor que había hecho en Granma. Ya no vivía cuando este dirigente tan querido pasó al frente del Partido en Santiago. Estoy seguro de que, de estar aquí, lo aplaudiría, orgulloso de ver cómo, junto a Beatriz Johnson, presidenta de Asamblea Provincial del Poder Popular, y ese pueblo amado y heroico, han hecho hasta lo imposible por mantener viva y bella esa tierra que siempre veneró.

Ser hijo de papá es una bendición que me dio la vida. Le agradezco de corazón al pueblo de Cuba por el cariño que me demuestra en cada uno de mis conciertos, dondequiera que me presente. Me llena de emoción ese gesto de que la gente me apriete con fuerza y me diga: «Abrazándote y besándote a ti, es como si estuviera abrazando y besando a tu padre». Son momentos como esos en los que me siento ciento por ciento cubano, revolucionario y orgulloso de ser, todos los días de este mundo, hijo de Juan Almeida Bosque.

Gran día de enero

 Autor: Juan Almeida Bosque

Esta noche quisiera,/ mucho más que otras veces,/ que no te fueras lejos/ para salir contigo.

Esta noche de todos,/ de saludos y besos,/ quiero también sea mía,/ compartida contigo.

Hoy que todos se unen,/ esperando la fecha/ que dio inicio al gran día/ de banderas y gritos,/ de aplausos y alegrías;/ ese día de enero/ que acabó con lo injusto/ para ser compañeros.

Después de los afectos/ a todos los queridos,/ en esta linda noche/ dedica unos minutos/ y llévame del brazo/ a caminar contigo.

 

 

Publicado el 09/11/2019 en Cuba y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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