¿Es usted una persona decente?


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Por Dailene Dovale de la Cruz 

La decencia no es un concepto aislado sino que está asociado a otros valores como la solidaridad, el humanismo, la empatía y el respeto. Pero, para usted, ¿qué es la decencia?, ¿cómo es una persona decente? En torno a estas interrogantes conversó Más que papel, e indagó en dónde habita lo mejor de la conducta humana

Decencia. Abstracta, intangible, se eleva en muchos discursos, se pronuncia en tantos labios. ¿Qué es la decencia? ¿Qué no es? Sentada, con el ruido del ventilador de fondo, intento atrapar el concepto, pero se me escapa, me pide que salga a la calle a buscarla, a mirarla a los ojos…

Un hombre —con canas y voz afable— se apea en la parada. ¡Voy hasta Santa Catalina y Primelles! Se forma un murmullo. Buenas tardes, dicen las tres personas afortunadas que se montan en la parte trasera del auto. ¡Buenas tardes! Sonríe él desde su puesto como chofer. Todos los días, en la misma parada, repite la acción.

«La decencia contribuye a que la sociedad se mantenga estable. Si usted es decente empieza por respetar a los demás y cuando respetas a los demás contribuyes a la estabilidad social», así dice Roberto Pérez, un domingo mientras regresa a casa después de comprar el pan, en el reparto Sevillano, en Diez de Octubre.

—¿Y cómo es para usted una persona que no es decente?

—«Una persona que no es capaz de adaptarse a la sociedad, que se comporta de manera irracional, que hace bulla, que no respeta a los vecinos», dice y aclara que él sí se considera una persona decente o al menos lo intenta.

—Muchacho, tú vas a cruzar la calle.

—No, señora, pero yo la ayudo.

—Gracias mi niño.

Y así la típica y adorable anciana, con el joven, alto y fuerte, cruzan la avenida Vía Blanca despacio y de la mano. Ella le sonríe. Él regresa a su puesto anterior a esperar la guagua.

Al indagar para este Podcast, encontramos diversidad de criterios. La decencia no como un concepto aislado, sino asociado a otros valores como la solidaridad, el humanismo, la empatía y el respeto. Sin embargo, también encontramos prejuicios relacionados con ella.

«Dicen que todos somos iguales y no es así. Somos personas diferentes y eso me choca», me aclara la muy jovencita…

¿Entonces te incomoda que asocien a todos los jóvenes con la «falta de valores»?, le pregunto.

«¡Exacto! Si uno hace algo mal, nos culpan a todos, agrega convencida de que no todos los jóvenes son tan irrespetuosos, ni todos los adultos tan correctos».

Respeto. Empatía. A mí la decencia se me parece mucho a darle la mano a quien lo necesite, a respetar el dolor ajeno, a tener una palabra de aliento y no descansar si alguien precisa de nuestros esfuerzos. Respeto, repito, a la diversidad sexual y de identidad de género, a las decisiones personales, a la forma de ser. Respeto. Convivir todos en paz y armonía.

Para la escritora Dazra Novak se trata de preservar lo mejor de la cubanía y a ello dedica en mayor o menor medida las crónicas en su blog Habana por dentro.

Por lo pronto nos hacemos eco de lo planteado por la periodista de JR Alina Perera, en el artículo Que la decencia sea la moda, y digamos que la inercia se rompe de muchas maneras: no guardando silencio ante lo que es obviamente injusto; no dejando solo o ridiculizando al compatriota que ante nuestros ojos exige un derecho; no riéndole la «gracia» a la vulgaridad; limpiando, sin pedanterías, el aire de diálogos sordos, y poniéndole colores de altura a las expresiones mágicas (buenos días, con su permiso, gracias).

Me atrevo a decir que muchos han olvidado, o nunca lo aprendieron, la virtud de respetar a los demás, de ser amables —eso que no cuesta nada, ni siquiera mucho tiempo, y que tanto ayuda a vivir—; muchos no saben mirar a los ojos y entablar un diálogo a derechas. Y esos vacíos imperdonables, que nos convierten en habitantes o en bárbaros, pero nunca en ciudadanos, no pueden esperar para convertirse en presencia y premisa de la decencia, a que desaparezcan la precariedad material, la escasez, el cerco asfixiante del enemigo…

Estoy entre quienes creen que podemos ser grandes en lo más difícil: en ese imperceptible goteo del día a día; allí donde podemos sentirnos profundamente infelices, o resueltos luchadores, con mucho coraje —porque coraje hace falta para cortar la cadena del mal—, en pos de la vindicación del hombre.

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