Juan Guaidó, una apuesta perdida para Estados Unidos


Por Lídice Valenzuela

Estados Unidos apostó por el diputado Juan Guaidó para destituir al presidente legítimo venezolano Nicolás Maduro. Perdió Washington con su autoproclamado mandatario, ahora bajo los focos de ser, además de un farsante, un ladrón que robó parte de los millones del gobierno estadounidense destinados supuestamente al pueblo de Venezuela.

Guaidó Márquez​​ (La Guaira, Distrito Federal; 28 de julio de 1983), ingeniero de profesión, fue electo presidente de la Asamblea Nacional (AN) de Venezuela, declarada en desacato por el Tribunal Supremo de Justicia. El ente legislativo, entonces de mayoría opositora, devino un foco contrarrevolucionario y su líder un aliado incondicional de Washington, responsable de las acciones violentas contra su propio país y de fomentar la injerencia extranjera en sus tierras.

Este joven, respaldado por solo 50 países a nivel mundial, la mayoría presionados por el mandamás de la Casa Blanca, Donald Trump, fue cofundador con el contrarrevolucionario en el exilio Leopoldo López del partido Voluntad Popular. Arreglos internos de las agrupaciones opositoras indicaban que el próximo presidente de la Asamblea Nacional sería miembro del partido Primero Justicia, lo cual el guairiano no respetó.

Por ley, Guaidó nunca debió asumir la presidencia interina de Venezuela, ya que ese país tiene en Nicolás Maduro un mandatario reelecto en votación democrática, quien asumió su cargo el 20 de enero del pasado año.

Para declararse interino, desde su posición de líder asambleísta, argumentó que las presidenciales habían sido una farsa y un fraude, aunque Maduro se enfrentó a otros cuatro candidatos opositores y ganó.

Es decir, que a los 36 años de edad, Guaidó se autoproclamó y tomó posesión del supuesto cargo de interino en un parque de Caracas, quebrando por su cuenta, pero con órdenes de Washington, lo establecido en la Constitución Nacional. No fue electo por el pueblo, no lo escogió el Parlamento, no tiene gabinete ni jurisprudencia. Es decir, siempre fue un fraude. En una carrera maratónica, de ser electo líder de la AN solo porque alguien de su partido debía serlo, ocupó las primeras planas de la prensa conservadora como salvador de la patria, después de ser bendecido por Trump.

Guaidó es un engendro de los tecnócratas de la Casa Blanca, que, oyendo los criterios de Leopoldo López, para escogerlo consideraron su juventud, sus antecedentes de líder estudiantil opositor y el respaldo de los legisladores derechistas en el simulacro democrático del parlamento y la oligarquía nacional.

En este contexto, para tratar de desestabilizar al país con dos presidentes, Maduro tomó posesión de su cargo ese mismo enero, y comenzó otro año de resistencia y lucha de los venezolanos por proteger el sistema socialista iniciado por el fallecido líder revolucionario Hugo Chávez en 1998, cuando ganó la primera magistratura, con un respaldo popular sin precedentes hasta entonces.

A principios de este mes Guaidó escenificó una ridícula pataleta, cuando de manera mentirosa afirmó ante la prensa que no le permitían entrar al recinto parlamentario donde fue sustituto por Luis Parra, miembro del opositor Primero Justicia, en votación democrática de los legisladores, que ya no aceptan a Guaidó pues terminó su mandato aunque él piense lo contrario y los diputados de su partido le sigan siendo fieles.

Parra, del ultraopositor partido Primero Justicia, salió electo con 81 votos de los 140 diputados presentes (de un total de 167) por lo que fue proclamado como nuevo titular de dicho órgano legislativo, que, dijo, debe volver a la institucionalidad del país.

Ante la ausencia de Guaidó, el reglamento del órgano legislativo dispone que el diputado de mayor edad se instale como director de debates y dé comienzo a la sesión. O sea, que el interino sabía que no ganaría la presidencia y por eso no acudió a la hora prevista.

El analista y profesor argentino Atilio Borón recordó que en la nueva directiva legislativa de cinco miembros todos pertenecen a partidos opositores. “Hay que ser muy mentiroso —como varios medios de comunicación por él citados— para hablar de un golpe parlamentario de Maduro, afirmó Borón, cuando la nueva dirección está integralmente conformada por políticos de la oposición”.

Pero Guaidó, especialista en espectáculos fallidos y sin aceptar su derrota, se encaramó en una reja sin necesidad alguna y brincó al interior de la AN. Salió de ahí seguido por periodistas y cámaras y se volvió a autojuramentar en el cargo en la redacción del derechista periódico El Nacional, famoso por el veneno informativo contra la Revolución Bolivariana, y se ratificó como presidente. De nuevo creó poderes paralelos.

Para el constitucionalista y profesor universitario Pedro Afonso del Pino, Guaidó está absolutamente equivocado desde un principio, cuando quiso sustituir a Maduro, pues violó el artículo 223 de la Carta Magna que establece cuáles son “las faltas absolutas del presidente en ejercicio y del presidente electo. El caso de Maduro es muy particular porque fue reelecto, y nadie debió autoproclamarse en su cargo, pues él nunca lo abandonó”.

Afonso del Pino indicó: “Estas faltas absolutas se dan por muerte, renuncia, incapacidad física o mental, revocatoria, destitución o abandono del cargo, y el único supuesto en que el presidente de la AN puede ejercer la presidencia es cuando la falta absoluta se produce en el presidente electo”. En su criterio, el artículo 233 no aplicaba en este caso.

Se trató entonces un pacto entre Leopoldo López y Estados Unidos de poner como interino a un individuo manejable, capaz de cumplir órdenes, pero no de elaborarlas, pues esas parten de la Casa Blanca, convencida entonces de que con su respaldo llevaría a feliz término la estrategia contrarrevolucionaria.

¿QUÉ SE ESPERA AHORA DE GUAIDÓ?

Guaidó ha decepcionado al gobierno de Trump, quien confió en que desalojaría a Maduro, tomaría las riendas de Venezuela apoyado por el Grupo de Lima y la Organización de Estados Americanos (OEA), y daría el puntillazo de gracia a la Revolución Bolivariana para dar paso a una intervención militar multinacional donde no faltarían los marines del norte.

Sin embargo, 2019 resultó un fracaso para los planes del escogido para crear el caos en Venezuela. El 23 de febrero de ese año arrastró al ridículo a un grupo de presidentes latinoamericanos de derecha —Iván Duque, el primero, cabeza visible del ultraderechismo en Latinoamérica— cuando desde la frontera colombiano-venezolana se situaron en espera del paso de soldados desertores en masa y el viaje victorioso por el territorio “liberado” con ayuda para el pueblo de Chávez.

Ocurrió lo que mentes preclaras de Suramérica habían pensado. Solo pasaron el paso fronterizo una docena de soldados engañados porque les ordenaron sus jefes traidorzuelos una misión en la parte colombiana. Cuando llegaron se encontraron a Guaidó y compañía y retrocedieron. Los opositores quemaron dos camionetas con productos alimenticios y medicamentos que los mandatarios antichavistas repartirían en su paso hacia Caracas y en el ínterin se extraviaron 25 millones de dólares entregados por Trump para la logística de la operación no realizada.

Una denuncia en su contra fue presentada por el embajador “imaginario” que él mismo nombrara en Colombia, Humberto Calderón Berti, quien lo acusó de robarse, junto a sus socios, parte del dinero que la Casa Blanca había enviado para financiar la “Ayuda Humanitaria + Concierto en Cúcuta” de febrero y “gastárselo en prostitutas y licor”.

¿Con cuánto dinero se quedó Guaidó?. ¿Cómo lo repartió y a quién benefició? La respuesta es uno de los motivos por los que Trump, aunque lo sigue bendiciendo, le perdió confianza. Es notorio que el interino carece de músculo político para romper la unión cívico-militar existente en Venezuela.

El segundo semestre del pasado año también fue fatal para el llamado interino y su camarilla. Sus maniobras fueron aplastadas cuando el gobierno de Maduro expuso públicamente pruebas irrefutables de sus relaciones con grupos paramilitares colombianos, entre ellos la banda de narcotraficantes Los Rastrojos, que cruzan la frontera común para realizar acciones violentas, y fueron los que le llevaron a Cúcuta, asesinos a sueldo; y como colofón, sus implicaciones en fraudes, robos, corrupción y otros delitos.

Mientras el ejecutivo venezolano fortalecía el diálogo nacional con los partidos opositores en minoría, aunque calladamente también participó el de Guaidó, con resultados factibles, y la unión cívico-militar era fortalecida con la presencia de tres millones de milicianos salidos de la población, el grupito de Guaidó insiste en su doble moral de fracasados con días contados.

El antiguo líder de la AN, que también fracasó el pasado año cuando de manera mentirosa divulgó que había tomado la base militar La Carlota, recibió un balde de agua fría cuando Michael Kozak, subsecretario de Estado de Estados Unidos, afirmó en una declaración en diciembre último que “el aval al presidente interino no es a título personal, como persona, sino como presidente electo de la AN”, con lo cual anunció un tiro de gracia al títere de turno.

También el reaccionario senador Marco Rubio, uno de los más connotados enemigos del proceso revolucionario venezolano, dijo: “Nosotros reconocemos la única entidad democráticamente electa en Venezuela que es la AN y vamos a respetar la decisión que hagan a través del voto”.

De ahí que el exjefe parlamentario se agarre a cualquier disparatado plan para no perder los privilegios concedidos por la Casa Blanca.

La disposición de celebrar elecciones legislativas en Venezuela este año —sin fecha aún marcada— cifran las esperanzas de Guaidó y su jefe directo Leopoldo López de que vuelva a ser electo diputado y ocupe de nuevo la presidencia parlamentaria.

El que Trump no le haya quitado públicamente su respaldo indica que Estados Unidos, aunque sea con un político de segunda, seguirá intentado impedir la normalización del país.

La convocatoria a las parlamentarias de este año con seguridad no será reconocida por Washington, y por quienes han creado una AN paralela.

Según la publicación Misión Verdad: “La pregunta que queda para el antichavismo y sus partidos yace en la posibilidad de que 2020 sea otro año de acciones contrarrevolucionarias, con todo lo que ello implica. “No faltan referentes y hallazgos —precisa— de que tal cosa podría ser una terrible y costosa idea, por tratarse de ser una fuerza política sin capacidad de dirigirse a sí misma”.

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