Emigración centroamericana: una historia sin fin


Emigración centroamericana: una historia sin fin

Por Lídice Valenzuela

Aún no han pasado dos años de la última megacaravana de emigrantes centroamericanos, cuando un nuevo río humano salió de Honduras el pasado día 15 con destino a Estados Unidos (EE. UU.), en donde, si logran llegar alguna vez, les espera un destino tan incierto como en sus países de origen.

La desesperación de los hondureños, salvadoreños y guatemaltecos es impresionante. En esos grandes grupos humanos viajan niños pequeños, embarazadas, ancianos, y mujeres y hombres jóvenes que como pasaporte solo tienen sus manos y el deseo de encontrar un empleo estable en un ambiente de seguridad.

Los emigrantes centroamericanos, que reeditan el camino seguido por más de 5000 personas en 2018, salieron de la ciudad de San Pedro Sula, en el norte de Honduras, con destino a Guatemala y después a México, última parada para llegar a su presunto destino.

a nueva estampida de personas que huyen de sus países desafían las restricciones impuestas por EE. UU. a la emigración. El pasado día 9, Washington suscribió un acuerdo con Honduras que le permitiría a la Casa Blanca enviarle solicitantes de asilo de un tercer país. Igual suerte determinó para Guatemala y México.

El plan de EE. UU. es designar a esos países como “seguros”¨ para la emigración, lo cual fue desmentido por el nuevo gobierno guatemalteco, que aclaró que carece de condiciones para recibir a personas con esa cualidad.

En noviembre pasado, la administración estadounidense envió a hondureños y salvadoreños a Guatemala con el argumento de que los migrantes debían solicitar asilo en el primer “país seguro” al que ingresaran.

Para analistas se trata de un chiste, pues las tres naciones involucradas y consideradas seguras son precisamente las de mayor vulnerabilidad política, económica y social en Centroamérica.

¿PARA QUÉ EE. UU.?

La experiencia de quienes llegan desde Centroamérica a EE. UU. es hartamente conocida. Discriminados, más si son indígenas, sus descendientes y negros en la rica nación norteña pueden encontrar empleos en áreas que desdeñan los naturales debido a su carácter temporal, bajos salarios, ningún derecho laboral e inseguridad ciudadana.

Pero aun así, prefieren jugarse la vida en las carreteras antes que continuar en sus países, donde además de vivir en pobreza o pobreza extrema, resultante de los ajustes neoliberales, están expuestos a la violencia de las bandas paramilitares y/o de narcotraficantes, ya que esa región es una vía conocida para el traslado de la droga hacia EE. UU.

El tráfico de estupefacientes y las bandas de los llamados Maras convirtieron a Centroamérica en la zona del mundo con mayor número de muertes violentas, es decir, una tasa de 25,9 homicidios por cada 100 000 habitantes, publicó la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD).

Llamado El Pulgarcito de América, El Salvador es el país de esa zona con más homicidios por habitante: 62,1 por 100 000 personas, también el más alto de América Latina y El Caribe. Le siguen Honduras y Guatemala.

La nación —según la ONUDD— con menos violencia es la región es Nicaragua, con 8,3 fallecidos por cada 100 000.

A esta trágica situación, pues la mayoría de las víctimas nada tienen que ver con los grupos antisociales, se une el alto índice de desempleo, la carencia de viviendas dignas, la imposibilidad de acceder a la salud y la educación. Muchos ni siquiera tienen dinero para alimentarse ellos y sus hijos.

El Instituto Guatemalteco de Migración (IGM) informó que unas 3500 personas penetraron en su país los días 15 y 16 pasados. El 36 % de los emigrantes son unidades familiares, niños y adolescentes no acompañados, mujeres embarazadas y miembros de la comunidad LGBTI. La institución refirió a la prensa que el 64 % procede de Honduras, mientras que el 36 % restante viajan desde El Salvador y Nicaragua, en tanto esperan que un número considerable de guatemaltecos se unan también a la caravana.

Unos 1000 viajeros ya están en Tecún Umán, al otro lado del Estado sureño mexicano de Chiapas, con 500 personas en refugios y el resto en los alrededores de los puntos de aduanas y en las calles, siempre rodeados de personal de la policía, la Procuraduría de Derechos Humanos y la Procuraduría General de Guatemala.

En territorio guatemalteco, también varias organizaciones benéficas brindan asistencia a los recién llegados, alimentos, atención médica, apoyo psicosocial, e información sobre derechos humanos y refugios.

EL PASO MÁS DIFÍCIL

Lo más difícil es el paso entre la frontera sur de México con EE. UU., donde el ultraderechista presidente Donald Trump mantiene blindado los pasos con la presencia de miles de soldados con órdenes de disparar a quienes intenten burlar la cerca límite.

Trump vive obsesionado con la construcción de un muro que, según dijo en su campaña electoral, es fundamental para impedir el ingreso al país de drogas y emigrantes ilegales.

La frontera tiene una extensión de 3145 km, con más de 1000 km cercados en California, Arizona, Nuevo México y Texas.

Los funcionarios responsables dijeron al Congreso que el plan de Trump significaría 1400 km nuevos de muro y 1870 km de muro de reemplazo. El valor total de la mole es de 33 000 millones de dólares, cifra suficiente para acabar con los flagelos que producen la huida masiva de Centroamérica.

Para nadie, ni siquiera los que desean viajar a EE. UU., es secreto el desprecio del multimillonario Trump por los latinoamericanos, en especial centroamericanos. Son inaceptables sus calificativos a los mexicanos, a quienes comparó con animales.

Ante la llegada inminente de miles de personas a sus zonas fronterizas con EE.UU., el Ministerio de Gobernación de México anunció que se estableció un grupo de trabajo para ayudar a los emigrantes, aunque advirtió que no se les permitirá pasar al país vecino sin documentación.

El presidente Andrés Manuel López Obrador, que el pasado año invitó sin resultado alguno a Trump y a otros regímenes de Centroamérica a realizar un plan económico y social que permitiera a las personas quedarse en sus países, indicó hace tres días que su gobierno no concederá visado de tránsito a quienes desean viajar a la falsamente llamada tierra de las oportunidades, pero que tiene disponibles 4000 puestos de trabajo para los que quieran permanecer en México.

Hay un número importantes de emigrantes que se han acogido a la disposición presidencial, mientras otros prefieren tratar de burlar a las autoridades mexicanas cruzando por ríos, como el Suchiate de Chiapas.

Nada indica que los actuales gobiernos neoliberales centroamericanos tengan entre sus planes eliminar los poderosos consorcios de la mafia —los verdaderos mandamás de esos países— ni poner en práctica planes de inclusión social.

Por tanto, la emigración continuará, unas veces de manera masiva y otros en solitario, o pequeños núcleos que llaman menos la atención de las autoridades fronterizas, en permanente cacería de los que pretenden dejar atrás sus pesadillas diarias.

México, en tanto, tratará de encontrar alguna solución, como la de ofrecerles empleo y dignidad, mientras Trump revoletea para imponerle, como amenazó hace dos años a López Obrador, aranceles de un 5 % a los productos exportados por la antigua nación azteca, un chantaje solo imaginable en una persona de su baja catadura moral.

De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina (Cepal), el pasado año existían 191 000 000 de pobres en esa zona, de los cuales 66 000 000 viven en pobreza extrema.

  • Población de inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos, 1980-2017 (Inmigration policy Institute, 2019)
  • 1980: 354 000
  • 1990: 1 134 000
  • 2002: 2 026 000
  • 2010: 3 053 000
  • 2017: 3 527 000
  • Países de origen de inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos, 2017
  • El Salvador: 1 402 000
  • Guatemala: 959 000
  • Honduras: 655 000
  • Nicaragua: 263 000
  • Panama: 107 000
  • Costa Rica: 83 000
  • Belize: 49 000
  • Otros: 10 000

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