Bolivia y la Argentina profunda


La fórmula electoral Luis Arce-David Choquehuanca para los comicios presidenciales del 3 de mayo volvió a convalidar, como en 2005, el espíritu de unidad del Movimiento al Socialismo (MAS).

El anuncio fue hecho por Evo Morales el 22 del corriente, frente a 35 mil personas que enarbolaron banderas de Bolivia y whipalas (símbolo multicolor del pueblo aimara) en el estadio Deportivo Español de Villa Soldati, barrio popular de Buenos Aires.

Días antes, funcionarios de la embajada de Washington se habían presentado en la cancillería, advirtiendo que la actividad política de Evo era peligrosa y un abuso a su estatus de refugiado. El canciller Felipe Solá les recordó que en Argentina ya no gobernaba Mauricio Macri.

Mientras, en La Paz, la primera dictadora de América Latina (Jeanine Áñez) decía que los gobiernos de Alberto Fernández y AMLO estaban convirtiendo a sus países en refugio de delincuentes. Y dirigentes como Román Barrón, de la Federación Única de Trabajadores de Pueblos Originarios de Chuquisaca, declaraban: Las cosas se arreglan entre nosotros, no desde otro país.

¿Otro país? En efecto. Pero empezando por el mineral al que Argentina y el río que baña su capital deben su nombre ( argentum), nadie puede ignorar que superando distancias y caprichos de la geografía, ambos países siempre compartieron culturas, historias, intereses y luchas comunes.

En mayo de 1809, argentinos como Bernardo de Monteagudo (quien sería lugarteniente de San Martín, O’Higgins y Bolívar) pegaron el primer grito libertario de América del Sur en Chuquisaca (hoy Sucre), ciudad de la audiencia de Charcas que integraba el virreinato del Río de la Plata.

Las guerras de la independencia argentina empezaron en el Alto Perú (hoy Bolivia), cuando la junta revolucionaria de Buenos Aires envió el ejército patriota que venció a los españoles en la batalla de Suipacha (Potosí, 7 de noviembre de 1810).

Juan José Castelli, jefe político de aquel ejército, instaló su gobierno en Chuquisaca, donde abrió escuelas bilingües, abolió la servidumbre indígena y otorgó a los pueblos originarios derechos políticos iguales a los de los criollos, con decretos publicados en español, guaraní, quechua y aimara. Y en Tiahuanaco, Castelli rindió homenaje a los antiguos incas, incitando a los pobladores a rebelarse contra los españoles (mayo de 1811).

En Argentina viven 350 mil bolivianos (65 por ciento en Buenos Aires y alrededores) y su actividad económica ha sido de fundamental importancia en las temporadas de cosecha de la caña de azúcar y el tabaco, en los cultivos de tomates y pimientos, en la vendimia, la horticultura o trabajando de albañiles, mineros u obreros de la industria y en la actividad petrolera.

Por ejemplo, el niño Juan Evo Morales (Juan por Perón y Evo por Evita) nació el 26 de octubre de 1959 en la comunidad Isallavi (Oruro), y empezó a cursar la primaria en una escuelita rural de la provincia de Salta. En tanto que en la guerra de las Malvinas (1982), 25 mil residentes bolivianos se presentaron como voluntarios en la defensa de las islas.

¿Cómo olvidar, entonces, a la heroica Juana Azurduy de Padilla? Oriunda de Potosí, el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata le confirió a Juana el grado de teniente coronel por sus éxitos militares. Y en julio de 2009, Cristina Fernández de Kirchner la ascendió a generala del ejército argentino, posmortem.

En marzo de 2010, en Sucre, Evo y Cristina instituyeron el 12 de junio (día del nacimiento de Juana), como el Día de la Confraternidad Argentino-Boliviana. Poco después, Hugo Chávez visitó la Casa Rosada, y allí saludó su imagen en el Salón de Mujeres Argentinas. Cristina le comentó: Hacés muy bien en hacerle la venia. Perdió cinco de sus seis hijos en la guerra por la independencia.

En junio de 2015, en el ex Parque Colón (contiguo a la Casa Rosada), Cristina inauguró un monumento en bronce de 16 metros de alto y 25 toneladas de peso, en honor a Juana Azurduy, remplazando el monumento a Cristóbal Colón.

Por consiguiente, es posible que en el referido acto unitario del MAS en Villa Soldati, Evo Morales haya entendido (un poco tarde) que la victoria tiene algo negativo: que jamás es definitiva; en cambio, la derrota tiene algo de positivo: que nunca es definitiva (José Saramago).

Después de todo, la fórmula del antiguo Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), liderado por Víctor Paz Estenssoro y Hernán Siles Suazo, también salió de Buenos Aires. El MNR ganó las elecciones. Pero desconocida esta victoria, estalló la revolución de 1952. La más radical en la primera mitad del siglo XX, después de la Revolución Mexicana de 1910.

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