El Gabo y Cuba: “La primera impresión fue más bien de comedia” (+ Fotos)


A próposito del aniversario 93 de su natalicio Cubadebate te propone un homenaje a este grande de las letras: un recorrido a su relación con Cuba. Ilustración: Steemit.

“Antes de la Revolución no tuve nunca la curiosidad de conocer a Cuba. Los latinoamericanos de mi generación concebíamos a La Habana como un escandaloso burdel de gringos donde la pornografía había alcanzado su más alta categoría de espectáculo público mucho antes de que se pusiera de moda en el resto del mundo cristiano”.  Gabriel García Márquez

Fue en 1955 en París cuando el Gabo escuchó por primera vez el nombre de Fidel Castro, de la voz del poeta Nicolás Guillén. Pero no sería hasta 17 días después del triunfo revolucionario que el escritor colombiano conociera La Habana. Por aquel enero de 1959 García Márquez era redactor de Venezuela Gráfica y vivía con su esposa, Mercedes Barcha, en el barrio de San Bernardino.

Gabo hablaba siempre de ese 1ro de enero de 1959 cuando unos gritos desaforados le hicieron bajar del apartamento a ver qué ocurría, para confirmar la sospecha: Fulgencio Batista se había fugado y volaba en un avión militar hacia Santo Domingo.

La oportunidad de visitar la Isla, contó en una ocasión, se le presentó antes de lo esperado, pero la esperaba con muchas ganas. Así lo contaría años después:

“El 18 de enero, cuando estaba ordenando el escritorio para irme a casa, un hombre del Movimiento 26 de Julio apareció jadeando en la desierta oficina de la revista en busca de periodistas que quisieran ir a Cuba esa misma noche. Un avión cubano había sido mandado con ese propósito. Plinio Apuleyo Mendoza, y yo, que éramos los partidarios más resueltos de la Revolución Cubana, fuimos los primeros escogidos.

“Apenas si tuvimos tiempo de pasar por casa a recoger un saco de viaje, y yo estaba tan acostumbrado a creer que Venezuela y Cuba eran un mismo país, que no me acordé de buscar el pasaporte. No hizo falta: el agente venezolano de  inmigración, más cubanista que un cubano, me pidió cualquier documento de identificación que llevara encima y el único papel que encontré en los bolsillos, fue un recibo de lavandería. El agente me lo selló al dorso, muerto de risa, y me deseó un buen viaje.

“El inconveniente serio se presentó al final, cuando el piloto descubrió que había más periodistas que asientos en el avión, y que el peso de los equipos y equipajes estaba por encima del límite aceptable.

Nadie quería quedarse, por supuesto, ni nadie quería sacrificar nada de lo que llevaba, y el propio funcionario del aeropuerto estaba decidido a despachar el avión sobrecargado. El piloto era un hombre maduro y serio, de bigote entrecano, con el uniforme de paño azul y adornos dorados de la antigua Fuerza Aérea Cubana y durante casi dos horas asistió impasible a toda clase de razones. Por último uno de nosotros encontró un argumento mortal:

—No sea cobarde capitán —dijo— también el Granma iba sobrecargado.

El piloto lo miró, y después nos miró a todos con una rabia sorda.

—La diferencia —dijo— es que ninguno de nosotros es Fidel Castro.

“Pero estaba herido de muerte, extendió el brazo por encima del mostrador, arrancó la hoja del talonario de órdenes de vuelo y la volvió una pelota en la mano.

—Está bien —dijo—  nos vamos así, pero no dejo constancia de que el avión va sobrecargado.

“Se metió la bola de papel en el bolsillo y nos hizo señas de que lo siguiéramos. Mientras caminábamos hacia el avión, atrapado entre mi miedo congénito a volar y mis deseos de conocer  Cuba, le pregunté al piloto con un rescoldo de voz:

—Capitán, ¿usted cree que lleguemos?

—Puede que sí —me contestó— con la ayuda de la Virgen de la Caridad del Cobre.

El viaje no fue cómodo. Incluso aterrizaron de emergencia en Camagüey, primera tierra cubana que el Gabo tocaría.

“Antes del mediodía aterrizamos entre las mansiones babilónicas de los ricos más ricos de La Habana en el aeropuerto de Columbia, luego bautizado con el nombre de Ciudad Libertad, la antigua fortaleza batistiana donde pocos días antes había acampado Camilo Cienfuegos con su columna de guajiros atónitos.

La primera impresión fue más bien de comedia, pues salieron a recibirnos los miembros de la antigua aviación militar que a última hora se habían pasado a la Revolución y estaban concentrados en sus cuarteles mientras la barba les crecía bastante para parecer revolucionarios antiguos”.

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El primer viaje del Gabo a La Habana no solo llegó pronto, sino que lo dejó atrapado en esta Isla para siempre. Ilustración: Cultura Inquieta.

“Lo único cierto para mí son las canciones de los Rolling, la Revolución Cubana y cuatro amigos”.
Gabriel García Márquez

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El primer viaje del Gabo a La Habana no solo llegó pronto, sino que lo dejó atrapado en esta Isla para siempre. De ese travesía salió como fundador y corresponsal en Bogotá y luego en Nueva York de la agencia de noticias cubana Prensa Latina.

Prendido de la cultura cubana, a finales de 1986 el premio Nobel y Fidel Castro fundaron la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. El Gabo presidiría la institución hasta su muerte, impartiendo también clases y talleres.

Además, en varias ocasiones García Márquez sirvió de emisario diplomático de La Habana.

Incluso Bogotá llegó a calificarlo como su “embajador sin título” en la Isla. 

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“Es un gran escritor cubano que vive en Colombia”. Ilustración: Pinterest.

“Ustedes los cubanos, además de leer mucho, saben leer bien”.

Gabriel García Márquez

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Una librería en los bajos del Palacio del Segundo Cabo, en La Habana Vieja, llamó la atención de Gabriel García Márquez en unos de sus tantos viajes a Cuba. Al entrar un custodio reconoció al poeta colombiano: “Nos honra su visita, señor García Márquez”. El Gabo respondió a instante al saludo: “Llámeme Gabriel, hombre, eso de señor no va conmigo”. 

Cuando lo ve alejarse, otro custodio le preguntó a su compañero quién era “ese viejito tan agradable”. “Es un gran escritor cubano que vive en Colombia”. 

Varias fueron las anécdotas que el Gabo se llevó de los lectores cubanos sobre sus libros. Entre ellas siempre recordó la de un campesino de Cienfuegos que le escribió para decirle que él tenía una abuela igual a la Úrsula Iguarán de Cien años de soledad; y un obrero de Nícaro que se le acercó en un evento para comentarle que la historia de su madre y su padre tenía muchas cosas en común con la de Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera.

Cotidiana también fue la presencia del escritor en el Festival Internacional de Cine Latinoamericano de La Habana y en los eventos convocados desde Casa de las Américas en las décadas del 60 y el 70.

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A veces el aclamado escritor quería pasar desapercibido y pasaba largas temporadas en la Isla junto a su esposa. Ilustración: Pinterest.

“Una cosa se sabe con seguridad: esté donde esté, como esté y con quien esté, Fidel Castro está allí para ganar. Su actitud ante la derrota, aun en los actos mínimos de la vida cotidiana, parece obedecer a una lógica privada: ni siquiera la admite, y no tiene un minuto de sosiego mientras no logra invertir los términos y convertirla en victoria.

“La nuestra es una amistad intelectual, cuando estamos juntos hablamos de literatura”

Gabriel García Márquez.

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En marzo de 2007, García Márquez se reunió con Fidel durante varias horas, y la foto de aquel encuentro le dio la vuelta al mundo.

Otra veces, en cambio, el aclamado escritor quería pasar desapercibido y pasaba largas temporadas en la Isla junto a su esposa. En una de esas ocasiones, en que tenía un plan tranquilo, como siempre, llegó a La Habana y visitó la Escuela de Cine de San Antonio y  compartió con Raúl Castro. Pocos sabían que se encontraba en La Habana, hasta que Fidel le invitó a reunirse con él y hablaron durante casi seis horas.

Al día siguiente, Fidel publicó un artículo contando de su encuentro: 

“He pasado las horas más agradables desde que enfermé hace casi dos años”, escribió.

“Se acabaron las vacaciones y el anonimato”, comentó Gabo al día siguiente. “Uno viene aquí fuera de temporada y se convierte en temporada”.

Ese día recordaron años de vida juntos. Entre ellos, el de la tarde que Gabo le “salvó la vida” durante la IV Cumbre de Presidentes Iberoamericanos de Cartagena de Indias, en 1994. Había un paseo en coche de caballos y el equipo de seguridad de Fidel esperaba un atentado.

“Fidel me llamó y me dijo, si tu vienes conmigo no nos dispararán. Y yo subí”.

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