Brasil… ¡cuánto lo siento!


Población con una cultura muy variada. País lleno de encantos geográficos. La Amazonía –importante componente del equilibrio climático– tan necesario en estos tiempos, pasa de ser gran exponente del presente y transita hacia un futuro incierto, por su explotación descontrolada.

Así asiste Brasil a un hoy cuyo mañana es impredecible, conducido por el Gobierno neoliberal de Jair Bolsonaro, que lo lleva por un azaroso camino hacia el abismo.

Un amigo que dirigió la Organización Internacional de Periodistas (oip), en la que trabajé antes del derrumbe del socialismo europeo, me aseguró más de una vez que Brasil, y en particular Río de Janeiro, constituían el escenario más bello que había conocido.

Coincidí con aquel periodista y en no pocas ocasiones, otros amigos, como  Frei Betto, me han corroborado esas apreciaciones y también me han actualizado sobre el Brasil por el que siento pena en estos años de neoliberalismo puro y bolsonarismo a pulso.

Es el quinto país más grande del mundo, con una extensión de 8 514 215 kilómetros cuadrados y una población superior a los  210 millones de habitantes.

Entre los años 2003 y 2010, el gigante sudamericano contó con un presidente –Luiz Inácio Lula da Silva–, del Partido de los Trabajadores de Brasil, que emprendió un programa social de gran envergadura, en algunos casos único en el mundo.

De acuerdo con informes de la fao, gracias al programa Hambre Cero, Brasil llegó a reducir la pobreza a la mitad y se invirtió la tendencia al aumento de las desigualdades entre ricos y pobres, que bajó de un 58,7 en 2003, a 51,9 en 2012.

En el sector de la salud, es de destacar que la mortalidad de los menores de 5 años se redujo en un 45 % en 11 años.

La revista colombiana Semana publicó que, durante la estancia de Lula en el poder, el flagelo de la desnutrición se redujo un 73 %.

En el campo de la educación, el gobierno de Lula produjo un cambio radical, y en solo 36 meses alcanzó grandes niveles de escolarización en todos los ámbitos, tanto universitarios como primarios y, en muchas regiones del país, la población no escolarizada se redujo entre el 18 % y el 29 %.

En enero de 2011, Dilma Rousseff ganó la presidencia y se propuso dar continuidad a la obra de Lula, hasta que se produce un golpe de Estado parlamentario y  mediático, para apartarla del camino escogido, y en agosto de 2016 la sustituye Michel Temer, recordado por la generalización de la corrupción en su entorno político y gubernamental.

En las elecciones presidenciales de octubre de 2018, el ultraderechista Jair Bolsonaro resultó vencedor, luego de que Lula, el aspirante que marcaba una segura victoria en todas las encuestas, fue llevado  a prisión mediante una burda componenda judicial, realizada por el juez Sergio Moro, comprometido con Bolsonaro para apartar a Lula del camino electoral, como única forma de que Jair llegara a la presidencia.

Moro cobró su favor y fue nombrado ministro de Justicia, cargo al que renunció la pasada semana, con el argumento de «discrepar» con el Presidente por su manera de dirigir el país, a raíz de la sustitución del jefe de la Policía Federal, Mauricio Valeixo, íntimo de Moro.

Bolsonaro, al estilo de su admirado Donald Trump, ha sustituido a varios de los integrantes de su gabinete, entre los últimos al titular de Salud, Luiz Henrique Mandetta, en medio de la actual pandemia de la COVID-19, que ya ha contagiado a 78 000 personas y causado la muerte a 5 466 brasileños.

La salida del juez Sergio Moro del entorno del Presidente puede tener más de una lectura. El ahora exministro de Justicia sabe muy bien que la postura de Bolsonaro, y todos los errores que comete a diario en la conducción del país, pueden estar llevándolo al final de su vida política.

En tal caso –por qué no pensarlo así–, Moro pudiera estar labrando su propio destino, ya sea con ambiciones de llegar a la silla presidencial, o de manera individual conduciendo una especie de facción de derecha, no comprometida con el estilo y sucio historial de Bolsonaro. Es decir, convertirse en un ente propio de un escenario parecido a una pelea entre buitres.

En Granma

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