El amor nunca murió en los Rosenberg (Cartas desde la cárcel)


Cartas:

12 de agosto de 1950

Queridísima Ethel,

Anoche oí la noticia por la radio y después de agotadores esfuerzos por verte o comunicarme contigo, me han dado permiso para escribir esta carta. Hazme saber lo antes posible cómo te sientes. ¿Cómo están los niños? ¿Se ha dispuesto algo para ellos? Conserva la serenidad. Con todo mi amor,

Tu Julius.»

 

12 de agosto de 1950

Mi querido Julie,

Ya debes saber lo que me ha ocurrido y por qué te escribo desde la cárcel de mujeres. Querido desearía poder decirte que me mantengo serena, tranquila y ecuánime, pero la realidad es que he derramado muchas lágrimas de angustia por los niños. Mi corazón clama por ti y por los niños. Ahora todo resulta más duro que antes porque ambos sabemos que ninguno de los dos está libre para cuidar de nuestros seres queridos. Cariño, todas las noches antes de dormirme hablo contigo y lloro porque no puedes oírme. Para ti, amadísimo mío, todo mi amor y mis más fervientes pensamientos.

Te amo.

Ethel»

 

28 de octubre de 1950

Querido mío,

Hoy me siento muy débil en lo que atañe a mi comportamiento emocional; perdóname, por favor. Esta situación hace estragos en mí cuando de los niños se trata. Piensa que este viernes hará once semanas que vi a nuestros hijos por última vez. Increíble, inimaginable, descorazonador. ¿Qué hemos hecho para merecer semejante desdicha? Hemos vivido una existencia honrada, constructiva. (…) ¿Sabes tú lo mucho que te quiero?, Te suplico cielo mío, que seas fuerte por mí…

Amorosamente,

Ethel»

 

4 de noviembre de 1950

Amor de mi vida,

(…) Me conmoví hasta las lágrimas al escuchar cartas tan tiernas y compasivas de gentes buenas con sentimientos humanos. (…) Me siento muy cerca de ti, y te amo con todos mis sentidos. En esta hora de nuestra mayor necesidad, es realmente inspirador ver la prueba visible de un apoyo concreto de tantas personas sencillas. Es cierto que no estamos solos. Hay una tremenda reserva de gente buena en nuestra tierra, quienes velaran porque se conozca la realidad y porque se nos haga la justicia a que tenemos derecho… ¡Cuanto ansían mis brazos tenerte! Que afortunado soy en tener por esposa a una mujer tan apreciada y maravillosa como tú. Estoy orgulloso de ti, y es por tu bien que quiero que estemos en casa con nuestros hijos.

Julius»

 

27 de mayo de 1951

Queridísimo Julie:

Jamás podremos olvidar la turbulencia y la lucha, la alegría y la belleza de los primeros años de nuestras relaciones cuando me enamorabas. Juntos tratábamos de encontrar repuesta a todos los enigmas aparentemente insolubles que nos presentaba una sociedad compleja y endurecida. Esas respuestas han soportado la prueba del tiempo y el cambio.»

 

26 de febrero de 1952

Cariño,

Amor mío, anoche a las 10 en punto oí la espantosa noticia. En estos instantes, carente casi por completo de elementos a los cuales atenerme, me resulta difícil hacer algún comentario, como no sea una expresión de horror ante la prisa con que el Gobierno parece estar presionando para precipitar nuestra muerte. No cabe duda que esto demuestra que todo el análisis hecho por nosotros en relación con la naturaleza política de nuestro caso ha sido asombrosamente correcto. …; mientras tanto estoy tan atormentada, como también debes estarlo tú. Cariño si tan solo pudiera consolarte de verdad. Te amo tanto. … Tu fiel esposa,

Ethel.

 

31 de mayo de 1953

Ethel querida,

¿Qué le escribe uno a su amada cuando se enfrenta a la siniestra realidad de que se ordenó quitarles la vida en dieciocho días, en el 14 aniversario de sus bodas? La proximidad de la hora más negra de nuestras penas y el grave peligro que nos amenaza exigen todo el esfuerzo de nuestra parte para evitar la histeria y el falso heroísmo… (…) Todo el amor que hay en mi es tuyo,

Julie.

 

11 de junio de 1953

(…) Haz algo, Manny, haz el esfuerzo. Me parece imposible que nuestro aniversario de bodas se permita una crudeza tan monstruosa como nuestra ejecución. Pero, en fin, soy una persona incurable tonta que no puede comprender como los hombres pueden parecer hombres ¡ y no ser más que demonios sádicos disfrazados (…)

Ethel.

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