Las parrandas, la libertad de Cuba y la equivocación de la Open Society


Las parrandas, la libertad de Cuba y la equivocación de la Open Society

Los fenómenos de la cultura popular clasifican como un derecho humano, en tanto son expresiones simbólicas del desarrollo mismo del hombre y le dan un sentido ritual a la vida. Así acontece con las grandes y pequeñas celebraciones, esas que marcan las épocas, los años, el paso ineludible. Las parrandas de Cuba, extendidas por toda la región central, conforman un entramado complejo y profundo, de raíces en lo más autóctono; por ello ostentan la condición de patrimonio nacional y de la humanidad, por la historia de resistencia, de aportes desde la cultura.

Siempre hemos contado con el concurso de esta fiesta para resignificar las crisis y los triunfos, los dolores y las alegrías, desde el ingenio de sus artistas aficionados. No es justo, entonces, que a partir de este saldo positivo, seamos inconscientes y permitamos que, en la actual pandemia, las parrandas devengan en un evento masivo de trasmisión. Sucede que, desde diversos puntos en las redes sociales, se nos presiona para que caigamos en la trampa de manchar el prontuario de unas fiestas que son fuente de salud, belleza, alegría.

Contrario a lo que ha sido política de Estado en otros lugares, Cuba apostó por el aislamiento social, ya que la supuesta inmunidad de rebaño se avizoraba como un boomerang inefectivo, cuyas consecuencias en los países que la implementaron aún son inmensurables. Para una nación como nosotros, de recursos limitados, el inmenso riesgo de abrir y contagiarnos masivamente ni es ético de acuerdo a nuestros valores humanistas ni forma parte de nuestra doctrina médica, basada en el Juramento Hipocrático que prohíbe suministrar veneno o enfermedad a ninguna persona.

Irnos de un extremo a otro, permitir que en diciembre, si seguimos en las actuales condiciones de riesgo, haya parrandas en Remedios, nos traerá un ineludible desastre. A las fiestas de la pequeña ciudad del centro acuden turistas de toda Cuba y del mundo, es un evento de masas que no tiene equivalente en la Isla. Es también el caldo de cultivo perfecto para el coronavirus, máxime cuando aún no tenemos una vacuna que frene la presencia de un peligro inminente de infección. ¿Qué es más importante, las parrandas del 2020 o la vida, que nos podrá garantizar no solo muchas más fiestas sino las funciones más elementales como seres sobre la faz de la Tierra? Las respuestas, en este caso, provienen más de un sentido común que de una lógica partidista o política, como sí se hace evidente en las presiones malintencionadas que se ejercen del otro lado en las redes.

Ahora resulta que, según quienes presionan, nuestras instituciones no quieren hacer las parrandas porque van contra la voluntad popular o porque son contrarias a la tradición y los valores nacionales. Nada más alejado de la realidad, cuando el Ministerio de Cultura y sus instancias les habían otorgado a las fiestas de Remedios, para este año, un amplio apoyo logístico dada la trascendencia del Doscientos Aniversario de su celebración, iniciada aproximadamente sobre el año 1820. Quienes presionan se basan en una táctica de ganar-ganar, que utiliza las siguientes falacias: 1- que hagamos las parrandas para que se genere una trasmisión masiva y acusar a Cuba de irresponsable, capitalizando el suceso políticamente en contra del país; 2- que, si no hacemos las fiestas, la opinión pública de las redes e internacional, incluyendo quizás a parte de los aficionados parranderos, ataquen a las instituciones por supuestamente frenar el libre curso de la cultura.

La bajeza a la que nos tienen acostumbrados los ingenieros sociales que manejan los hilos del asedio a Cuba llega a usar los intereses populares, su identidad, su alegría, en contra de la nación y a favor del dominio que poco o nada tiene que ver con las parrandas y la agenda patrimonial. Una vez más hay que denunciar la filosofía enemiga que intenta una mal llamada sociedad abierta y libre bajo presupuestos que dividen a las naciones en agendas de apariencia progresista y de masas. Esa “Open Society” es un verdadero laboratorio de ideas para subvertir el orden, generando oleadas de descontento en el pueblo, ya que se usan, se teledirigen los intereses de este pueblo contra él mismo y las instituciones que lo representan y defienden. La táctica es vieja, hay que acordarse del uso de mercenarios en las tropas del Imperio de Roma, fruto de las divisiones que se avivaban entre las tribus rivales, forma en la cual se logró el sojuzgamiento de buena parte del mundo conocido. Táctica usada también por Cortés y Pizarro en contra de los poderes incaico y azteca, y que le dio el triunfo a un reducido número de españoles por encima de dos inmensos rivales que, no obstante, fruto de la misma dinámica de la política, padecían de profundas divisiones étnicas y familiares.

Las parrandas, surgidas al calor del siglo XIX cubano, en una de las villas azucareras por excelencia de Cuba, crecieron producto de la unidad y el crisol nacionalista que desde Remedios bullía hacia el centro del país. Uno de los ingredientes de aquella nación que surgía en medio del Caribe era la felicidad, el gozo de celebrar cada fecha con una multiplicidad que hacía las delicias de un ajiaco. Usar este elemento de la identidad en contra de los cubanos, teledirigiéndolos contra ellos mismos, no solo daña a las parrandas, sino que les cambia el sentido, uno que tuvo y tiene que ver más con el nacionalismo que con las presiones foráneas, con la patria libre que con el protectorado imperialista, con la bandera nacional que con la sombra mediocre de un dominio enmascarado de falsa rebeldía.

Esta cultura es nación, es identidad soberana. Muchas veces se quiso, en el pasado, teledirigir las parrandas contra Cuba. Se hicieron esfuerzos de todo tipo, desde la manipulación de los artistas hasta de los temas de los proyectos, las fechas, los participantes y las dinámicas. Pero no se consiguió el efecto esperado: que el fenómeno de masas se dirigiera contra el objetivo mayor. La gente tiene conciencia de qué lado está el verdadero enemigo que desprecia el fragor de las masas, ese que se siente demasiado aristocrático para impregnarse del olor a pólvora de los voladores o treparse a una carroza.

Se sabe que el uso de la cultura en contra de los Estados es una de las líneas de la agenda globalista impulsada por el proyecto de dominio de las élites hacia el mundo en este milenio. Ello incluye, a mediano plazo, el arrasamiento de la particularidad identitaria de las naciones a favor de un sucedáneo internacional, especie de plastilina moldeable, que se modifica a gusto y capricho de los intereses del mercado más financiero y fundamentalista.

Es necesario estar alertas ante este nuevo coloniaje que se apropia de nuestras mentes, ante estas ideologías contrarias al país y a la libertad. El fenómeno tiene cierto paralelismo con lo sucedido con China durante las Guerras del Opio, cuando los ingleses introdujeron el vicio por la droga en los puertos arrancados a los asiáticos y luego se beneficiaron del tráfico del estupefaciente. En nuestro caso, los emisarios de la sociedad abierta quieren destruir el núcleo de nuestra nación desde adentro, modificando la naturaleza de las tradiciones y los festejos, dándole a las parrandas un matiz antisoberanía y proagenda extranjera, para luego teledirigir la nueva mentalidad reaccionaria contra el propio pueblo y sus representantes. El fracaso en tal empresa ha sido notorio, si bien las fiestas han atravesado crisis enormes en las cuales no pocas veces las autoridades locales han tenido altas cuotas de responsabilidad.

No obstante, la decisión de cómo debe hacerse la celebración sigue siendo, exclusivamente, de carácter popular y democrático, y para ello se impulsa la creación en la sociedad civil de organizaciones que agrupan a los parranderos, artesanos y artistas de los barrios. A estas iniciativas se ha integrado la emigración cubana que no escucha los cantos del divisionismo y que, aún con diferencias políticas, defiende la agenda soberana de Cuba.

Los parranderos debemos recordar al gran patriota, amigo de José Martí, Francisco Carrillo, general de tres guerras, quien le contara al Apóstol la grandeza de la manigua y de la vida en las ciudades en la Cuba que por entonces nacía. Esas imágenes hoy conforman el volumen de crónicas de la guerra en el periódico Patria. Aquel, a quien nuestro Martí llamó el General de las Barbas de Oro, fue un entusiasta parrandero que en los orígenes de las fiestas salía para acompañar a los demás muchachos por las vetustas calles de Remedios, unas partidas alegres y bullangueras que fueron el precedente de las muchas cargas al machete. Arremetidas y combates que luego, bajo los mismos presupuestos de amor a la patria, unirían a los cubanos. Recordemos la Navidad de 1899, cuando Francisco Carrillo y Carlos Roloff le hicieron guardia de honor al trabajo de plaza del barrio San Salvador, titulado Viva Cuba libre, una alegoría a la independencia. Flotaba en el aire frío de diciembre el recuerdo de Martí.

Carrillo vive hoy en los estandartes de la familia que lleva ese nombre y que salen como un símbolo más del barrio San Salvador en las parrandas. Esa es la tradición que no podrá imitar la Open Society, allí reside la libertad que no hemos comprado, la que no puede adquirirse en un mercado extranjero o como dádiva de las manos de algún coloniaje. Cuba y sus parrandas siguen la carga libertaria de nuestros antepasados.

En CubaHora

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