Lo que trajo el tornado


Por Mario Ernesto Almeida

Aquella tarde, a más de cien kilómetros de La Habana, corrían raros los vientos, rarísimo “posaba” el cielo… Algo habían dicho en los partes meteorológicos. Se podía poner raro todo, alertaron, pero ¿qué hacer? si Cuba nada más teme al ciclón, y solo cuando lo tiene a “dos cuadras”, con la confirmación, revisada por pares, si se puede, de que la va a partir en cuatro trozos.

El 27 de enero de 2019 un tornado atravesó la capital sin que nadie lo creyera, incluso después de haber pasado. De la destrucción, se habló bastante: cuatro muertos, 195 lesionados, 11.5 kilómetros en 16 minutos, 1238 viviendas “retocadas” por el vendaval, 224 sin techo, 123 sin nada… reseñaba la Defensa Civil.

Del sufrimiento no cuantitativo de la gente también se dijo mucho. La “magia negra” involucrada fue innegable, terrible. Pero se dio también una magia otra que nos recordó, por si acaso se nos había olvidado, de qué rayos estamos hechos.

De tanto colar nuestros valores en consignas, de tanto darles “matraca” con el puño arriba, no pocas veces a la fuerza, uno los va descreyendo, uno que no vivió las guerras ni la épica de los camiones hacia zafras o alfabetizaciones, uno que es incrédulo e insolente hasta lo injusto, que no sabe nada pero le gusta pensar que sí… y que todo el mundo se equivoca o miente.

Había magia, sí, en la capacidad de la gente común de transformar su sorpresa, su dolor, su empatía… en fuerza fáctica de trabajo sobre el terreno, en mirar hacia arriba y contemplar los árboles casi quemados por el viento, mientras al nivel de la calle brigadas de allá, de aquí, de acullá se cruzaban unas con otras, dejando poco espacio a los camiones de escombros que de un lado a otro se movían, tras ser rellenados por esa misma gente.

Recuerdo que la UPEC convocó una “partida” en la que muchos periodistas (y algunos estudiantes de entonces) nos colamos. En lo que la guagua avanzaba a tientas por Diez de Octubre, se mitificaba lo que estábamos por ver: “Deja que lleguemos; es durísimo”, podía escucharse con facilidad. Y lo era.

Después de abarrotar varias veces un camión con los restos —grandes y chicos— de cualquier cosa que había recalado en la iglesia de Jesús del Monte, fuimos a un policlínico cuyo pasillo trasero yacía completamente saturado por las piedras —grandes y chicas también— de la edificación adyacente que ya no estaba.El trago de ron, la pala, el chiste, la pala, el trago, el grito, la risa, la pala, la pala… la noticia de un meteorito en Viñales, el “pero esto qué coño es”, la pala, la risa, la pala y el piedra a piedra en fila india hasta el promontorio de la calle.

De lo que vi ese día, jamás olvidaré la modesta insistencia en el trabajo, casi sin espacio al descanso, de Ricardo Ronquillo y Pelayo Terry, que se quitaban uno al otro las palas, no había muchas, y arrancaban, vez por vez, con frenesí de gente buena.

Más que ellos, hay que decirlo, solo paleó un mulatón de poco más de treinta años, fisioterapeuta del propio policlínico, que le entraba al escombro con una rabia digna de estudio.

Y el Pepe, nuestro Pepe, José Alejandro Rodríguez, que lloraba al comprobar que los brazos no le respondían, que los años pasan, que no creen en nadie… y gritaba, alto y desgarrado, para que le dieran la pala: “¡Yo soy un hombre! ¡Yo soy un hombre!”.

Pero entre grito y trago, el bueno del Pepe decía una cosa trascendental, como condensando de un golpe el alma de todo lo que estaba viendo: “Este pueblo ya no se acordaba de lo que significa el espectáculo del trabajo, de lo maravilloso que es”.

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