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La Habana en los ojos de sus hijos


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Por Alina Perera Robbio

La Habana es una ciudad amada, y amable. La de verdad existe en una dimensión casi nunca atrapada en las postales, difícilmente asequible al turista de paso por tratarse de una realidad que se da en pálpitos profundos.

Lo revelador está más allá de la mirada nostálgica que acaricia piedras coloniales; lo verdadero quita la gracia a esos automóviles de los años 50 del siglo XX, reproducidos en miniatura y hasta el delirio: La Habana real está al final de los pasillos estrechos que son gargantas de vecindarios muy poblados, o en ciertos patios centrales donde se tejen diálogos de asombro.

Lo esencial de la Ciudad Maravilla es la sabiduría de la gente, y una vocación por compartir tal conocimiento. Quien no lo crea, que salga sin un bolso a la calle, en busca del pan y de los alimentos del día. No faltará un «ingeniero del acomodo» que, si lo ve angustiado porque sus manos no alcanzan a llevar todo lo encontrado, le socorrerá.

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