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100 años de Evita: Historia de un amor


Por Víctor Santa María y María Seoane

Su rara insistencia me iluminó: ¡aquel ‘encargarme de sus trabajadores’ era su palabra de amor, su más sentida palabra de amor! Comprender aquello fue –y lo es todavía– una gran luz en mi vida. A mí, a una humilde y pequeña mujer, me encomendaba el cuidado de sus trabajadores, lo que él más quería. Y yo me dije a mí misma: –Pudo encomendárselo a otros, a cualquiera de sus amigos, incluso a algún dirigente gremial… pero no, quiso que fuese yo. ¡Una mujer que no sabe otra cosa que quererlo! Esa era sin duda la prueba absoluta de su amor. Pero una prueba que exigía respuesta; y yo se la di. Se la di entonces y se la sigo dando. Mientras viva no me olvidaré que él, Perón, me encomendó a sus descamisados en la hora más difícil de su vida. ¡Mientras yo viva no me olvidaré que él, cuando quiso probarme su amor, me encargó que cuidase a sus obreros!”.

Con estas palabras Eva evoca en La razón de mi vida –esa biografía suya tan controvertida como fue su misma vida en hechos y no en letra escrita– su maravillosa historia de amor con Juan Perón. Esa chica de pueblo que un día partió de Los Toldos, con el alma partida entre dos esperanzas, llenar la panza vacía y saciar el odio a las injusticias, hizo el milagro de mezclar todo en su interior hasta parir a una mujer sabia. Logró en su corta vida sintetizar la magia del apuro por vivir que sólo tienen los que andan con los bolsillos flacos y el corazón agujereado. Ella peleó hasta el cáncer, para que ese vacío existencial no se llenara con el resentimiento de los más pobres, esos que ya no pueden ni gritar. Los que a veces sólo pueden inclinar la cabeza ante el poder porque sienten que están condenados por una fatalidad divina.

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