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La mujer y la Revolución


Por Graziella Pogolotti

El rostro de Panchita conservaba la marca imborrable de la miseria acumulada a través de toda una vida. Trabajaba en la librería de L y 27 que yo frecuentaba semanalmente en busca de novedades. Eficiente, servicial sin servilismo. A pesar de la corriente de simpatía manifiesta entre nosotras, intercambiábamos pocas palabras. Una tarde, sin embargo, le comenté que había hablado de ella con una persona amiga. ¿Fue Charito?, preguntó con amplia sonrisa cómplice.

Así era. En efecto, Charito Guillaume había entregado su existencia toda a la lucha sindical en el frente de las trabajadoras del sindicato de la aguja, —que incluía, entre otras, a las dependencias de los grandes comercios habaneros— contra la discriminación racial prevaleciente en el sector, por mejoras salariales y en defensa del «derecho a la silla», vale decir, de la posibilidad de sentarse cuando no había clientes en el área. Según me relató, militante de base, Panchita había afrontado en la soledad la crianza de su hijo. El suyo no fue, sin embargo, un caso aislado.

Las mujeres cubanas podemos contar con orgullo una historia que nos convierte en precursoras en más de un terreno.

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¿Cómo son los jóvenes de hoy?


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Por Graziella Pogolotti 

No tengo respuesta para esa pregunta, aunque no puedo dejar de plantearme la interrogante. Como ellos, yo también soy portadora de una marca de época que he vivido activa e intensamente. En un ambiente hostil, conocí las difíciles condiciones de un mercado laboral cerrado, viví el batallar que sucedió al golpe perpetrado por Batista, viví la caída de compañeros en la hermosa edad abierta a las ilusiones y al porvenir. Quedaron por siempre en mi memoria las jornadas triunfales de una Revolución que rompió las barreras de lo hasta entonces imaginable. Me entregué de lleno a la tarea de construir lo soñado en el ámbito de la educación y la cultura. No fue un lecho de rosas. Afronté contradicciones, pero en el hacer obra encontraba instantes de plena realización personal. Así fue creciendo una mentalidad hecha en el enfrentamiento a realidades concretas, en la conquista de nuevos saberes, en el crecimiento de un modo de pensar y sentir.

Mirarme hacia dentro, explorar mi origen y mi formación, dilucidar de dónde vengo me ofrece herramientas para entender al otro, paso indispensable para tender puentes hacia el diálogo necesario. A pesar de las coincidencias epocales, mi generación no fue homogénea. Ninguna lo es. No me refiero tan solo a las inevitables fracturas ideológicas.

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Habanera


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Por Graziella Pogolotti/ Tomado de Cubainformacion

Corría el año 1939. Ante la neutralidad cómplice de Francia y Gran Bretaña, se derrumbaba la república española. Era el preludio de la gran guerra, la del holocausto, Auschwitz, Stalingrado y el ominoso acto final: Hiroshima y Nagasaki.

Junto a su compañera de entonces, la francesa Eva Fréjaville, Alejo Carpentier emprendía el regreso a su Isla. Al cruzar la frontera de Holanda, portadores de un pasaporte sospechoso, fueron conminados a abandonar el tren y dirigirse a un puesto de control. El oficial observaba con cuidado los documentos. Al cabo, empezó a descorrerse el misterio. El visado era cubano, aunque la pareja se dirigía a La Habana. Un maletero preclaro afirmó creer que La Habana era una ciudad de Cuba.

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Mensaje personal al Papa Francisco


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Por: Graziella Pogolotti.

La iglesia católica ha atravesado una historia de dos milenios. Los símbolos y las imágenes que la acompañan han contribuido a configurar una cultura que incluye, en distinto grado, a creyentes y no creyentes, a fariseos y a gentes de buena voluntad. Tiene un legado múltiple. El poverello de Asís asoció su conducta a los desposeídos. Ignacio de Loyola, general fundador de la Compañía de Jesús, organizó las huestes sobre la base de una estricta disciplina y del más riguroso estudio de las ciencias y de las humanidades en un momento crucial para el porvenir de la catolicidad. Lutero se había alzado contra las exacciones a los desamparados destinados a sostener el boato de la corte Vaticana. Reiterado en el arte de los mensajes del arte jesuita, el memento mori recordaba a todos la igualdad que nos une en el momento final, lo efímero de la vida y de los bienes terrenales. La Iglesia trajo a América la cruz y la espada, pero también la palabra combativa de Fray Bartolomé de las Casas. Lee el resto de esta entrada

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