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¿Fin de cuál ciclo?


Por Atilio Borón

Fueron muchas y muchos los que a mediados de esta década y en coincidencia -¿casual, involuntaria?- con el despliegue de la ofensiva restauradora del imperio se apresuraron a anunciar el “fin del ciclo” progresista en Latinoamérica. La derrota del kirchnerismo en el 2015 y el ilegal e ilegítimo derrocamiento de Dilma Rousseff en 2016 así como el grotesco juicio y encarcelamiento de Lula aparecían como signos inequívocos del inicio de un nuevo ciclo histórico. Sólo que los profetas de esta epifanía jamás se aventuraron a arriesgar algo muy elemental: ¿qué venía después? Terminaba un ciclo, bien, pero: ¿quería esto decir que comenzaba otro? Silencio absoluto.

Dos alternativas. O bien adherían a las tesis de Franicis Fukuyama sobre el fin de la historia, cosa absurda si las hay; o como los más audaces insinuaban, con fingida preocupación, estábamos al comienzo de un ciclo largo de gobiernos de derecha. Digo fingida porque, hipercríticos con los gobiernos del ciclo supuestamente en bancarrota in pectore preferían la llegada de una derecha pura y dura que, supuestamente, acentuaría las contradicciones del sistema y mágicamente abriría la puerta a quien sabe qué … porque, sorprendentemente, ninguno de esos acerbos críticos del ciclo progresista hablaba de revolución socialista o comunista, o de la necesidad de profundizar la lucha antiimperialista. Por lo tanto, su argumento meramente retórico y academicista moría en la mera certificación del presunto cierre de una etapa y nada más.

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Frente a Goliat


Por David Brooks

Siempre ha estado omnipresente en México y en otros países latinoamericanos la inevitable interrogante para quienes buscan y se atreven a impulsar un cambio real y profundo: ¿Qué hacer con el gigante al lado, sabiendo que buscará frenar o, por lo menos, condicionar ese cambio?

La ilusión de que jugando bien, bajo las reglas del dueño del juego –lo que algunos argumentan es un pragmatismo necesario–, ha llevado casi siempre, tarde o temprano, a derrotas. En coyunturas como la nuestra, en la cual se promete impulsar un cambio, la suposición de algunos, de que uno puede jugar tan hábilmente sobre el tablero del más poderoso –incluso usando su vocabulario–, es la receta arrogante para un fin trágico.

Los triunfos de quienes se atrevieron a impulsar cambios reales en décadas recientes en los países vecinos del gigante –algunos mediante revoluciones armadas, otros vía revoluciones electorales y otros más con alianzas novedosas– comparten un elemento común en su origen: no jugaron sobre el tablero y/o rompieron las reglas del gigante.

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